En esta última entrega, SinEmbargo ofrece, con base en las listas estadísticas de la UNODC, el mapa de las muertes ocasionadas por las drogas y el planisferio de su consumo. Se debe aclarar que los datos muestran una porción de los fallecimientos, pues indican el número de decesos para el año referido y sólo los que fueron así identificados por las autoridades sanitarias del país.

También es un conglomerado que atiende lo que ocurrió en las últimas dos décadas. Por ejemplo, en este tipo de corridas estadísticas no está cifrada la muerte del escritor norteamericano Truman Capote, fallecido a consecuencia de una sobredosis de tranquilizantes y analgésicos en 1984, pero sí se consideraría, en teoría, la sobredosis letal de heroína y cocaína que se inyectó, en 2014, el actor Phillip Seymour Hoffman, quien ganó un Oscar por su interpretación de Capote [Bennet Miller, 2005].

Una advertencia más sobre la lluvia estadística: los números no muestran con claridad cómo el actual sistema de prohibición y de consumo ciegan vidas, aún sin morir.

 Ú L T I M A  P A R T E | Ver Cuarta Parte Aquí | Ver Tercera Parte Aquí | Ver Segunda Parte Aquí | Ver Primera Parte Aquí 

Ciudad de México, 19 de septiembre (SinEmbargo).–  Al menos 71 mil 977 personas han muerto en el mundo durante la última década como consecuencia directa del uso de drogas y, en su mayoría, por sobredosis, de acuerdo con datos recopilados por la Oficina de Naciones Unidas para las Drogas y el Delito [UNODC, por sus siglas en inglés].

La población de Estados Unidos parece al borde de un ataque de pánico por la propagación del virus del Ébola, infección que ha cobrado la vida de 2 mil 46 personas en los últimos 20 años, según los datos recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ninguno de los fallecimientos ocurrió en suelo estadunidense ni en enfermos de esa nacionalidad.

En tanto, sólo en 2010, 40 mil 393 personas murieron en Estados Unidos por consumir drogas ilegales en exceso, lo que representa una de las tasas de mortalidad más altas del mundo por esta causa. En la aún primera economía del mundo mueren 192.8 personas por cada millón de habitantes a consecuencia del exceso en el uso de sustancias que se mantienen restringidas por la ley internacional en buena medida por la decisión de Washington de que así sea.

El país con la mayor tasa es uno del que poco se habla, Islandia. La nación del Atlántico Norte, considerada por Naciones Unidas como el tercer país más desarrollado del mundo, cuya cobertura estatal y universal a servicios de salud y de educación superior es referencial, es el sitio del planeta en que en términos relativos más personas mueren a causa de las drogas.

A la vez, es uno de los sitios con menores tasas de homicidios y de violencia contra las mujeres o de mortandad infantil… ¿Es el uso y aún el abuso de las drogas un criterio incuestionable para medir el estado de salud de un país?

Existen otras cifras asociadas a la muerte que viene de la mano con el uso de sustancias. Desde que comenzó la epidemia del VIH más de 180 mil usuarios de drogas inyectables con un diagnóstico de SIDA han muerto.

Y si se sigue el sendero dejado por los muertos resulta inevitable detenerse en México, donde la cifra de ejecuciones propias de la guerra de las drogas ronda 110 mil y la de desaparecidos se estima en torno a los 20 mil.

Miles de ellos murieron bajo el fuego de una AK-47, que en el mercado legal Arizona o Texas se precia en 1 mil 400 dólares. Al sur, en Chihuahua o Tamaulipas, la misma arma adquiere su condición de ilegal y es rebautizada como “cuerno de chivo” por el que se pagan unos 4 mil dólares. Donde el río se llama Bravo un kilo de cocaína cuesta 12 mil 500 dólares y, donde a la misma agua se le dice Grande, 25 mil dólares.

No hay que hacer ninguna cuenta para dejar en claro por qué la mezcla de los negocios de las drogas ilegales y las armas de fuego es superavitario en dinero y en muertos.

Esta combinación siempre produce números peculiares. Por ejemplo, un fusil tipo Kalashnikov de la más baja calidad cuesta 47 dólares en Nigeria, un país de África Occidental quebrado por el hambre, la violencia y la corrupción y por el que los cárteles mexicanos en sociedad con los colombianos pasan con coca rumbo a Europa.

En ese mismo lugar, un kilo del “oro blanco de Los Andes” con una pureza disminuida al 50 por ciento cuesta en precio de mayoreo de 20 mil dólares o, si se quiere ver así, unos 425 “cuernos de chivo” aunque por allá sólo los extraños mexicanos de paso les llamen de esta manera.

En ningún otro país del mundo existen más asesinatos por drogas que en México. En tanto, su tasa de mortalidad por el abuso de las sustancias por las que los mexicanos se matan por venderla a sus vecinos del norte es relativamente baja: 16.3, casi 12 veces inferior a la de Estados Unidos y menos de 7 veces a la de Canadá, a su vez el país menos homicida del continente.

Si lo que se revisan son las tasas homicidas, se encuentra que en 2012 la mexicana fue 13.5 veces más alta que la canadiense.

Pero la muerte es sólo una parte del problema.

POLVO DE LUZ

El 7 de julio de 2009, la Policía Federal derribó la puerta de la casa de la abuela de Yadir, encontró casi 400 envoltorios de cocaína, dos bolsas llenas de mariguana, una báscula gramera y cartuchos calibres .38 y .45. Foto:Eduardo Loza, especial para SinEmbargo

El 7 de julio de 2009, la Policía Federal derribó la puerta de la casa de la abuela de Yadir, encontró casi 400 envoltorios de cocaína, dos bolsas llenas de mariguana, una báscula gramera y cartuchos calibres .38 y .45. Foto:Eduardo Loza, especial para SinEmbargo

Su único gesto era ligero, pero incesante: un boqueo que pronunciaba el rastro de mocos secos debajo de su nariz. Yadira llevaba una trenza que le caía por el hombro derecho. Con la falda tableada debajo de las rodillas, al caminar parecía una campana meciéndose de un lado a otro por los pasillos de la cárcel para niñas del Distrito Federal, en Periférico Sur.

A sus 16 años, Yadira llegó al centro como traída por un tornado. Esa noche, la del 7 de julio de 2009, la Policía Federal derribó la puerta de la casa de su abuela, en la colonia Juventino Rosas, en Iztacalco, y encontró casi 400 envoltorios de cocaína, dos bolsas llenas de mariguana, una báscula gramera y cartuchos calibres .38 y .45.

El vendaval llevó a la madre y a la abuela de Yadira a la cárcel de mujeres de Santa Martha. Sus tres primos y un tío quedaron repartidos por el Reclusorio Sur.

Luego, la madrugada de la colonia Juventino Rosas, delegación Iztacalco, regresó a su calma, a sus destellos de luces rojas y azules, a las sirenas de patrullas y ambulancias. El barrio es duro, decía a niña. La droga y las balas vuelan por aquí y por allá.

Aquella noche su novio no estaba en casa de la abuela. Con él solía ver una y otra vez la película Amar te duele [Fernando Sariñana, 2002] y La Era de Hielo 1 [Chris Wedge y Carlos Saldanha, 2002]. Se enamoraron pronto. Él iba en tercero C y ella en tercero B de la Secundaria 61 Olga Esquivel Molina.

El 28 de junio de 2009 Yadira presentó su examen de ingreso a bachillerato. Fue aceptada en el Conalep Venustiano Carranza 1, donde estudiaría la carrera técnica de enfermería con una esperanza salarial de cuatro mil pesos mensuales.

Pero se atravesó la cárcel.

Yadira no lloraba ni reía. Estaba petrificada. Sólo boqueaba. Casi no hablaba. En la ondulación de sus labios había que pescar susurros.

No sabía qué le causaba más miedo, si la idea de pasar dos años dentro de los muros del centro para menores “en conflicto con la ley” –eufemismo de la autoridad capitalina– y salir para esperar otros dos años a su madre, o no tener a su madre ni a su abuela para que le enseñasen a ella a ser madre.

Por eso caminaba como una campana que se desliza por los pasillos, entre el pasto recortado.

“Es mi primer bebé. Todavía no sé cómo lo voy a llamar. Tengo miedo y extraño a mi mamá ahora que voy a ser mamá”.

EL CUMPLEAÑOS DEL FARFÁN

Era un hombrón de voz lenta, como se escucha un disco de vinil reproducido a las dos terceras partes de la velocidad necesaria.

Nació el 2 de noviembre, el Día de Todos los Santos, de 1992.

El Farfán había tenido buenos momentos en la vida: las 23 ocasiones en que ha entrado al sistema correccional para adolescentes de la ciudad de México desde los tiempos en que las estancias se reducían a tres semanas.

Cada vez que volvía, lo hace más flaco, más sucio y más desorientado que la ocasión anterior. Sólo durante las temporadas de encierro comió tres veces al día, gozó atención médica, ropa limpia y cama. La última vez que tuvo todo esto fue en algún momento de su infancia a donde la memoria del Farfán ya no podía llegar. Se borró para siempre, como un casete al que se le acerca un imán. El muchacho tenía quién sabe cuántos años, tal vez más de la mitad de su vida, inhalando solventes y fumando piedra.

Al menos en México, cuentan los chavos de las cárceles para menores, el crack o piedra se cocina con cocaína base, algunos fármacos estimulantes y pequeñas dosis de veneno para ratas.

“Pinche bolota, la picas, pa, pa, pa. Hay gente que, incluso, les echa bicarbonato, matarratas. ¿Cómo los deja? Pues todos apendejados. El cuerpo, llega su momento, en que el cuerpo te pide más y más y más y más”, explicó con naturalidad El Moreno, quien vivió su primer encierro poco después de los 15 años por un asesinato cometido bajo el influjo de las mismas drogas que vendía.

Salió libre y se acomodó a una banda de ladrones de autos que, según  su descripción, facilitaban vehículos a un narcotraficante asociado con el Cártel de los Beltrán Leyva en Cuernavaca, Morelos, a quien admiró tanto como envidió cuando conoció la casa del narcotraficante, su hermosa mujer, el Ferrari estacionado.

“Yo veía al güey este, que se llamaba Martín el hijo de su puta madre y, pues yo decía: tengo que ser más chingón que él, tengo que tener mejores cosas que él. Y tengo que ver por mi familia también”.

El dinero se esfumaba en piedra y whiskey Buchanans, en coca y tequila Agavero. Tragos de narcos, dice él. Con 1.68 metros de estatura, El Moreno se consumió hasta los 58 kilos de peso. Ya se sabe: las encías sangrantes, la mirada ansiosa de la piedra, el crack.

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En su deslumbrante libro Historia general de las drogas [Espasa Calpe, 2008], Antonio Escohotado, jurista, filósofo y sociólogo español, va al grano y llama e identifica al crack o piedra como “la cocaína de los pobres”.

“Comparado con el mundo de los usuarios de cocaína, ligado al desahogo económico y metas lúdicas que suelen excluir un empleo abusivo, los ambientes relacionados con el crack y la pasta base tienen en común con los heroinómanos un marcado elemento de autodestructividad […]

“Si la cocaína era ya el lujo de los ricos y triunfantes, la base y el crack iban a ser el lujo de los miserables, expediente idóneo para que una franja social antes excluida pudiera incorporarse a la frenética búsqueda del estimulante […] De ahí que junto a la poderosa mafia de la cocaína surgiese otra más descarnada, capaz de rascar el bolsillo de los pobres con la misma eficacia que la otra arañaba el de los ricos […]

“Dese una perspectiva histórica general, lo relevante en el crack –no menos que en las demás designer drugs, narcóticas o psicodélicas– es surgir directamente de la prohibición”.

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Foto: Eduardo Loza, especial para  SinEmbargo

En en México, cuentan los chavos de las cárceles para menores, el crack o piedra se cocina con cocaína base, algunos fármacos estimulantes y pequeñas dosis de veneno para ratas. Foto: Eduardo Loza, especial para SinEmbargo

¿Cuánto veneno para ratas y pegamento industrial pasó por el cerebro de Farfán? Es difícil saberlo. Mucho a juzgar por sus efectos que lo convirtieron en un péndulo en constante movimiento de la ira a la depresión.

Cuando vivió en libertad lo hizo con sus abuelos, una pareja de ancianos prematuros que optó por colocar alrededor de su casa una alambrada de púas fabricada como serpentina, justo como la instalada sobre las bardas de las cárceles, y así evitar que su nieto saliera como fiera y las malas noticias entraran como estampida: robó, golpeó, está tirado a media calle sobre un charco de su propia sangre.

–¿Recuerdas cuando podías pensar de otra manera? –pregunté al Farfán. El muchacho arrugó la cara, confundido. Tal vez se le ocurrió que la pregunta tenía encriptado algún insulto. Se agitó y su 1.80 de estatura y 90 kilos de peso adquirieron otro sentido. El ánimo del Farfán volcaba en repentinos ataques de ira en que destrozaba todo lo cercano a sus manazas.

–Sí, creo que sí… –se rascó la cabeza–, sólo pensaba en pegarle a los otros niños.

Quizá se refería a los años en que memorizó el sistema de rayas y curvas asociadas a un sonido. Pero eso fue hace muchas neuronas disueltas en tíner y crack, porque hoy no puede repetir el abecedario. Si aprendió a leer durante el único año de primaria que cursó, lo ha olvidado y ya no existe posibilidad de que lo recuerde ni que lo vuelva a aprender.

–¿De dónde eres?

–De donde soy todos roban. Pides trabajo y ya te conocen. Saben que eres la maldad. Yo asaltaba a la gente… Hacía todo para conseguir mi piedra… A mí no me gustaba sudar para ganar el dinero… Yo no quería a mi familia y me fui a los 12 años a la calle por la piedra; al pisto, la mota, los chochos y el activo me fui a los 13. Me gustaban los primos (cigarros de mariguana y crack). Dormía donde me ganara el sueño y comía de los basureros. Quise regresar a mi casa, pero me dijeron que sólo si dejaba el vicio. Me anexaron en una granja, pero me aburrí y me fugué. Quería seguir los pasos de mi padre –apunta con solemnidad.

–¿Y cuáles son esos pasos?

–Mi jefe también le pega al robo y ha estado butiveces en el Reclusorio Oriente, en el Reclusorio Norte, en Santa Martha. También es bien piedroso [adicto al crack]. Yo no fumaba con él porque sentía que iba a haber agravio.

–¿Cuál es el día más triste de tu vida?

–El de mi cumpleaños es el más triste. ¡Me siento mal! Cuando estoy dentro [de la cárcel] no me vienen a ver y cuando estoy fuera tampoco se acuerdan. Mejor me la paso robando. O el 24 (de diciembre) siempre ando sin amigos.

–¿Has matado?

–A cuatro… uno era mi amigo… anduvo diciendo que se acostaba con mi novia, Andrea. Entonces me dediqué a terrorearlo. Llevábamos dos años. Yo la quería a ella… un día que yo andaba hasta la madre [de drogas] nos volteamos en la biwis [una motoneta Yamaha de gran popularidad en los barrio del DF] y ella salió volando y se murió. Ése también es el día más triste.

–¿Lloras?

–De vez en cuando, cuando me siento solo.

Un 2 de noviembre, Día de Todos los Santos, El Farfán alcanzó la mayoría de edad y cruzó una brecha que no comprendía del todo.

La próxima vez que la policía lo detuviera en la calle por algún robo, no entraría al internado de muchachos donde el agua no falta, la comida abunda, el ejercicio es asesorado por expertos y un médico está ahí para tratar con afecto la fiebre.

Iría a la cárcel de adultos. Tal vez a alguno de los monstruos del Reclusorio Norte o del Reclusorio Oriente, cada uno con más de 13 mil hombres. En sus celdas dormir acostado, así sea sobre el cemento, es un privilegio, como lo es descansar sentado sobre el excusado. La suerte de varios es dormitar con el cuerpo colgado de las rejas. En un mundo de hipercarnívoros, para los de la especie del Farfán difícilmente existe compasión.

–¿Sabes a dónde irás la próxima vez que te detengan? –pregunté al mastodonte.

Arrugó la cara, confundido. Por un instante aclaró la mirada, como si ya hubiera tenido la premonición. Respondió:

–¿A la chingada? –intentó averiguar El Farfán.

 UN MUNDO INFELIZ

En su obra, Antonio Escohotado recuerda que en 1932, el mismo año en que escribió su más famosa novela, Un mundo feliz –en que expone la panacea de la droga llamada “soma”–, el inglés Aldous Huxley se adelantó décadas en el debate y propuso en un artículo:

“Todas las drogas existentes son traicioneras y dañinas […] ¿Cuál es el remedio? ‘La Prohibición [mayúscula del autor], gritan a coro todos los gobiernos contemporáneos. Pero los resultados de la prohibición no son alentadores. Lo único que justificaría a la Prohibición sería el éxito. Pero no tiene éxito y, dada la naturaleza de las cosas, tampoco puede tenerlo.

“La forma de evitar que la gente beba demasiado alcohol, o que se haga adicta a la morfina o la cocaína, consiste en suministrarle un sustituto eficaz, pero sano de estos venenos deliciosos y (en el imperfecto mundo actual) necesarios. El hombre que invente dicha sustancia se contará entre los benefactores más insignes de la humanidad sufriente”. *

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