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Sandra Lorenzano

03/12/2023 - 12:02 am

Cuando vivo me olvido de escribir

Feliz cumpleaños a la gran Josefina Vicens. Los invito a que volvamos a sus obras para celebrar la vida, las creaciones y la maravillosa búsqueda de libertad de esa niña que “se portaba mal”.

Hace apenas unos días, el 23 de noviembre, se celebró un aniversario más del nacimiento de una de las más importantes escritoras mexicanas y, sin duda, una de mis favoritas: Josefina Vicens. Nacida en 1911 en Villahermosa, Tabasco, cuando le preguntaban “¿Cuál es tu tierra?”, respondía, como Carlos Pellicer, “Dirán mi agua”.

Murió en 1988 y ojalá fuera hoy más leída. Sus dos únicas novelas –El libro vacío y Los años falsos- son maravillosas lecciones de escritura. Me gustaría empezar, no por estos libros, sino por su paso por el mundo del cine, donde escribió más de ochenta guiones, veinte de los cuales fueron llevados a la pantalla. Solía decir que sus favoritos eran tres: “Las señoritas Vivanco” (1959), basado en una historia original nada menos que de Elena Garro y Juan de la Cabada, “Renuncia por motivos de salud” (1975), con el que ganó el Ariel, y “Los perros de Dios” (1979), que además del Ariel, recibió otros dos importantes premios: la Diosa de Plata y el Heraldo. Sobre este último trabajo, que fue llevado a la pantalla protagonizado por Helena Rojo y Meche Carreño, le confesó a Elena Poniatowska en una entrevista de 1982, “Es el guión que sí siento mío, mío”[1]

Les invito a que me acompañen a ver el comienzo de “Los perros de dios”; uno de los comienzos más transgresores del cine mexicano. En una escena de tono fársico, la protagonista escapa de las ataduras que quieren imponerle las “buenas conciencias” de la sociedad, empezando por la familia y la iglesia. Con una risa desafiante corre por el campo, perseguida por los representantes de la tradición, y llega a una cama, allí, en el medio de la nada. Entre carcajadas se deshace de la parte de abajo del vestido, mientras baila y se acaricia, y recibe así a un grupo de motociclistas que enganchan la cama con unas cuerdas y la van jalando hasta llevársela, mientras ella no para de reír. En la siguiente escena vemos, ahí mismo, los ataúdes de la madre, el padre y el novio recibiendo la bendición del cura.

Pueden ver completa la película en este enlace:

 

Es una escena que recuerda mucho al cine de Luis Buñuel. ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en “El discreto encanto de la burguesía” o en “Viridiana”? No olvidemos que Josefina Vicens fue muy cercana a los dos guionistas principales que colaboraron durante los años mexicanos de Buñuel, Luis Alcoriza y Julio Alejandro. Vuelvo a este film y a esa primera escena de la mujer que huye, divertida y burlona, del matrimonio, para pensar en el modo en que la propia Vicens huyó, a lo largo de toda su vida, de los convencionalismos que pretendían encasillarla, encorsetarla y etiquetarla.

Ya desde niña cuando, a pesar de ser muy buen alumna, se “portaba mal”:

Me portaba mal en la escuela, siempre me he portado mal, ésa es la verdad; bueno, según qué calculen es mal o bien. Para mi mamá me portaba muy mal. Cuando gané el concurso de balero de toda la cuadra -le gané al hijo del portero, a todos los de la cuadra-, llegué a la casa pensando que me iban a hacer una fiesta o algo, y les digo:

-iGané el concurso de balero!

Y me dice mi papá:

-Tú acabarás en la cárcel.

Y ese estribillo lo oí muchísimo tiempo en mi casa.

Cuando después iba yo a las campañas políticas y esto y aquello: “Ay, mi hijita, tú acabarás en la cárcel.[2]

Este mismo desafío a los comportamientos socialmente aceptados es la marca de su vida. La “Peque” Vicens, como la llamaban, fue una mujer que vivió con libertad. Quizás ésta sea su característica principal. Firmó como Pepe Faroles en su faceta de cronista taurina y como Diógenes García como articulista político. Vivió libremente también su opción sexual; primero con el matrimonio con su querido amigo José Ferrel, homosexual también él, con quien estuvo casada poco tiempo, y luego con sus relación de pareja no oculta -aunque tampoco ventiladas a los cuatro vientos-, con la actriz Anita Blanch, con quien estuvo largos años.

Su pasión era la escritura,  decía: “escribo a todas horas: en el día, argumentos de cine, y en la noche, lo mío”. Sin embargo esa pasión era dolorosa cuando escribía “lo suyo”.

Cuando Emmanuel Carballo le pidió que respondiera a las preguntas: ¿Por qué escribo? ¿Para qué escribo? y ¿Cómo escribo?, ella lo hizo citando un párrafo de su novela El libro vacío, publicada en 1958:

Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. (…) Esa sensualidad caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el momento de decir algo, porque no sé qué es ese algo, pero el placer de ese instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí mismo, no logra enturbiarlo ni la desesperanza que me invade después… No me hagas estas preguntas querido Emmanuel… He sufrido mucho al contestarte.[3]

Esa tensión entre angustia y deseo, entre placer y desesperanza, marcó su trabajo literario. Si la relación con la escritura era compleja y angustiante, el resto de su vida estuvo marcado por la plenitud, el entusiasmo, la fuerza y el compromiso permanentes. Quizás por eso decía aquello de “Cuando vivo me olvido de escribir”.

Del balero, las coleadas, la matatena y el “hoyito matón” a la Confederación Nacional Campesina de donde fue Secretaria de Acción Femenil, a la Secretaría de Acción Agraria del Partido de la Revolución Mexicana, y más adelante al Sindicato de trabajadores de la Producción Cinematográfica y la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas:

La inquietud política me nació desde que conseguí ese empleo que les conté en el Departamento Agrario… Me empecé a interesar mucho en los campesinos. Sobre todo cuando llegaban esas comisiones que traían un quesito; tan humildes y tan pródigos al mismo tiempo. Cuando tuve que ir con la Campesina a visitar muchísimas regiones, entonces sí fui muy feliz (Cano, 106).

Al mismo tiempo, Josefina Vicens fue amiga de los Contemporáneos, de Francisco de la Maza, de Elías Nandino. Se movía en dos ambientes que a veces sentía como incompatibles. Pero en uno y en otro había una presencia constante: el deseo de escribir:

Siempre tuve la inquietud de escribir… Hasta que la obsesión me llevó a escribir El libro vacío como en cinco años. Escribía un capítulo y lo metía en un baúl. Lo sacaba a los tres meses y decía: “qué cosas tan horribles”, y volvía a empezar. No sólo era autocrítica sino también insatisfacción… (Cano, 132).

El libro ganó el Premio Villaurrutia en el año 1958 y fue prologado por Octavio Paz.

El premio [Villaurrutia] me dio mucha satisfacción, pero me angustié un poco; dije: “Híjole, y ahora qué hago; tengo que seguir escribiendo. Y no puedo, no soy fecunda, no quiero”. Si les digo lo último que yo hablé con Rulfo. Estábamos en un café y me dice:

–Oye, Peque, ¿por qué no escribes otro libro?

–Y le digo: – Oye, Juan, ¿por qué no escribes otro libro?

–Pues sí, ¿verdad?, me dice.

–Pues sí, ¿verdad?, le digo (Cano 132).

Dos geniales escritores del silencio.

Y fue veinticuatro años después que publicó su segunda novela, Los años falsos (1982). La obsesión por la muerte, y por el modo en que el hijo adolescente es obligado a sustituir al padre muerto en todos los ámbitos en que él se movía (en su carrera política, en el hogar, con la amante…), reemplaza a la obsesión por la escritura de la primera novela. Ambos libros fueron reeditados, en los últimos años, en un solo volumen, por el Fondo de Cultura Económica.

Una novela inquietante, que muestra su conocimiento de la sociedad mexicana y del mundo más burdo de la política, y que podemos leer como la construcción de una “contraépica” frente al discurso hegemónico. Al modelo de familia consagrado y difundido por los medios masivos (radio, cine, televisión), así como a la imagen de fortaleza, triunfalismo y democracia de la “narración nacionalista”, que rige la consolidación del sistema político, Los años falsos de Vicens contrapone un mundo autoritario, centrado en la mentira y la apariencia.

Feliz cumpleaños a la gran Josefina Vicens. Los invito a que volvamos a sus obras para celebrar la vida, las creaciones y la maravillosa búsqueda de libertad de esa niña que “se portaba mal”.


[1] Ver el artículo de Maricruz Castro Ricalde, “Josefina Vicens y el cine”

https://es.scribd.com/document/655796696/Josefina-Vicens-y-el-cine

[2] En la estupenda entrevista que forma parte de: Gabriela Cano y Verena Radkau, Ganando espacios. Historias de vida: Guadalupe Zúñiga, Alura Flores y Josefina Vicens, 1920-1940, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1989.

[3] 1 Estas respuestas fueron incorporadas a la edición de Transición de El libro vacío, como contraportada.

Sandra Lorenzano
Es "argen-mex" por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, su novela más reciente es "El día que no fue" (Alfaguara). Investigadora de la UNAM, se desempeña allí como Directora de Cultura y Comunicación de la Coordinación para la Igualdad de Género. Presidenta de la Asamblea Consultiva del Conapred (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación).
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