La angustia y la violencia que se entrelazan y se convierten en un hábito sociológico, no son ajenas a ello. Pintura: Tomás Calvillo

Nuestra proporción está en la tierra no en el cielo. Nuestra aspiración si está en el cielo, porque ahí se funda la estructura básica del conocimiento; sea como indagación del misterio enmarcado en lo sagrado, o como concreción de la razón a través de la ciencia que se despliega ante el infinito, trastocando lo posible y lo imposible en el territorio sin límites de la paradoja que nos expresa.

Es ciertamente en la aspiración del cielo donde se origina el fuego de la pasión y la razón: el lenguaje que articula la trascendencia que alumbra las elecciones civilizatorias del conocimiento y la convivencia.

Los libros sagrados de las tradiciones religiosas están ahí, son su narración; la física, la astronomía, la biología y demás son su relato contemporáneo.

Esa aspiración que genera la danza misma del pensamiento, no da la espalda a la tierra, ni se aparta de ella. La materialización de la aspiración, su dinámica, es la que provoca la ruptura, la dislocación, el desprendimiento, al volcarse en un creciente apetito por la propia materia producida.

Estamos viviendo este segundo cósmico de agitación y agotamiento, un binomio que es frenesí, no fervor, que nos engulle en su imparable producción del espectáculo del yo en sus múltiples apariencias.

Estamos alienados en la producción continua de representaciones cuyo único sentido es nuestro vaciamiento.

La angustia y la violencia que se entrelazan y se convierten en un hábito sociológico, no son ajenas a ello.

Lo exponencial se apropia del individuo, de cada uno, lo singular se desintegra en una pluralidad sin contenido alguno, es una expresión de la suma cero, no de lo colectivo: solo moldes sin rostro, ya ni espejos.

La apropiación de la interioridad es la gran victoria del poder contemporáneo de la sociedad tecnológica de la información (remplaza a las iglesias y al estado)  y también es la derrota de la aspiración que está en el origen  de nuestro caminar: ese cielo que respiramos como conocimiento propio de nuestro estar.

En el fondo está  el pretendido engaño a la muerte (su difamación) ya no como conjuro, ni siquiera como intuición lúdica literaria… “anda puntilla de rubor helado, anda vámonos al diablo”[1]…hoy se trata de su banalización  que  la soberbia del dominio visual expresa;  suplanta la metáfora de la vida misma con la realidad virtual exacerbada  en su presencia continua  desde el desayunador hasta la habitación nocturna.

¿Cómo recuperar la interioridad para retomar nuestra proporción con y en la tierra?

La relación entre respiración y mundo visible es clave para lograr ese balance perdido, puede ayudarnos a encontrar ese ritmo que no depende ya de la producción material: los ejercicios del silencio ante el ruido, la gimnasia del ser ante el teatro de sombras en la pantalla de nuestra de cotidianidad…

[1] Muerte sin fín, José Gorostiza