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Susan Crowley

04/03/2023 - 12:04 am

De las voces del pasado

La Guelaguetza, un intercambio bellísimo de productos originales, se sustituyó por Oxxos y tiendas de ropa de China.

Una imagen habla más que mil palabras y a las palabras se las lleva el viento. Tal vez por el miedo a olvidar, Occidente busca guardarlo todo. El afán de coleccionar creó rutas increíbles en el mapa mundial. Miles de hombres y no pocas mujeres navegaron caminos inéditos recolectando aquellos objetos que la Ilustración creía el legado de la humanidad. Robar, extirpar, saquear, expoliar en nombre de la memoria universal ¿Y si Occidente no hubiera optado por una cultura del archivo, sino por vivir las cosas día a día, sin esperar la recompensa del pasado? ¿Cómo sería nuestra vida si no confiáramos en los anales y cada día tuviéramos que vivir lo más posible, confiar en las historias narradas, en el arte que invoca los momentos?

Los archivos en las bibliotecas y hoy en internet, dan cuenta de una necesidad de almacenar hasta el último detalle con una minuciosidad increíble. Revientan de datos que llamamos duros, quizá muchos de ellos al paso del tiempo, muertos. Los verdaderos sabios, se dice, son capaces de atesorar las vivencias y las experiencias humanas, convirtiéndolas en vía de conocimiento para el porvenir; han dedicado sus vidas a almacenar puntillosamente para bien de todos. En contraste, la tradición que preserva las voces de una era, a través de la tradición oral, se extinguen casi por completo con la llegada del archivo. El museo guarda objetos, no palabras.

Las historias de boca en boca no se consideran fidedignas porque no confiamos en la legitimidad de quien nos las cuenta. Queremos ir a corroborar datos “duros” porque lo que nos importa es la información. Eso es lo que creemos objetivo. Incluso, lo que viene del pasado, esas historias de los viejos que sin más salen a cuento en la sobremesa familiar, esas voces de otras generaciones nos suenan cansinas, subjetivas y sentimos que son pobres comparadas con el verdadero conocimiento de los libros.

Sí, es verdad, no hay como encontrar datos que respalden nuestras ideas. Las citas de intelectuales, eruditos y sabiondos sobre un tema, acudiendo al nombre de quien fue, vio y archivó una cultura determinada, nos llenan de certeza y permiten hablar de verdades oficiales, históricas, por lo tanto, universales. Una vez que tal o cual dato se acepta, es considerado del bien común, nadie lo refuta, todos lo hacemos nuestro. Pero lo que no estamos advirtiendo es que, sin más, pasa de ser un evento, a convertirse en un muerto. No importa si detrás de él existen mentiras, falsas nociones o incluso ideas de una época que con el tiempo han sido rectificadas.

Hoy en día nos alejamos cada vez más de las palabras vivas, y nos entregamos a la vorágine de la información. Preocupados por preservar y desconfiados de nuestra capacidad para albergar en nuestro corazón, hemos terminado por quitar la cualidad a los acontecimientos, los hemos vuelto informes precisos. Las acciones se vuelven relativas cuando no somos capaces de diferenciar o discernir sobre su importancia. Como desconfiamos de la memoria, abusamos de la tecla archivadora. No fiar en ella nos ha vuelto dependientes y sin capacidad de discernir. En cuanto un dato nos falla, ya no acudimos a nuestro sistema de información natural, corremos a googlearlo. La satisfacción inmediata que invade al tener el dato nos ha convertido en seres sin capacidad de alojar las vivencias. Un verdadero maestro no solo cuenta con una memoria ejercitada a fuerza de aprehender las experiencias y compartirlas; hace del conocimiento una vía que incluye a quienes lo escuchan fascinados, es un artista.

Recuerdo a mi abuela Josefina contando las mismas historias que vivió de chica en su amado Tlacolula, Oaxaca. A veces se sumaban públicos nuevos, otras todos escapábamos antes de que ella comenzara. Haciendo eco a la premisa de guardarlo todo, le dijimos que había que escribir un libro. Y eso hizo. Fue un recuento divertidísimo porque mi abuela tenía la habilidad de escribir muy bien. Así lo dijo, “Como me contaron se los cuento, sin quitarle ni ponerle…”

Lo titulamos De Fandangos y Velorios, porque así se le llama a una fiesta típica. El fandango es un caldo que se prepara para los que se pasan con los mezcales. Todo fandango termina en velorio y, lo más curioso, casi todos los velorios terminan en fandangos, o sea una fiesta que seguramente terminará en otro velorio.

Gracias a que se escribió y publicó, algún interesado lo leerá y se llevará una grata sorpresa. Pero jamás será igual a Josefina quitando y poniendo detalles, con intensidades y colores que variaban según el público y sus ganas de seducir. El libro de la abuela está muy bien escrito, alguna vez un crítico que respeto me dijo que es la Faulkner oaxaqueña. Son historias de injusticia y desolación que vive la gente condenada por los usos y costumbres arraigados ancestralmente. La vida del pasado que tuvo su propia riqueza más allá de lo que juzguemos hoy, a partir de nuevas convenciones sociales, religiosas o políticas. Igual son relatos que hacen reír o que terminan provocando un nudo en la garganta. El pedimento, De qué murió Nazario, El chapulín de Minguita, Inesita, La ventana seráfica, y muchos otros relatos con títulos semejantes que nos adentran en una cosmogonía que ha desparecido por completo.

Tlacolula la que vivió mi abuela es hoy es una tierra desolada. Más allá del árbol del Tule, las espantosas viviendas de interés social masivas retacaron de cemento y arruinaron el horizonte de una tierra de leyendas en la que, por las noches, se escuchaba el cantar de los órganos, unas peculiares cactáceas, como si fueran brujas y ánimas en pena. La mayoría de los hombres se fueron de braceros al otro lado para tratar de mejorar sus vidas; no les interesaba preservar sus costumbres, querían dinero. La Guelaguetza, un intercambio bellísimo de productos originales, se sustituyó por Oxxos y tiendas de ropa de China. El comal se extinguió y cedió el paso al microondas, las lecturas alrededor del fuego se perdieron y ese pueblo de memoria viva, recibió a los dispositivos electrónicos como una condena al porvenir.

Hojeando el libro, me duele que la voz de mi abuela inexorablemente se esté perdiendo; quedan páginas escritas. Hay quien dirá, pues menos mal, algo queda. Se que es imposible pedirle a Josefina que, si vivió 103 años, prolongara su vida para seguir contándonos esas historias con su voz. Lamento que al dar por un hecho que el libro las haría eternas, haya quedado en el fondo de un librero olvidado. Quizá hubiera sido mejor que heredáramos el poder para contarlas. Como nunca, creo que debemos recuperar esa tradición de escuchar historias y relatos con respeto y admiración y perpetuarlos en el tiempo. Lo menciona el viejo personaje de Las Alas del deseo, aquella bellísima película de Win Wenders, si el contador de historias desaparece quién nos dirá lo que somos y quiénes somos. @Suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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