Luego de miles de muertas, al menos 1 mil 997 asesinadas durante el gobierno mexiquense de Enrique Peña Nieto, el Sistema Nacional para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres admitió emitir la alerta de género los 11 municipios más poblados de la entidad. Si bien algunos partidos reconocen en esta declaratoria un avance, ya festejado por el Gobierno del Edomex como un logro sin precedentes, las organizaciones feministas y especialistas en el tema consideran que la medida es insuficiente, que ellas viven en peligro y mueren de la peor manera en las 125 demarcaciones del estado.

¿Por qué asesinan a las mujeres en el Estado de México? La respuesta no es sencilla y será un propósito del equipo de especialistas que integren la comisión. Pero el cúmulo de respuestas, dos aspectos pueden considerarse como elementos permanentes en el estado gobernado por Eruviel Ávila y presumido, en la propaganda oficial, como una “potencia económica”.

Uno de estos factores que impulsan el feminicidio, el que sea, terminó con la vida de una chiquilla en el oriente de la entidad. La crónica a continuación da cuenta de esa mezcla explosiva (impunidad, machismo, corrupción, etcétera) que ha llevado al Estado de México a hacer historia… por la mala: es el primero en la historia en el que se declara Alerta de Género…

La tragedia del Edomex. Foto: Eduardo Loza

La tragedia del Edomex. Foto: Eduardo Loza

Chimalhuacán, Estado de México, 28 de julio (SinEmbargo).- La madre de Reina enviudó y la vida se le hizo sofocante, con el hambre siempre al acecho.

Recogió a algunos de sus hijos de su pueblo, Asunción Nochixtlán, Oaxaca, y los trajo a un pedazo de Chimalhuacán, entonces, más que hoy, un llano de salitre y cascajo.

Inicialmente dejó a Reina en la milpa, pero la trajo cuando consideró que necesitaba quien le ayudara en la ciudad. Empleó a su hija de ocho años primero en el cuidado de sus pequeños primos y después en un puesto de tamales que colocaban afuera del estadio Neza 86; cada día la niña caminaba cuarenta minutos por los llanos polvorientos. Hoy, Reina, de 41 años de edad, no recuerda un día de su vida que no haya trabajado.

En su adolescencia conoció a un hombre con quien quiso huir de la casa de su madre y de la doble servidumbre a la que estaba sometida con sus hermanos varones y los dueños de las casas en que trabajaba. Casó con Ángel e hicieron su hogar en casa de la madre de él, por lo que Reina quedó sujeta a sus patrones de siempre y a una desconocida.

En ese tiempo Ángel era ayudante de albañil; tenía las manos duras y pesadas como tabiques y las lanzaba contra lo que fuera cuando inhalaba solventes, lo que hacía casi a diario además de beber. La golpeó desde el primer día: cuando supo que su Reina sostuvo un noviazgo con su hermano antes de conocerlo a él, enloqueció.

La golpiza dejó a la mujer en cama durante un mes. No necesitaba mucho para maltratarla: el sabor de la comida, la manera en que ella caminaba en la calle, el desliz de la blusa que dejaba al descubierto un hombro; la cara de miedo de Reina, porque le recordaba su propia miseria.

De 1988 a 1991, entre tundas y palizas, nacieron cuatro hijos: Ángel, Érika, Diego y Sonia.

La vida era más dura que las manos de Ángel.

Los muchachos estrenaron poca ropa: casi todo lo que vistieron en su infancia fueron prendas usadas y regaladas por las hermanas de Reina o por las señoras para las que trabajó en el Distrito Federal.

Cada fin de año Ángel les compraba un par de zapatos, un pantalón, una chamarra y nada más; eso era todo. Luego de varios años Reina compró, hace medio año, un pantalón nuevo de mezclilla.

Sonia, por ejemplo, nunca fue al cine. Era feliz con unas muñecas pelonas, una de ellas con aspecto de recién nacida, vestida con un mameluco. Reina compró una, nueva, en un tianguis, y la otra fue un obsequio de la dueña de la casa para la que trabajaba en ese tiempo y adonde la mujer podía llegar con su hija pequeña.

Alguna vez conoció el Zócalo de la Ciudad de México y existen fotografías de ella muy pequeña en el Bosque de Chapultepec. Con esas excepciones, todos los minutos de su vida transcurrieron en Chimalhuacán. En su adolescencia tuvo unos tacones cafés, un par de tenis y su tesoro fueron unas botas negras que su mamá compró en abonos.

Las penurias se hacían más intensas cuando Ángel se embrutecía al grado de desaparecer durante un mes; su mujer e hijos sentían algún alivio excepto por la permanente hostilidad de la madre de él. Y el tipo siempre volvía más violento que la ocasión anterior, listo para que su madre le pellizcara la rabia con cualquier chisme sobre el comportamiento de su esposa.

Reina consiguió el milagro del ahorro y compró un terreno de unos veinticinco metros cuadrados cerca de un río de aguas negras. Ángel construyó un cuarto de bloques de cemento y láminas dividido en tres espacios, cocina, sala y una sola habitación en que dormían los seis. No hubo dinero para construir una barda y en su lugar sólo quedó una malla de alambre que no representa ningún obstáculo para cualquier persona ajena que quiera llegar hasta la puerta. Al inicio carecían de agua potable, drenaje y luz eléctrica, servicios a los que accedieron apenas en 2011.

“Seguían los golpes y maltratos hacia mis hijos y hacia mí. En 2000 corrí a mi esposo porque quiso abusar de mi hija mayor cuando ella tenía catorce años”, recuerda Reina ese día en que se descubrió valiente, pero después revive también las constantes apariciones de Ángel para levantarle la mano, gritarle, advertirle.

—¡Andas de puta, todos me dicen que andas de puta!

Reina y sus cuatro niños sobrevivían cada día con el equivalente actual de cien pesos. Dos de sus muchachos estudiaban la secundaria y los otros dos la primaria: no había manera de estirar ese billete con la cara del rey Nezahualcóyotl estampada.

“En las tardes me iba a planchar a otra casa, con eso salía el pasaje para que se fueran a la secundaria. Soñé con el diploma de uno de mis hijos colgando en la pared de mi casa.”

***

Una historia de familias en la pobreza. Foto: Eduardo Loza

Una historia de familias en la pobreza. Foto: Eduardo Loza

Reina iniciaba cada día con la esperanza de que terminara con el estómago de sus hijos lleno. Siempre ha trabajado como empleada doméstica por los rumbos de Taxqueña y Rojo Gómez. Cierta ocasión quiso seguir la misma ruta de algunos de sus hermanos, a quienes la miseria soltó hasta que llegaron a Nueva York. Ya separada de Ángel, uno de ellos le propuso dejar México.

—Oye, hermana, ¿por qué no te vienes para acá y le echas ganas con tus hijos para que sigan estudiando?

Reina aceptó inicialmente, pero su madre se opuso recordando que tres de los niños aún estaban muy pequeños. En ese tiempo Sonia cursaba el cuarto año de primaria.

—¿Qué te parece si mejor se va Ángel? —propuso la madre.

Ángel tenía quince años, y por ser menor de edad, los trabajos a los que podía aspirar eran aún peor pagados que a los adultos. Al plan se agregó que el muchacho estudiaría por las mañanas y se ocuparía como barrendero y lavatrastes en el mismo restaurante en que su tío trabajaba.

El plan se concretó y Ángel voló a Nueva York. Aunque el dinero que el joven lograba enviar a Chimalhuacán era poco, la situación de Reina mejoraba porque era una boca menos en su casa. Érika, la mayor, suplía a su madre en el cuidado de sus hermanos, quienes cursaban la primaria.

Reina llegaba en la noche y se enteraba con preocupación del aumento de la presencia de drogas ilegales en el vecindario y en la escuela en que estudiaban sus muchachos. Estaba convencida de que la educación que le faltó a ella les daría a sus hijos un mejor futuro. Se sentía ausente de casa y quería participar más decididamente en las actividades escolares de los niños, pero su empleo le imponía salir durante todo el día.

Encontró trabajo como afanadora en el turno de noche del aeropuerto de la Ciudad de México. Volvía de mañana con la esperanza de aguardar a sus hijos con la comida recién hecha y asistir a las reuniones convocadas por la dirección de la escuela, pero apenas llegaba a casa, la madre lidiaba inútilmente por mantenerse con los ojos abiertos, así que volvió a la ocupación de doméstica.

Por esos mismos días Erika, con catorce años de edad, dejó la secundaria para hacer vida con su novio. Reina se desalentó: se sentía culpable de la pobreza que había empujado a dos de sus hijos a la deserción escolar, pero se animaba con la esperanza de colgar el título universitario de los restantes. Además, sintió un nuevo alivio en el bolsillo y la casa pareció crecer un poco; en una cama dormía Diego solo, y en la otra madre e hija se abrazaban hasta la mañana. Era el mejor momento del día para Reina, cuando apretaba a su niña contra su cuerpo y le calentaba las plantas de los pies con los suyos.

***

En 2007 Sonia comenzó a salir con Miguel, un muchacho mayor que ella, a quien la unía el vecindario de piedras y cascajo. Se conocieron gracias a la relación que tenían Diego, hermano de ella, y una prima hermana de él.

La mayor coincidencia consistió en que sus madres, Reina y Marina, llegaron de Oaxaca perseguidas por el empobrecimiento del campo y la pauperización de los indígenas. Ambas provenían de la región mixteca, pero llegaron en distintos momentos de sus vidas.

Reina, más joven, fue traída de Asunción Nochixtlán a la periferia de la ciudad durante su infancia. Desde entonces la lengua mixteca dejó de serle indispensable, al contrario: el estigma de ser indígena en la Ciudad de México le impuso el olvido de las primeras palabras aprendidas. Junto con el idioma se deslavaron las costumbres, algunas particularmente relacionadas con la limitada independencia de las mujeres.

Marina, de mayor edad, proviene de una familia más próspera que la de Reina, propietarios de animales en San Miguel, a unas cuatro horas de Asunción, distancia suficiente para la existencia de variaciones lingüísticas y de tradiciones. La mujer llegó a una edad más avanzada y no sufrió de la misma manera la presión económica de salir de casa. Aprendió poco el español, al que recurre por necesidad; cuando bebe, y lo hace con frecuencia, parece que la pica el diablo y grita y mienta madres en mixteco.

El noviazgo de Sonia y Miguel prosperó. Él se mostraba firme en la intención de formalizar el amorío y propuso a la muchacha que ambas familias hablaran al respecto. Ella, con catorce años de edad, aceptó propiciar la reunión sin tener exactamente claras las implicaciones.

Reina siempre volvía cansada y malhumorada por el espeso tráfico en que fluyen los habitantes del Estado de México hacia el Distrito Federal para trabajar por la mañana y, nuevamente, para volver a casa y dormir por las noches. Sufre dolores de cabeza desde un accidente que sufrió cuando viajaba en una combi de transporte público que fue golpeada por un camión repartidor de la Cervecería Modelo que se negó a ayudarla de cualquier manera.

Una de esas tardes, Sonia se acercó y con su voz infantil le pidió atender unas visitas.

—Mami, van a venir unas personas

—¿Unas personas? ¿Y ahora qué pasó? ¿Ahora tú qué hiciste, Sonia? —emprendió Reina la reprimenda.

—No, nada, quieren hablar contigo.

—¿Quién?

—Una señora por allá —señaló hacia la calle.

—¿Qué señora? Diles que se pasen —accedió Reina cuando notó que las visitas estaban a la espera de la invitación.

Cohibida por el poco español que habla, Marina no solicitó la formalidad del noviazgo. La solicitud fue presentada por una tía del muchacho con más dominio del idioma.

—Buenas noches, ¿usted es la mamá de Sonia? —inició la tía de Miguel sin entrar a la casa.

—Sí, yo soy la mamá de Sonia, dígame qué se le ofrece —contestó Reina, desacostumbrada a la rigurosa formalidad.

—Mi sobrino Miguel quiere pedirle permiso para andar de novio con Sonia.

—¿Sabe qué? Pásese a mi casa —propuso Reina cuando notó a las vecinas ansiosas por el chisme.

Entraron y se sentaron en la salita.

—Somos de San Miguel —dijo la mujer en referencia a la relativa cercanía de su pueblo con Asunción Nochixtlán.

—Pues Miguel es mucho más grande que Sonia —retomó Reina el tema. La niña apenas alcanzaba los catorce años y el muchacho sentado en su sillón se veía cerca de los veinte.

—Vivimos aquí cerca. Yo soy tía de Miguel y vengo porque su mamá no puede hablar muy bien español, ella habla mixteco. Yo siempre he pedido a las novias de mis sobrinos, de los hermanos de Miguel.

—Pasa que mi hija está estudiando y su papá no está enterado. Mi esposo no está en México, está en Estados Unidos. Si ustedes gustan hablar con mi esposo, yo me comunico con él.

—No… es que Sonia le comentó a Miguel que no quieren saber nada de su papá.

—Es que no sé —Reina mantenía el miedo a su esposo a pesar de la separación y también le inquietaba la diferencia de edad. Era previsible un embarazo y el consecuente abandono de la escuela de su hija menor tal como había ocurrido con la mayor, Érika.

—Él la va a respetar y la va a esperar a que termine de estudiar —pareció leer la mente la otra mujer, tan convencida en su papel formal que, en ese momento, aliviaba las dudas de Reina.

—Está bien. Te voy a tener esa confianza —aceptó Reina en el entendido de que el noviazgo ocurriría a escondidas de Ángel, el papá de la niña.

Los novios sonrieron y propusieron brindar. Miguel corrió a la tienda de la esquina y volvió con un cartón de cerveza.

“¡Por los novios!”, repitieron a cada trago.

Entusiasmado, Miguel mencionó sus planes de trabajar en Nueva York, donde vivían algunos de sus hermanos mayores, para luego casarse con Sonia.

—Pero todavía no, ella primero va a estudiar —repitió el muchacho.

De cualquier manera todo iba tan rápido y la niña se veía tan pequeña que nada se podía tomar demasiado en serio.

***

El recuerdo y las muñecas. Foto: Eduardo Loza

El recuerdo y las muñecas. Foto: Eduardo Loza

Desde el inicio Miguel se mostró celoso. Le irritaba que la muchacha saliera sin él o que no atendiera de inmediato las llamadas al teléfono celular. Reina y Marina, las suegras, coincidían en las reuniones convocadas por la familia del novio. Platicaban de sus pueblos, de las costumbres.

Reina veía con preocupación el comportamiento posesivo de su yerno. Se recordaba torturada por los interrogatorios y las sospechas de Ángel, pero mantenía la amabilidad. En un lugar en que el conflicto es costumbre, ella intenta llevar relaciones cordiales, lo que impone mantener el equilibrio consiente entre la cercanía y la distancia y, de estas dos posibilidades, Reina casi siempre opta por lo segundo en el vecindario.

Un día, la niña llegó con la cara triste, los ojos aguados. Se le acurrucó en el pecho a Reina.

—Ya no quiero a Miguel. Me regaña, me insulta.

Reina sintió pesar por la decepción amorosa, la primera que debería sufrir su hija, pero a la vez se fortalecía su continuidad en la escuela. El asunto continuó y empeoró. Miguel proporcionó a Sonia un teléfono celular al que la muchacha siempre debía atender o, de lo contrario, sería acusada de alguna absurda infidelidad.

Una noche, el muchacho entró a casa de Sonia con gesto grave. Pidió hablar con Reina.

—Señora, me voy a Nueva York, pero se queda Sonia. Sigue siendo mi novia, la relación sigue. Ella se queda estudiando acá como usted quiere, pero yo me voy a trabajar. Cuando ella termine la prepa, yo regreso y me caso con ella.

—Bueno, está bien, Miguel —asintió Reina a manera de trámite, confiada en que la distancia y la juventud pondría fin a un asunto que, era claro, no hacía bien a su hija.

Durante el año que siguió, Sonia concluyó la secundaria, inició la preparatoria y conoció nuevos amigos.

Miguel estableció un régimen de conversaciones telefónicas. Cada sábado por la mañana, los pequeños sobrinos de Miguel caminaban las cuatro calles que separan las casas de Reina y Marina y, sin excusa, la niña debía atender una llamada. Sin pretexto debía responder el teléfono celular en el momento que fuera. Además, cuando Sonia informaba a su novio que visitaría a su tía, una hermana de Reina residente en Valle de Chalco, Miguel marcaba a esa casa para constatar que, efectivamente, la muchacha estuviera ahí.

Durante cada llamada, Miguel advertía a Sonia que no debía hablar con ningún varón. Las peleas eran evidentes y Sonia confió a su madre que los reclamos de fidelidad del muchacho se habían convertido en amenazas.

—No puedes salir de tu casa, no puedes tener amigos o cuando regrese te irá muy mal —habría blandido Miguel.

En las noches que dormían juntas, Sonia dijo algo más a su mamá.

—La señora me dijo: pídele cinco mil pesos a Miguel y dile que es para ti.

—¿Cuántas veces ha hecho eso la señora?

—Ay, mami, pues siempre que voy sola. Me dice: “pídele siete mil”, “ahora pídele tres mil”, “ahora pídele 5 mil”.

Reina decidió intervenir y reclamó a Marina.

—¿Es cierto que pidió esta cantidad? Porque si se entera mi esposo le va a ir muy mal a Sonia y mi hija no tiene que pedir dinero. Su hermano está en Estados Unidos, ella no necesita dinero, él nos manda.

Marina recordaba que mataba puercos y reses para vender la carne en el pueblo y que habría una matanza de antología para la boda de los muchachos. Redactó una lista con los aspectos cárnicos del enlace: un cerdo, quince guajolotes y veinte pollos serían sacrificados. Mostró el papel a Reina, para quien el asunto tenía una relevancia diferente, menor, básicamente porque ella no había crecido en la mixteca y no sopesaba de la misma manera esos detalles.

La boda se celebraría en Chimalhuacán.

—Mire, para empezar, yo no sé cuántos animales usted crea que están bien, porque ninguno de mis hijos se ha casado —subrayó Reina su desapego en las usanzas del pueblo.

Marina insistía en el tema para llevar las cosas al compromiso indefectible lo que ocurriría si se acordaba la compra de los animales para el banquete, la recepción de dinero por parte del novio o la admisión del vestido de novia.

Miguel se mantenía informado de todo lo que ocurría en casa de Sonia. Contaba con las confidencias de su prima, la novia de Diego; los chismes que con generosidad le prodigaba una tía, y, más importante, con la constante labor de espionaje de su madre, Marina Zertuche.

Reina seguía con preocupación el desarrollo de esa relación que comparaba con la suya. Las alarmas se encendieron cuando supo, por su propia hija, que Miguel había añadido la escuela a la lista de prohibiciones y comenzaba a exigirle a la niña que se preparara para hacer el viaje como indocumentada a Nueva York.

—¿Sabes qué? —Reina avisó a Sonia—. Tú no te vas a ir a ningún lado, te quedas aquí. Si sigue exigiendo, yo le voy a decir que hable con tu papá —amonestó con la esperanza de que su hija temiera a Ángel padre tanto como ella.

Sonia se aplomó y terminó la relación con Miguel, cuya mala reacción quedó chica ante el escándalo emprendido por su madre. Marina se emborrachó y buscó a Sonia para confrontarla.

—¿Es verdad que ya terminaste con Mickey? Pues fíjate que no, porque en mi pueblo cuando se da la palabra de novios es porque se van a casar. Aquí no hay que tener otro novio, nada más hay que tener el que decidimos hablar con sus papás. ¡No te hagas pendeja! Mi hijo está trabajando mucho para regresar y casarse contigo. Ya te mandó el dinero para tu vestido de novia.

“Mentira”, diría Reina años después en entrevista. “Mi hija pedía dinero a Miguel y él se imaginaba que todo era para ella, cuando Sonia nada más recibía cinco o diez pesos y eso a veces que la señora le daba para comprar un litro de leche y eso era todo”.

Reina volvió a tomar camino a casa de Marina. Tocó la puerta y obvió el saludo.

—Mi hija ya no quiere saber nada de Miguel. Aquí terminó todo, deje de molestarla. Que Miguel ni le hable ni nada. Ya terminó.

—¡No, Sonia nunca va a dejar a Miguel! Primero muerta antes que dejar a Miguel. Mi hijo toma mucho, no come por Sonia cuando se dejan. En mi pueblo, cuando ven a una mujer así la golpean, medio la matan y ella tiene que estar en su casa y no salir hasta que el hombre decida.

—Pues yo también soy de Oaxaca y aquí es Chimalhuacán. Son otras las costumbres y no creo que su papá permita eso.

—Sonia, primero muerta antes de que deje a Miguel. Ella se va a casar con Miguel y ya le mandó el vestido y ya hasta tenemos los animales que vamos a matar para la comida.

—Es que Sonia ya no quiere y yo no la puedo obligar.

—Pues en mi pueblo no es así…

—Sonia se va a ir a Chiapas con uno de mis hermanos para que no haya problemas de que si tiene o no tiene novio.

—No, no va a dejar a Miguel.

Marina se mantuvo en pie de guerra. En cada oportunidad insultaba a Sonia, se le acercaba y le disparaba una ráfaga en mixteco y español mientras le agitaba la mano cerca de la cara.

—Sonia, mi hijo te mandó dinero y ya lo tengo guardado, ¿me acompañas a cobrarlo?

—No —se resistía la muchacha y se preparaba para el vendaval oloroso a aguardiente que seguía.

—¡Qué pendeja, qué estúpida eres! ¡Chingas a tu madre!

Hoy Reina considera que el empecinamiento y el tono ofensivo obedecieron a que en el vecindario se le considera una mujer sola, sin hombre, y en consecuencia débil. De vez en cuando Miguel marcaba al celular y repetía las frases.

—Esto no se va a quedar así, nadie se burla de mí ni de mi mamá. En mi pueblo no acostumbran eso —lo escuchaba ebrio y llorando.

***

En los últimos meses de 2007, Diego abandonó la escuela por la situación económica de la casa y se ocupó como albañil. Durante algún tiempo, su relación con la prima de Miguel se había agriado por los conflictos familiares avenidos por la ruptura de Miguel y Sonia, pero se reconciliaron.

En alguna salida de casa descubrió que le gustaba un muchacho, Giovanni, quien correspondió las sonrisas de la niña. Con su madre y su hermano en el trabajo, Sonia permanecía sola durante casi todo el día por lo que el contacto con el nuevo muchacho era frecuente.

De vez en cuando, el teléfono timbraba y ella respondía con la esperanza de que Miguel le dijera que, finalmente, cada quien haría de su vida lo que quisiera.

—Sonia, ya voy a llegar y nos vamos a casar. Ya voy a estar allá y nos vamos a casar y no me importa que tengas novio —y luego la repetición de las amenazas.

El enamoramiento con Giovanni ocurría a escondidas, porque Sonia no quería terminar la relación con Miguel. Eso molestaba a Reina, lo que llevaba a los enamorados a esconderse más. La mujer cambió su opinión cuando Giovanni la visitó un día y le pidió permiso para cortejar a la muchacha.

—Hija, tú no estás comprometida a nada. Sólo son novios —observó Reina, que además cargaba con el miedo de que Ángel, el padre de sus hijos, supiera de la trama amorosa de Sonia.

En noviembre de 2007, Reina llegó a casa una noche y se encontró a su hija llorando.

—Mami, quiero que vayamos allá con Giovanni y con su tía porque quieren hablar contigo —sollozó Sonia.

—Es que estoy muy cansada. No quiero salir, no quiero ir.

—Mami, vamos con Giovanni.

—Sonia está embarazada —soltó Giovanni sin preámbulos—. Termina la prepa y nos juntamos.

—Ni por error me digas eso, ni por error, porque eso no puede ser. Para empezar, ella tiene novio. Sí vas a salir con ella, pero nada más como amigos o como quieras, pero no vas a abusar de mi hija, porque ella tiene que estudiar —Reina se escuchaba ausente.

—Yo sí quiero a Giovanni —atajó Sonia.

Reina quedó en silencio. No hacía falta que dijera nada más. Estaba furiosa. Salió a la calle y lloró por la calle, un río de piedras y pedazos de fierros oxidados. La muchacha caminó detrás de ella, también callada.

***

Migrantes por la miseria. Foto: Eduardo Loza

Migrantes por la miseria. Foto: Eduardo Loza

Reina, Diego y Sonia pasaron la última noche de 2007 en casa de Martha, hermana de Reina, en Valle de Chalco. Martha, en mejores condiciones que su hermana en Chimalhuacán, tenía teléfono, al que Miguel se comunicaba para platicar con Sonia.

Cuando timbró el aparato, Sonia tragó saliva y asentó el tono.

—¿Sabes qué, Miguel? Estoy embarazada. Ya, ahora sí definitivamente ya no quiero nada contigo. Ni tú ni tu mamá nos dejan en paz. Estoy embarazada —repitió a quemarropa.

—No importa que estés embarazada, yo voy a ser el padre de ese niño —suplicó el muchacho.

—No, porque él tiene a su papá. Ya olvídate, ya se terminó. Mi mamá ya sabe todo.

Y colgó.

La cena se terminó de aguar cuando Diego puso sobre la mesa que su novia, la prima de Miguel, también estaba encinta, lo que no le importó para mostrar su reprobación a la maternidad de su hermana. Se levantó con fastidio de la mesa y dejó la casa de la tía Martha para pasar el resto de la Nochevieja con sus suegros.

Las mujeres despertaron el primer día de 2008 con la sensación de un pedazo de metal oxidado en la boca.

—¿Qué voy a hacer? No tengo dinero —Reina dejó de contener el llanto—. Vivimos al día —dijo frente a la sopa recalentada.

Para Reina es literal eso de vivir al día. La mujer no trabajaría la primera semana de 2008 porque la familia para quien hacía el aseo saldría de vacaciones y, aunque fuera causa ajena a la servidora, no recibiría la paga de esos días.

—¿Por qué no me acompañas al rancho? —Martha propuso ir al hogar común de las hermanas, en Oaxaca—. Necesito pagar el impuesto predial. Nos vamos hoy y volvemos mañana.

—Sí, vamos —se secó las lágrimas.

Reina tomó el teléfono y habló con Diego.

—Diego, ¿estás bien?

—Sí, mami.

—Llego a la casa como a la una. Quiero que estés ahí porque voy a Oaxaca con tu tía Martha, la voy a acompañar a pagar el predial.

Reina pensó en su hija embarazada, en el hostigamiento de Marina y la furia que debían sentir en ese momento la mujer y su hija. Recorrió con la memoria la calle oscura y su casa sin ninguna barda. Recordó que Diego salía entre cinco y cinco y media de la mañana, un par de horas antes de la salida del sol al inicio del invierno.

Quería que Sonia la acompañara, pero se avergonzó de pedir a Martha que también se hiciera cargo del pasaje de la muchachita. Volvieron a Chalco y la dejó en su casa.

—Sonia, te vas a quedar —le comentó la decisión a su hija—. Yo regreso mañana, no me voy a tardar mucho.

—Sí, mami, voy a estar aquí.

Diego cruzó la puerta y Reina se sintió un poco más segura.

—Te vas a quedar con tu hermana. No salgan, se encierran, y si tocan la puerta, sólo se asoman por la ventana —repitió Reina las instrucciones que daba desde hacía algunos años cuando un hombre entró a la casa y sorprendió a la mujer mientras lavaba. Tomó algunas cosas e intentó violarla, pero no logró concluir el ataque porque los gritos alertaron a sus hijos, quienes llegaron a la carrera.

Esa tarde, como muchas otras, la familia carecía de agua. La falta del líquido es constante y el desabasto se atenúa con la instalación de una cisterna, pero Reina carece de medios para construirla. Recorrió el vecindario con la mente y supuso que en casa de la chica embarazada por Diego les podrían obsequiar algunas cubetas.

—Sí, manita, llévate los botes que quieras. ¿Te vas a ir a Oaxaca? —indagó la suegra de Diego.

—Sí, te encargo mi casa.

—¿Para qué la casa? Mejor a los niños —jugó la mujer.

—Sí, es cierto, mejor a mis hijos. Que se lleven la casa —replicó Reina.

—Oye, Sonia, ¿tú qué vas a hacer si mato a tu bebé? —subió el tono de la broma la otra.

Sonia sonrió incómoda. Días después, Reina regresaría al comentario una y otra vez con la sospecha de que había ido más allá del simple mal gusto: a final de cuentas, la suegra de su hijo Diego era también pariente de Miguel.

Martha y Reina abordaron el autobús en una parada junto a la vieja cárcel de mujeres del Distrito Federal.

Sonia y Diego se quedaron en casa viendo una película. Esa misma noche, la muchacha cocinó la merienda y la comida del día siguiente de su hermano.

—Sonia, no le abras a nadie, ya me voy a trabajar —susurró Diego antes del alba.

Ella respondió entre sueños que no.

—Mi mamá llega de Oaxaca en la tarde —recordó él antes de cerrar la puerta. Ella siguió dormida.

Esa mañana, Martha llamó desde Nochixtlán a su hijo para avisar que habían llegado con bien y ponerse al tanto.

—¿Mi tía Reina está bien? —preguntó el hijo de Martha en Valle de Chalco.

—Sí.

—Quiero que se vengan ya, a mi tía Reina la busca la Procuraduría. Es urgente que venga mi tía —urgió el muchacho—. La mamá de Miguel… —se contuvo—. Todos están en la Procuraduría. El papá de Sonia, sus padrinos, todos mis tíos. Todos están ahí.

Algo más escuchó Martha que Reina no supo en ese momento, pero ya no dejó de temblar. Corrieron a la central camionera del pueblo. No encontraron boletos.

—Martha, ¿y ahora cómo nos vamos? —preguntó Reina a manera de trámite.

—No, Reina, es que nos tenemos que ir ahorita porque algo pasó.

—¿Qué pasó?

—Es Sonia.

—¿Pero qué le pasó?

—No… ella está bien, está bien, tu hija está bien. Vámonos en taxi de aquí a la central de Oaxaca —propuso refiriéndose a la capital del estado.

Viajaron calladas. De vez en cuando Reina encendía su teléfono celular para revisar la señal del aparato, pero tampoco hubo suerte. Cuando entraron a la zona conurbada de la Ciudad de México, en la pantalla del aparato aparecieron veinte mensajes. “Te estamos localizando.” “Es urgente.” “¿Dónde están?” “¡Reina!” “¡Reina!” “¡Reina!”

—¿Qué pasó, Martha? ¿Qué tiene Sonia?

—Ella está bien —tartamudeó la otra.

Timbró el celular de Reina.

—¿Por dónde vienen? —averiguó uno de sus hermanos.

—Estamos por la cárcel de mujeres.

—Bájense ahí, yo pago el taxi. Vénganse a Chimalhuacán, porque urge tu presencia.

Reina reconoció a su familia afuera de la oficina de gobierno, con las caras largas y la mirada en el piso.

—Diego, ¿dónde está tu hermana?

El muchacho quedó en silencio. En su lugar respondió el padre de Sonia.

—¿Sabes qué, Reina? Mataron a Sonia.

—¿Mataron a Sonia? Ayer me fui.

—Pues sí, pero de seguro te fuiste con un güey o con tu amante, para que hayas dejado a mi hija; ahora no está y es tu culpa —reclamó Ángel.

***

“Me puse mal, ya no tuve sentidos, ya no supe nada. Ya no vi a mi hija. La familia de mi esposo me culpa. Él todavía no me cree que fui a Oaxaca, con todo y que cuando declaré mostré los boletos; hasta trajimos la boleta del predial que fuimos a pagar, mi hermana dijo que era cierto lo que yo decía, y todo eso dijeron de mí.”

Érika, la hermana mayor de Sonia, quiso acompañarla y tomó a su hijo de brazos.

—Vamos a buscar a tu tía Sonia para que desayunemos, porque está solita y mamá Reina se fue a Oaxaca.

Alrededor de las diez de la mañana, Érika abrió la puerta de la casa y encontró revuelta la estancia; luego notaría que sólo las cosas de Sonia estaban tiradas. Se sorprendió por el desorden.

—Sonia, ya levántate; ya sabes que mami regresa en la tarde, te va a regañar por el tiradero que tienes. —No hubo respuesta—. Levántate, vamos a la tienda para que desayunemos y luego haces el quehacer.

Notó que en el pequeño cuarto contiguo Sonia seguía acostada, envuelta en las cobijas, y caminó hacia ella; se aproximó y se inclinó hasta alcanzarla con la mano. Jaló una sábana y descubrió un cuchillo hundido en el cuello de su hermana. Jadeó y gritó; tomó al niño, cerró la puerta y gritó por la calle hasta llegar a su domicilio. Avisó a su marido, con quien volvió a casa de su madre. La puerta estaba abierta: entraron despacio y se aproximaron a la muerta. El cadáver seguía casi en la misma posición, pero el arma ya no estaba dentro del cuerpo sino en la mesita de la cocina.

El cuchillo con que asesinaron a Sonia era el mismo con que había cocinado la víspera de su muerte, un cebollero propiedad de la familia. Quien entró, realizó un hurto único: el teléfono celular de Sonia.

“Una vecina me dijo que vio a mi hijo a las cinco y media de la mañana en la calle, y después, a las siete y media miró que la señora salía de la casa. El forense dijo que a mi hija la mataron entre las siete y las siete y media de la mañana”, repetiría Sonia en entrevista lo que afirmó ante el Ministerio Público.

Una herida fue en el vientre y recibió dos golpes más en el cuello. El médico determinó que Sonia murió por la hemorragia.

“La primera puñalada fue en el vientre, me imagino que para matar al bebé. ¿Cómo no voy a estar segura de que fue la señora Marina? ¿Qué otra persona quería sacarle el niño?”

La misma vecina explicó que vio a Marina desde la azotea de su casa, cercana a la de Reina, y describió a la madre de Miguel: alta, delgada, morena, con blusa roja, pantalón de mezclilla y pelo lacio y negro, sujeto en chongo como siempre.

—Marina salió de su casa —dijo a Reina—, pero después regresó. Si yo le puedo ayudar a usted en algo, la voy a ayudar.

“Creemos que la señora Marina estaba ahí, escondida en la cocina, cuando mi hija Erika buscó a Sonia. Tal vez Érika, de lo mal que se puso, no cerró la puerta y creyó hacerlo, pero estamos completamente seguras de que ella no le sacó el cuchillo.”

La mujer que detalló las supuestas salidas de Marina de la casa la mañana del asesinato habría declarado, pero esto no es claro del todo porque los funcionarios de la Procuraduría del Estado de México a cargo del caso se negaron a dar copia a Reina de cualquier documento relacionado con la investigación.

Los agentes mexiquenses descalificaron las sospechas sobre Marina con el argumento de que no existían testigos; escuchaban las historias sobre los novios de Sonia y asentían con la cabeza, como si todo quedara entendido. Hasta donde Reina sabe, nadie se preocupó por tomar huellas dactilares en su casa la mañana del 1 de enero de 2008, ni siquiera del cuchillo con que asesinaron a Sonia.

“Al poco tiempo de que mi hija falleció, detuvieron a la señora Marina. Supimos que declaró que los judiciales le habían pegado y dijo muchas cosas, pero eso no puede ser porque casi no habla español, habla casi puro mixteco y nadie estuvo con ella para traducir. Nos enteramos de que dio 75 mil pesos y fue por ese dinero que nos dejaron sin justicia. Ella misma lo presume cuando se emborracha y grita como loca que asesinó a mi hija.

”Un día se apareció bien tomada en la cocina en que trabaja mi hija, llevaba un cuchillo y la amenazó: ‘¡Sírveme, pendeja! O qué, ¿tú también quieres tu merecido?’. Se alocó y la agarró, se la quitaron de encima las personas que trabajan en el mercado. Por eso yo ya no le voy a buscar más, ya no. Yo no tengo dinero, tal vez la señora sí, porque a mí no me hicieron justicia. Yo dejé esto por la paz, ya no quería seguir porque ya no quería tener problemas o perder a mi otra hija. Ya me mató una, sé que me puede matar a la otra y nada pasa.

”Lo último que le compré fueron unas botas negras con una vecina que vende Price Shoes, y eso fue en pagos: daba cien pesos cada quince días. Los tuve que seguir dando varias quincenas después de que mataron a mi hija.”

Sonia dejó Chimalhuacán después de muerta, su madre la enterró en el panteón de Nochixtlán. Sin dinero, Reina no pudo colocar capilla ni lápida sobre la tumba de su hija. Sobre la niña sólo hay tierra floja y una cruz de aluminio.

“La vestí de blanco y la enterré con sus muñecas pelonas. Ya difunta, le tomaron unas fotos que todavía conservo…

No sé para qué las tengo. Me he enfermado y enfermado porque me siento.”

Hasta ahora, cuando se encuentra con Ángel, el padre de sus hijos, el hombre le advierte:

—Ya no te salgas. ¿Quieres que también te maten a tu otra hija? *