“Pues si eso suena absurdo, suena criminal lo sucedido con el socavón en la carretera de Cuernavaca”. Foto: cuartoscuro

Imagine el escenario: usted está en condiciones de construir su propia casa. Para ello, decide consultar a varios arquitectos. Uno de ellos le ofrece un proyecto que le convence: el diseño es bonito, funcional y, sobre todo, está dentro del margen de sus posibilidades económicas. Le presenta un presupuesto y se compromete a entregarle en un tiempo razonable la casa. No es un asunto menor. Así que firman un contrato.

Tiempo después, a partir de una serie de pretextos que suenan razonables, le dice que la entrega se postergará casi un año. Es demasiado pero, usted supone, tiene lógica. Acepta pues el resto de las opciones suenan peores: volver a empezar, convocar a nuevos arquitectos, pagar el costo de su primera elección, absorber las pérdidas.

Durante el proceso, también se da cuenta de que el presupuesto original ha sido rebasado. No es porque usted haya pedido, ahora, pisos de mármol o maderas finas para los acabados. Sucede que todo ha sido complicado: el suelo es más duro, los materiales han subido de precio y demás. En este punto usted bien podría suponer que todo es un abuso. A fin de cuentas, había un presupuesto y, supuestamente, éste era producto de un estudio del propio arquitecto. Usted, como la gran mayoría de nosotros, no cuenta con dinero ilimitado. Si acepta a pagar el sobrecosto es, de nuevo, porque las otras alternativas son peores o, quizá, porque el dinero no le interesa. Es probable que usted sea un rico heredero o que, tal vez, el dinero no sea suyo, sino que llegue a usted gracias a artes muy extrañas que podrían incluir algunos delitos.

A estas alturas ya no podría saberse con claridad por qué razones acepta usted todos estos abusos. Si firma el último cheque es, quizá, porque le acaban de entregar la casa y, pese a todos los contratiempos e imprevistos, está como la había usted soñado. Más aún, el arquitecto y el constructor le aseguran que esta mansión (ya no es una simpe casita) la podrán disfrutar sus hijos y sus nietos. Ni hablar. A gozar de ella.

Apenas lleva tres meses de haberse mudado. Ni siquiera ha terminado de acomodar todas sus cosas o de acostumbrarse a los ruidos que se escuchan por las noches. Y comienza a llover. Nada extraño en esta ciudad que rompe sus récords de precipitación fluvial cada tanto. Y entonces se cae, qué sé yo, la biblioteca, el gimnasio, el salón de juegos, la cocina o la recámara principal. Para colmo, mueren dos de sus invitados o algún empleado doméstico.

De inmediato llama al arquitecto para que se responsabilice. ¿Sabe cuál es su respuesta? Claro que lo sabe: que fue culpa de las lluvias atípicas, que el drenaje de la calle se tapó porque algunos vecinos tiraron mucha basura. Así que no fue una baja calidad en los materiales, tampoco una mala planeación o cálculos mal realizados. Fue la lluvia y sus vecinos. Ésa es la explicación más lógica y racional. Ni para qué discutir. Y a usted no le queda sino aguantarse. ¿Verdad que usted haría justo eso: aguantarse?

¿Le suena absurdo? ¿Algo absurdo? ¿Absurda casi cada una de las partes del proceso? Cuando se demoraron más usted supuso que era para asegurar que la cimentación estaba bien hecha. Cuando le cobraron el doble, supuso que era para comprar los mejores materiales. Así que es absurdo desde donde se le vea.

Pues si eso suena absurdo, suena criminal lo sucedido con el socavón en la carretera de Cuernavaca. Criminal porque el dinero no era de una persona sino de los impuestos de todos. Criminal porque hubo, cuando menos, negligencia: muchas personas advirtieron que algo estaba mal. Criminal porque murieron dos seres humanos. Criminal porque no hay quien se haga responsable.

Supongo, sin malicia, que cuando cierto secretario de estado se manda a hacer su casa, deja que le entreguen tarde, que le cobren el doble y, claro está, que se le caiga encima a los tres meses de entregada. Sólo bajo ese supuesto puede entenderse que actúe como lo hace cuando se produce un enorme socavón en una obra que es su responsabilidad. A fin de cuentas, no es él quien tiene que pagar por ella.