“En 1985 la Ciudad de México se estremeció, cayeron muchos de sus edificios y murieron miles de personas; no pasaron 24 horas para que la ciudadanía advirtiera la ineficacia de las autoridades”. Foto: Pedro Valtierra, Cuartoscuro

El 23 de diciembre de 1972 un terremoto destruyó la capital de Nicaragua; en aquel tiempo vivía en nuestra casa un estudiante de filosofía que había establecido amistad con Ernesto Cardenal y en febrero de 1973 recibió una carta de él que, palabras más palabras menos, decía así:

El terremoto destruyó muchas vidas, muchas familias pero destruyó también la credibilidad en el Gobierno de Somoza, porque enseñó que una catástrofe de este tamaño sólo puede ser atendida por la sociedad que se organiza espontáneamente. Esta tragedia ha preparado al pueblo para la revolución.

Meses después la ofensiva del Ejército sandinista de liberación se fortaleció con miles de voluntarios que decidieron cambiar de régimen y derrocar a Anastasio Somoza, y el 17 de junio de 1979 cayó su régimen, como lo había previsto Ernesto Cardenal.

En 1985 la Ciudad de México se estremeció, cayeron muchos de sus edificios y murieron miles de personas; no pasaron 24 horas para que la ciudadanía advirtiera la ineficacia de las autoridades en el poder para prever y atender a las víctimas del terremoto, muchas de las cuales aún vivas y esperando auxilio bajo la ruinas.

Los capitalinos descubrieron así la gran fortaleza que representa la solidaridad ciudadana y que los gobiernos del PRI no servían cuando se les necesita, y empezó una gran movilización urbana para sobrevivir a los tiempos que siguieron a la tragedia; de ahí brotó la asamblea de barrios y múltiples organizaciones de vecinos, además del enmascarado Superbarrio, que sólo solidarias entre sí pudieron salir adelante.

Estos grupos salieron con el puño en alto y el PRI no volvió a administrar el Distrito Federal, con Cárdenas y el entonces todavía sano PRD ganando la primera elección de jefe de Gobierno. De la misma manera, el huracán Katrina debilitó al Gobierno de Bush en Estados Unidos.

Durante la guerra que penosamente hemos sufrido estos últimos 13 años se ha demostrado una vez más que el régimen actual, construido para beneficiar a un puñado de millonarios, no sirve en casos de emergencia; fue incapaz de terminar el conflicto cuando estaba ubicado en no más de 10 ciudades, permitiendo que ahora esté generalizado y distribuido por todo el país.

Así como sólo la ciudadanía solidaria rescató al pueblo de la tragedia de 1985, así sólo los ciudadanos organizados en autodefensas, Mesas de Seguridad y movimientos urbanos han frenado temporalmente a la delincuencia tolerada por la corrupción en el poder.

A este conflicto delincuencial sólo le falta un personaje lo suficientemente creíble y convencido de qué hay mejores razones para morir, cómo en su tiempo fue el bandolero transformado en revolucionario Francisco Villa, para que esta guerra se convierta en una revolución como la de 1910.

Pienso que cientos de personas esperan que se vuelva a robar la elección como lo hicieron los científicos en 1910 para convencerse de que sólo la guerra civil salva a México, y dan una última oportunidad al cambio pacífico en los próximos comicios nacionales.

No me sorprendería que tras el terremoto que destruyó Juchitán, y buena parte del istmo en Oaxaca, y los huracanes que vienen, más mexicanos decidan que 2018 será la última oportunidad para el cambio pacífico de régimen.