Del bullicio al recato. Crónica del coronavirus en Roma

01/05/2020 - 12:00 am

Roma inició 2020 con el ímpetu característico de una ciudad bulliciosa y vital. El frío profundo de enero y febrero no disminuyó la afluencia citadina. Continuó la algarabía en las calles y restaurantes, los ríos de turistas de muchos países inundaban calles y plazas, siguiendo a una guía que con un banderín minúsculo en alto los conducía por unos cuantos de los cientos de imponentes lugares históricos de Roma. La gente arribaba al Coliseo o a la Plaza de San Pedro, a la Plaza de España y colocándose de espaldas a los sitios o monumentos se tomaban, incansables, una fotografía tras otra y así decirle al mundo, a su mundo, que habían llegado y que estaban en esos sitios majestuosos y únicos.

Tomar un expreso entre 8 y 10 de la mañana es una de las costumbres sagradas de los romanos. Entre un murmullo gozoso y entusiasta beben a sorbos breves la pequeñísima porción que llega a cubrir apenas un poco más el fondo de una taza siempre blanca y siempre lista. Las cafeterías, las hay en todas las calles de la ciudad, se ven atestadas en esos horarios; oficinistas, empleados de bancos, salen un momento de sus lugares o pasan antes de empezar su labor para compartir la vida en un sorbo.

Las calles bulliciosas son un escaparate cabal de la vida, de la amistad y del alegre desenfado citadino de un pueblo orgulloso de su pasado y de sí mismo.

El día transcurre como todos los otros días y unas horas después, desde los edificios de oficinas de todo tipo, salen, alrededor de la una de la tarde, miles de empleados que van invadiendo los restaurantes (abiertos, por cierto, sólo de 1 a 3 de la tarde, permanecen cerrados cuatro horas para volverlos a abrir a las 7 hasta la media noche. Si alguien pretendiese comer a las 4 de la tarde, por ejemplo, encontrará casi todo cerrado, excepto las zonas de turistas en las que están abiertos todo el día.

Así era la vida en Roma, así era.

Al principio empezaron a llegar algunas noticias que se antojaban lejanas, lentas, aparecían pálidas de tan ajenas; no obstante, no mucho tiempo después, su arribo fue más rápido, impetuosas, empezaron a acercase y de pronto nos dijeron que la crisis había llegado a invadir la vida de Italia, del Lacio, de Roma. Y cuando pudimos constatar que estaba entre nosotros todavía la veíamos con cierta incredulidad, sin percatarnos aún de su tamaño, sin imaginar lo que provocaría.

Una vez aposentada dio paso a una avalancha de sucesos que modificaron la vida -quizá para siempre- de los romanos, de los italianos, lo sabemos, del mundo todo.

Los museos fueron cerrando sus puertas, cancelando inauguraciones y cursos. Los homenajes en honor al genial Rafael Sancio a 500 años de su muerte apenas comenzaban cuando fueron cancelados de tajo.

Cerraron las escuelas y las universidades para dar cauce a una travesía virtual, accidentada al inicio, suficiente después, pero siempre distante. Hubo aún unos pocos encuentros deportivos en estadios vacíos, sin gritos, sin porras, sin millares de miradas cobijando ansiosas desde las gradas un balón escurridizo.

La alarma y el temor se fueron instalando en lo que había sido -un poco antes- una cotidianidad gozosa, de tonos altos y abrazos grandes.

En el escenario portentoso de Roma sus protagonistas tuvieron que empezar a guarecerse. Los turistas miraban al principio con expectación, con honda tristeza después, cómo iban cerrándose las puertas de los museos; el aforo de centenares de personas en La Fontana de Trevi disminuyó a casi cero. Las plazas Navona, Venecia, España, el Coliseo se empezaron a poblar de murmullos y de soledad. En una enorme y vacía Plaza de San Pedro por primera vez en la historia un papa mandó un mensaje Urbi et urbi sin público alguno.

Las calles y las plazas, las avenidas y los parques, los cines, los comercios, entonces, se fueron quedando solos, parecían mostrar un extraño pudor, apareció un -hasta hacía poco- inconcebible silencio.

Así, en tan solo unas semanas, la eterna Roma quedó expectante, hermosa y sola, recatada.