“El fuego es todo. La esperanza puede ser fuego. El amor puede ser fuego”, expresó en entrevista el autor y guionista mexicano Guillermo Arriaga respecto a su última novela, Salvar el fuego, una historia sobre el amor, la esperanza y el arte como pulsiones humanas que nos llevan a hacer cosas inimaginables y cambiar nuestra realidad en segundos. También habla de las clases sociales y la desigualdad.

Respecto a la situación actual debido al brote de coronavirus, Arriaga opinó: “Estamos viviendo momentos de oscuridad y yo creo que encender una vela puede ser acercarse al arte y la cultura, como una forma de hallar sentido a lo que está sucediendo. Dentro del arte hay una fuerza mayor […] La cancelación de mi gira no es nada comparado a lo que van a sufrir millones de mexicanos con los problemas económicos que tienen encima”.

Ciudad de México, 27 de marzo (SinEmbargo).- El escritor mexicano Guillermo Arriaga teje una historia que habla de temas sociales y estéticos importantes para todos, independientemente del contexto. El amor, la esperanza, el arte como pulsiones humanas que nos llevan a hacer cosas inimaginables y cambiar nuestra realidad en segundos. También habla de las clases sociales y la desigualdad.

Salvar el fuego significa que aunque tengas circunstancias que están completamente en tu contra, tú puedes rescatar lo que te define como persona. No es el destino, es la capacidad que tienes para enfrentarte a las circunstancias e ir hacia donde tú quieres”, dice el escritor y guionista mexicano en entrevista.

“Vivimos en un mundo que desea cada vez más dividir en blanco y negro y yo creo que mi obligación como novelista es siempre recuperar la esencia humana hasta en los seres más abyectos y despreciables”, añade.

Al preguntarle por el título, Arriaga explica: La palabra “fuego”, aunque no era mi intención, se repite varias veces en la novela. El fuego es todo. La esperanza puede ser fuego. El amor puede ser fuego. El fuego siempre tiene esta connotación simbólica en muchas culturas; tiene esta cuestión de conocimiento, de purificación, de renacimiento.

Respecto a la situación actual que estamos viviendo debido al brote de coronavirus, Arriaga opinó: “Estamos viviendo momentos de oscuridad y yo creo que encender una vela puede ser acercarse al arte y la cultura, como una forma de hallar sentido a lo que está sucediendo. Dentro del arte hay una fuerza mayor […] la cancelación de mi gira no es nada comparado a lo que van a sufrir millones de seres humanos, millones de mexicanos con los problemas económicos que tienen encima.

Te presentamos la charla que tuvimos para Puntos y Comas con el Premio Alfaguara 2020.

Cuéntame acerca de la construcción de tus personajes y del uso del lenguaje que es contrastante entre el mundo de Marina y José Cuauhtémoc… 

—Yo lo que procuro es que se subordinen todos los elementos de la novela al contar la historia, creo que es lo más importante para mí. No quise hacer una novela del lenguaje, por así decirlo; hay muchos novelistas que lo único que quieren es explorar el lenguaje. Yo no quiero explorar el lenguaje, quiero que éste ayude a definir los personajes.

Marina tiene un lenguaje de una mujer educada, de clase alta. Francisco Cuitláhuac, hermano de José Cuauhtémoc, tiene un lenguaje aún más elevado que ella porque ha sido educado por un padre obsesionado con el lenguaje y con usarlo con la mayor pomposidad posible.

Y el de José Cuauhtémoc en tercera persona, me imaginé un malandro contando la historia de otro malandro, por eso no podía hablar con mucha propiedad. Los malandros tanto en el norte del país como en la Ciudad de México usan mucho el caló, la jerga.

¿Fue un reto expresarte desde un personaje femenino? En El Salvaje los hay, pero aquí Marina es un importante eje narrativo. 

—Mira, siempre es difícil manejarte en cualquier género, como hombre y como mujer, el chiste es que se sienta verosimilitud y que sea auténtica la forma de hablar. Hay autoras, por ejemplo Karla Zárate en Llegada la hora y Aura Xilonen Arroyo en Campeón gabacho, que hablan en primera persona como hombre. Entonces yo creo que el hablar o no como mujer en una novela tiene que ver en sí la historia lo necesita o no.

En este caso yo sentí que era necesario hablar en primera persona como mujer. Casi siempre nos cuestionan a los hombres por qué nos atrevimos a usar una voz de mujer, cuando rara vez a una mujer se le cuestiona que use una voz de hombre, como es el caso de las autoras que mencioné.

¿Por qué decidiste ir intercalando textos de reos a lo largo de la historia? ¿Para retratar la vida en la cárcel con verosimilitud te adentraste a ese mundo? 

—No hice investigación de ningún tipo, usé un poco mi Iztapalapa que llevo dentro [Ríe]. Creo que los años que crecí en barrio me ayudaron a tener el lenguaje que imprimí en los personajes. Mis años en la frontera también me ayudan a conocer la jerga norteña.

Todos los textos de los reos son inventados; traté de que cada uno tuviera una preocupación vital y un lenguaje distinto a los demás: algunos hablan con tristeza, otros se justifican en sus asesinatos, otros tratan de hacer poesía, algunos describen la cárcel. Traté de hacer todas estas voces desde la imaginación y no desde la investigación.

Como personajes creo que son importantes porque sus historias te dan el contexto en el que vive José Cuauhtémoc. Y también de la humanidad, pues vivimos en un mundo que desea cada vez más dividir en blanco y negro y yo creo que mi obligación como novelista es siempre recuperar la esencia humana hasta en los seres más abyectos y despreciables.

Un tema fundamental tanto en Salvar el fuego como en El Salvaje son las clases sociales. ¿Hay algo de autobiográfico en ambos libros? ¿Cómo han trastocado tu realidad estos contextos disímiles?

—Desde niño me enfrenté a estos contrastes, pues mis padres hacían el mayor esfuerzo por pagarme una escuela privada. Sin embargo, mis compañeros de escuela privada nada tenían que ver con mis amigos del barrio, eran dos mundos completamente distintos. Cuando lees El Salvaje ahí vienen estas contradicciones, reflejadas hasta en qué música oíamos; mientras los de la escuela privada escuchaban a los Beatles, los otros escuchaban La revolución de Emiliano Zapata o los Duc Ducks, sonidos completamente distintos, otras perspectivas del mundo.

Siempre he estado entre ambas clases sociales y eso me ha permitido entender los lenguajes con los que hablan unos y otros. Yo estoy muy agradecido de haber crecido en la Unidad Modelo, es quizá de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

¿Cuando hablas de estos contrastes tratas de dar algún mensaje político? ¿Nada que quieras decir sin decirlo?

—Nada, nada. Siempre le dije esto a mis alumnos cuando daba clases: nunca traten de ser profundos, ni filosóficos, ni políticos, ustedes sólo cuenten la historia. Si ya son políticos, profundos o filosóficos, la historia se va a desarrollar pese a ustedes.

Yo no busco hacer ninguna declaración política, qué flojera hacer una novela para eso. No quiero dar mensajes de ningún tipo, quiero contar una historia de la mejor forma posible. Que se trasluzcan ciertas preocupaciones políticas es obvio por la misma realidad social. Sería imposible que, viviendo en este país, esos temas no permearan la novela.

Algunos personajes mencionan ideas que parecen expresar preocupaciones estéticas y filosóficas de su autor: «A esta gente le faltan horizontes. No pueden imaginar otro mundo que no sea el de la miseria, la injusticia y la impunidad» y «Un arte de burbuja, sin contaminación, sin riesgo, sin acercarse a los márgenes de la sociedad, es un arte desdentado». ¿Qué piensas de esto?

—Quise presentar diferentes versiones del arte, no solamente la propia. Si te das cuenta, a lo largo de la novela se contradicen las diferentes visiones del arte. Hay un momento en que la tercera persona habla de José Cuauhtémoc, a quien no le importa si lo van a publicar o no, él sólo sabe que tiene que escribir. Cosa contraria a Héctor, el cineasta de clase alta que quiere provocar a la burguesía. Y también está Marina que dice: yo tengo que hablar desde lo que conozco, no puedo hablar de ser marginales que no conozco, no puedo hacer una coreografía acerca de un albañil porque no conozco la vida del albañil, yo tengo que hablar de mis problemas.

Entonces estas versiones del arte se contradicen unas con otras. Lo que sí creo es que el arte abre horizontes. Alguna vez lo puse en Twitter: “Un libro es una torre que construye otro para que desde ahí puedas ver hacia otro lugar”. Es decir, el arte te obliga a ver hacia otros lugares que no habías contemplado, que no habías querido ver o que estabas incapacitado para ver. Lo que hace el arte es asomarte a esos otros lugares.

El gran arte te hace dar una vuelta de 360 grados: giras y regresas al mismo punto, pero ya viste todo un panorama que no habías contemplado, te hace trascender. Eso creo que pasa con el arte.  

Cosa que pasa un poco con Marina hacia el final de la novela, aunque ella sí cambia su vida radicalmente…

—Sí, pero sigue siendo de 360 porque vuelve a ser ella misma después de que la vida le da toda esta vuelta. Me recuerda a una anécdota en la que a un tipo le dijeron que en el desierto había un oasis lleno de riquezas, de agua pura, y él recorre por años el desierto para llegar al oasis y cuando por fin lo encuentra, se da cuenta de que llegó al mismo lugar del que había partido. Algo así sucede aquí también.

Otros tópicos recurrentes en tu narrativa son la soledad, la violencia y el destino como una cosa que se escapa de las manos de los personajes irremediablemente. ¿Estas son preocupaciones que viven en ti?

—No es que sean temas preocupantes para mí o que me abrumen; son temas que me abordan sin que yo quiera. Bien lo decía Sábato: tú no eliges las obsesiones, las obsesiones te eligen a ti. Y como el inconsciente es una parte importante de la construcción del arte, ahí es que resuenan estos temas en mí. Yo no soy un tipo ni torturado ni violento y es prácticamente imposible que me deprima, de hecho soy un tipo muy feliz, y sin embargo, no sé por qué, estos temas llegan a mí.

Ahora, yo no creo en el destino, lo que creo es que hay seres que se dejan llevar por las circunstancias y hay seres que avanzan pese a ellas. Mis personajes van en una dirección y no importa que tan poderosas sean las circunstancias, ellos no ceden en su camino hacia donde se han dirigido desde el principio.

Por eso este libro se llama Salvar el fuego. Significa que aunque tengas circunstancias que están completamente en tu contra, tú puedes rescatar lo que te define como persona. No es el destino, es la capacidad que tienes para enfrentarte a las circunstancias e ir hacia donde tú quieres.

Yo pensaba escribir una novela muy corta, una historia de amor muy breve y convulsa, y mira todo lo que fue a dar. Nunca imaginé que iba a escribir novelas de más de 700 páginas, sin embargo la novela se fue desarrollando por sí misma.

Guillermo, ¿qué es el fuego? ¿La violencia, el amor, la esperanza o el arte?

—El fuego es todo. La esperanza puede ser fuego. El amor puede ser fuego. El fuego siempre tiene esta connotación simbólica en muchas culturas; tiene esta cuestión de conocimiento, de purificación, de renacimiento. Por ejemplo en la mitología, desde tiempos muy antiguos, como el mito de Prometeo, al que se le encadena porque le dio el fuego al hombre; Ícaro, que por querer llegar al Sol, al gran fuego, cae con las alas derretidas, y claro, el ave fénix, que resurge de entre las cenizas.

La palabra “fuego”, aunque no era mi intención, se repite varias veces en la novela; como una parte que dice: “ya que nuestra casa está en llamas, calentémonos con el fuego”. La novela de hecho no tenía ese título, se llamaba El león detrás del cristal, por la sensación en Marina de que José Cuauhtémoc es un león, que está muy bien verlo detrás del cristal, ¿pero qué pasaría si se sale?

Fue entre mi editora y Juan Villoro que me convencieron de cambiar el título. Cuando recibí el premio me dijeron: “Guillermo, te sugerimos títulos que tienen que ver con esto y esto”. Así surgió el título final y creo que ambos tenían mucha razón, fue mucho más apropiado.

Y como dato anecdótico… está el tema de la pandemia y no pudiste recoger el Premio Alfaguara 2020 que te fue otorgado. ¿Cómo has tomado estos cambios? 

 —De hecho escribí una carta, la cual puedes encontrar en La langosta literaria, con un proverbio chino que dice: “No maldigas la oscuridad, enciende una vela”. Sí estamos viviendo momentos de oscuridad y yo creo que encender una vela puede ser acercarse al arte y la cultura, como una forma de hallar sentido a lo que está sucediendo. Dentro del arte hay una fuerza mayor.

No poder recoger el premio me duele muchísimo porque para mí es muy importante el contacto con los lectores, el diálogo con los periodistas cara a cara; son experiencias que me enriquecen y me permiten medir la temperatura de cómo ven el libro. Pero ahora que hice la presentación vía Twitter, tengo casi 50 mil vistas, ¡nunca había tenido tal cantidad de personas en una presentación!

Yo espero que el libro acompañe a los lectores en estos momentos difíciles, me sentiría muy honrado con esto. Quiero agregar que la cancelación de mi gira no es nada comparado a lo que van a sufrir millones de seres humanos, millones de mexicanos con los problemas económicos que tienen encima.