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Fabrizio Mejía Madrid

29/11/2023 - 12:05 am

Samuel presenta su libro

Es lo mismo de siempre, es decir, no entender que las participaciones federales no son de acuerdo a lo que las entidades aportan al PIB, sino a sus necesidades de desarrollo.

Tuvo que ser un desvarío de Vicente Fox el que me enteró de que había dos libros sobre Xóchitl Gálvez y uno que había escrito Samuel García, el exgobernador de Nuevo León. Resulta que Fox había llamado “dama de compañía” a la esposa del Gobernador emecista por medio de uno de esos obtusos mensajes en la red “X”. Además de que su cuenta quedó suspendida y que el partido del Movimiento Ciudadano le puso una demanda en el INE, a Samuel lo entrevistaron en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y se quejó de que Fox fuera trending topic y no la presentación de su libro. Así fue que me enteré que Samuel había escrito un libro. Y lo he hojeado para ustedes. Se llama Federalismo mexicano. Apuntes para una nueva Constitución de Nuevo León y trata del viejo tema que surgió desde la Conago cuando los gobernadores priistas querían acotar a Vicente Fox y él terminó aliándose al PRI, es decir, de las quejas de que la Federación les quita demasiados impuestos a los estados y no les resuelve todo lo que ellos no resuelven. Hay que decir que Samuel García ha reeditado el estereotipo del “norte trabajador, el centro administrador, y el sur haragán”, que comparte con Xóchitl Gálvez. Cabe recordar que, para el año entrante, Nuevo León recibirá 150 mil millones de pesos de aportaciones y participaciones federales, mientras que sólo recauda 12 mil millones propios. Es lo mismo de siempre, es decir, no entender que las participaciones federales no son de acuerdo a lo que las entidades aportan al PIB, sino a sus necesidades de desarrollo. Si no fuera así, los estados más desarrollados obtendrían siempre más recursos, alimentando y acentuando así la desigualdad geográfica. Pero Samuel lo escribe sin rubores: “Nuevo León es de los estados que más aportan en el ámbito económico a la federación. Lo esperado sería, entonces, que recibiera números equivalentes con los que contribuye. No obstante, en una revisión comparada de las participaciones que la entidad ha ido percibiendo a lo largo de los años, este ideal no se ve cumplido. Por el contrario, recibe un muy disminuido porcentaje de lo que aporta, mientras que otros estados reciben una cantidad considerablemente mayor a pesar de que no tienen una participación económica destacada”.  

Samuel se asombra de que los pueblos más pobres del país no puedan cobrar impuestos y que, entonces, se hagan dependientes del Gobierno central. Pero él vuelve sobre su nacionalismo de terruño y regresa a  hablar de Nuevo León como una entidad que puede ligarse por sí misma al mercado global y hacerse un “Silicon Valley”. Una especie de “sálvese quien pueda” y que Chiapas, Oaxaca y Guerrero no sean considerados como parte del país, como diría el Diputado por Coyoacán, Gabriel Quadri. Es el mismo Samuel colonizado de siempre: el que, en medio de la pandemia y la escasez de vacunas, organizó unas supuestas caravanas de menores de edad para inmunizarlos en McAllen, Texas. Hasta aquí, el resumen del libro que está lleno de referencias, incluso a las ideas de James Madison en los Estados Unidos, un “padre fundador” que Samuel confundió, en su presentación Ted Talk en Guadalajara, con dos personas distintas: James y Madison, casi como en el clásico chiste sobre Ortega y Gasset. 

Pero lo interesante, me parece que es el contexto: presentar en la Feria del otro estado que gobierna el partido del Movimiento Ciudadano, es decir, Jalisco, un texto sobre la autonomía de los estados que elogia el federalismo de los Estados Unidos. El modelo estadunidense de federalismo consiste en unir a varias las colonias separadas que confluyen en el objetivo de ser independientes de Inglaterra. El modelo mexicano inventa los estados desde lo opuesto: un poder central del virreinato que va organizando las entidades. Es curioso que, aunque Samuel lo menciona en boca de Fray Servando, no parece importarle al tomar como modelo el de las trece colonias. Pero, más allá de esto, pareceriera que Nuevo León sigue siendo su única preocupación, cosa que no sería reprobable, si no estuviera compitiendo por la Presidencia de un país completo que, además del norte industrial, tiene otros 31 estados, incluyendo Coahuila, al que en julio del año pasado quiso despojar del agua de un río que abastecía al municipio de Arteaga, él que escribe mucho de la “autonomía” de los municipios. Últimamente su esposa, Mariana Rodríguez, le atribuyó el adjetivo “ojete” a Saltillo. Así que pareciera que mentalmente Samuel no logra salir de su terruño y sigue en las disputas con los estados vecinos. 

A pesar de haber ganado la gubernatura en 2021, Samuel García no es un político que oculte su regionalismo pero tampoco su clasismo. Todavía se recuerda su historia de juventud que quiso disfrazar de “esfuerzo”, cuando dijo: “Era bien duro porque me decía (mi papá): si quieres que te pague la semana, te tienes que ir conmigo al golf el sábado y terminando los 18 hoyos te pago la semana”. También, el candidato del PRI aseguró que su tío, hermano de su papá, es “El June” del Cártel del Golfo, hoy preso. Como prueba exhibió un video donde Samuel tiene nueve años de edad. Pero todo eso no afectó la idea neolonesa de llevar a cabo alternancias entre el PRI, PAN y MC, y nunca por la izquierda. Samuel García fue el que catalizó dos discursos de la anti-política neoliberal: el regionalismo —utilizado por Bolsonaro en Brasil, entre norte y sur, y que recuerda el experimento regio de la República del Río Bravo de 1840— y lo que él llama “la vieja política”, es decir, el PRIAN, no obstante que su dirigente, Dante Delgado, es un producto del priismo del policía político, Fernando Gutiérrez Barrios, tanto como Jaime Rodríguez “El Bronco”, el anterior Gobernador, era un producto del represor Alfonso Martínez Domínguez. Pero el énfasis de García Sepúlveda fue asociar su juventud y la de su esposa a la idea de una renovación de la política, cuyo contenido es apolítico. 

Fue menos la habilidad de su campaña digital en redes sociales que los errores de la competencia lo que hizo ganar al Movimiento Ciudadano en Nuevo León. La candidata de Morena, usted lo recordará, mandó censurar a un comediante que hacía videos en YouTube burlándose de los contendientes. Además, fue asociada a la secta sexual de Keith Raniere en Albany, Nueva York. Eso no fue lo importante, sino que lo negara públicamente y, luego, tuviera que aceptarlo porque existía un video. Así, la candidata de Morena se desplomó porque traicionaba dos puntos cruciales del obradorismo: no censurar y no mentir. El que recolectó la caída de la candidata de Morena, fue Samuel, entre otros factores, porque la pandemia de COVID-19 habilitó a las redes digitales como sustitutos de herramientas como las concentraciones masivas o las entrevistas a modo en los canales de radio y televisión. Digo que fue Samuel, porque, como partido, el MC no logró ni el 20 por ciento para el Congreso local, y sólo ganó Monterrey con Luis Colosio. El PRI se conservó como segunda fuerza y Morena cayó al cuarto lugar, como el ningún otro estado del país. Así que creo que el triunfo de Samuel García fue más bien circunstancial. 

Pero vayamos un poco más a fondo en el tipo de anti-política que maneja Samuel García. El uso de las historias que tratan de establecer una identidad entre el votante y el candidato apelando a su edad, informalidad, acento, región del país y todo esto llevado al nivel de pretensión de parecerse al personaje creado por el marketing. No hay un mensaje propiamente político, de comunidad o de proyecto hacia el futuro, sino simplemente de cercanía, sin intermediarios, inmediato y amable. Así, la popularidad deja atrás la representatividad y el candidato se legitima, no por sus luchas y propuestas, su moral o dignidad, sino por sus confesiones autobiográficas, como la del campo de golf y el papá. Como en los casos de Carla Bruni o La Gaviota Rivera, la esposa sirve para completar la identificación de la mitad femenina. En este caso, es Mariana Rodríguez Cantú. Es ahí que la campaña electoral funciona como un reality, como una historia efímera en Instagram, como la posibilidad de recurrir al referente de la información de la farándula, para hacer de un candidato una celebridad; valiosa en sí misma porque ya es celebridad. 

Samuel y Mariana utilizan un modelo al que se le llama “infoentretenimiento” que consiste en magnificar a los personajes por sobre sus ideas; en apuntar al evento mismo de señalar unos tenis y decir: “fosfo-fosfo”, a una biografía política que sustente un proyecto. Las ideas que ambos quisieron asociar a su pareja eran el trabajo esforzado y el conservadurismo de la religión católica, la de las iglesias y los matrimonios religiosos. Así, le dieron al centro de una sociedad regia que aspira a ser como ellos. La identificación con la élite se concentró en el “fosfo-fosfo”, que es una alegría por consumir a la que no le importan los rollos de la política. En el caso del personaje Samuel García, se le ubicó por el electorado joven como “motivado”. Es decir, el “que le echa ganas”. “Joven trabajador” respondió el 74 por ciento de una encuesta en redes sociales. Esa es la imagen que engancha con el “echeleganismo”. Así, por un lado, Mariana Rodríguez es la que se asocia a la élite consumidora, rubia, acompañante, apoyo de su marido. Y Samuel es el jefe de familia trabajador, que emprende, que está motivado.

Como vemos, aunque su planteamiento de que Nuevo León reciba más impuestos de la federación, ya era una propuesta en la elección de 2021, nadie había escuchado algo sobre ella. En cambio, de su vida privada como pareja, todos nos enteramos: la vez que le prohibió enseñar las piernas o, ya en la gubernatura, las acusaciones de que utilizaba albergues para hacer marketing político con los niños. La despolitización lleva a magnificar la vida personal por encima de la propiamente comunitaria. Y es una navaja de doble filo: como sólo está sustentada en gustar, no gustar, o neutral, un mensaje mal tomado, termina con una carrera electoral, porque no hay demandas, ni propuestas, ni visiones de futuro o identidad colectiva. 

Y este es quizás el punto de la columna esta semana. Cómo, por un lado, Claudia Sheinbaum va formando estructuras de Gobierno por todo el país, ensaya posibles gabinetes, incorpora versiones de la izquierda en su entorno inmediato y, cómo, por el otro lado, lejos abajo en las encuestas, Xóchitl y Samuel luchan por parecer más cercanos, menos políticos tradicionales, más alejados de sus partidos postulantes. Vemos a Xóchitl brincar entre alternativas de enchiladas o cantantes de ranchero. Vemos a Samuel opinando en la entrada de la presentación editorial en Guadalajara. Nada de esto tiene trascendencia histórica, ni viabilidad de la Nación, como en el caso de Sheinbaum, sino que se consume a la velocidad del escrol de Instagram. 

Lo que me queda claro es que han optado por ese método porque ninguno de los dos, ni Xóchitl ni Samuel, creen que podrían ganar algo más que un poco de celebridad. 

Fabrizio Mejía Madrid
Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre de confianza, Esa luz que nos deslumbra, Vida digital, y Hombre al agua que recibió en 2004 el Premio Antonin Artaud.
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