Has despreciado al diablo y no se puede olvidar que un sujeto tan odiado debe ser algo

—Goethe, Fausto

 

Ahora que somos dioses, necesitamos demonios: y el demonio es aquel que no esté de acuerdo conmigo. Foto: Pixabay

La necesidad de ser considerados “buenos” es tan antigua como vigente.

Entre otras carencias que presentamos como especie, los seres humanos nos caracterizamos por una tremenda incapacidad para convivir con el lado oscuro de nuestra psique.

La insoportable idea de la maldad como parte de la esencia humana encuentra salidas míticas (un rasgo infantil, psicológicamente hablando) para explicar aquello que rebasa nuestra lógica. El diablo, ese eterno incomprendido, es un eficiente chivo expiatorio para dar carpetazo a temas que nos descolocan y que somos incapaces de desentrañar porque nos implican y no estamos listos para darnos por implicados en las manifestaciones más aberrantes de nuestra conducta.

Por eso “los malos” tienen que ser inhumanos, es fundamental que así sea. Necesitamos creer que esos entes maléficos, esos desertores del infierno, no son personas. Se requiere así para cerrar a piedra y lodo la grieta que me dejaría atisbar la posibilidad de que ese engendro y yo, estamos hechos de la misma sustancia. No, no, no. Todo menos eso.

El que actúa de forma inapropiada para los escrúpulos de cada tiempo y lugar es un fenómeno, es inhumano; lo poseen fuerzas demoníacas, por la mañana desayuna niños recién nacidos y bebe sangre de doncellas para acompañar la cena. Ese ogro no puede ser como yo.

Al miembro del gremio que hace algo perturbador, lo rechazamos y lo echamos del club de los humanos para convertirlo en bestia infernal. La paradoja es que la reacción suele ser así porque no soportamos el espejo de nuestra propia oscuridad que ese otro nos pone delante.

Y el problema es que cuando la búsqueda de la propia conciencia se detiene, comienza la búsqueda del culpable; nos convencemos de ser totalmente inocentes y por lo tanto totalmente víctimas.

Así es como condenamos un universo por descubrir a la zona negra de nuestra psique. Qué pena, nos perdemos de mucho. Es terrible la ceguera de la luz blanca, esa que nos convence de que todo en nosotros es bueno pero nos deja igual de ciegos que la más oscura de las noches.

La bondad cambia conforme la moral vigente pide, ser bueno podría significar sacrificarse para que los dioses favorezcan las cosechas o casarse virgen o también —para ponernos rabiosamente actuales, ser políticamente correcto. Y la maldad se ajusta según lo requiera su contraparte. Es decir que Dios nunca deja de necesitar a Satán. (Así con mayúsculas, como personajes de ficción).

Conforme nos adentramos en este espeso río de la posmodernidad, resuenan con más nitidez las palabras de Nietzsche: Dios ha muerto. Se refería a la muerte de los valores absolutos; con la desaparición de los valores absolutos, llegó la pulverización ideológica. Como dios ha muerto, ahora todos somos dioses y queremos dirigir la moralidad del mundo con los diversos códigos o causas en las que creemos: el vegetarianismo, los derechos de los animales, los derechos de las bicicletas, la humanización de las mascotas, las batallas contra el azúcar o el tocino, la guerra contra toda forma y palabras que consideramos “no incluyentes”, los distintos y refulgentes feminismos… la lista sigue en construcción.

Ahora que somos dioses, necesitamos demonios: y el demonio es aquel que no esté de acuerdo conmigo, aquel que abra una grieta para cuestionar la sustancia de mi propia humanidad.

Y así llegamos a casos como el de Marcelino Perelló. Un ser humano complejo, de innegables virtudes y terribles defectos, una de las personas más generosas y vitales que conocí, reducido a una frase indefendible, a una declaración absurda y agresiva, sí; pero no menos absurda y agresiva que la reacción en masa de la hermandad de los “buenos” de este tiempo que señaló a Belcebú pidiendo su cabeza. Pienso en la cacería de monstruos de las tinieblas que nos falta por presenciar y, con profunda tristeza, anticipo una larga oscuridad reluciente de corrección política. Porque vendrán muchos, no lo dudo, si estamos en pleno reclutamiento de espíritus del mal para apaciguarnos.

Dice Mefistófeles en una línea de Fausto: No eres aún hombre capaz de sujetar al diablo.

Ahora que todos somos dioses prestos a dictar la moralidad del mundo, quizá debamos considerar también que todos somos diablos. Veremos si somos capaces de sujetarnos.

 

@AlmaDeliaMC