+ Corrupción, el punto débil de EPN

+ ¿La prisión como futuro?

“Son dimes y diretes…”, dice un Peña Nieto cada vez más demacrado en lo físico y en lo institucional, al responder cuando se le inquiere sobre el acoso a Ricardo Anaya. Fotos: Cuartoscuro

A estas alturas, la presunta culpabilidad de Ricardo Anaya como lavador de dinero, parece haber quedado diluida.

A estas alturas, sus nexos con Manuel Barreiro – investigado formalmente por la PGR-, son rebasados ante los reclamos de casi todas las voces, ante una evidente e innegable persecución política contra un opositor al actual régimen.

A estas alturas, la batalla entre Anaya y Enrique Peña Nieto parece inclinarse en favor del candidato presidencial de “Por México al Frente”.

¿Por qué lo decimos?

Por una razón de fondo, irrebatible:

Ricardo Anaya lanzó un misil de alta precisión que perforó la línea de flotación en Los Pinos, encendiendo las luces de alerta en el primer círculo peñista pero, sobre todo, que gana la aprobación de millones de mexicanos hartos de la corrupción institucionalizada que se ha practicado y solapado durante el gobierno de Peña Nieto. (Una prueba contundente la dio ayer el diario Reforma: 7 de cada 10 contratos de la actual administración se asignaron mediante adjudicación directa, sin competencia entre las empresas proveedoras). Es decir: favoreciendo a quien se haya querido desde el gobierno.

Anaya dijo, el domingo pasado, lo que millones querían escuchar:

“Hoy reitero mi compromiso de consolidar una Fiscalía autónoma y apartidista que sea acompañada por una Comisión de la Verdad con asistencia internacional, para investigar los señalamientos de corrupción del gobierno del presidente Peña”.

Sí, como en Guatemala.

Investigar a Peña Nieto, un político de cola larga desde que era Gobernador del Edomex.

Pero no solamente quedaría la investigación en EPN. ¡Por supuesto que no!

Anaya se refiere a corrupción “del gobierno”, bajo una visión integral que, sin duda, ampliaría la investigación a Luis Videgaray – el hombre que ya gobierna a México a través de Peña Nieto – por su mansión en Malinalco financiada por contratistas del gobierno; o bien, al propio José Antonio Meade, quien hizo acto de omisión, fingimiento o complicidad, en el escandaloso y evidente desvío de recursos en Sedesol para favorecer al PRI.

Y agréguele usted, lector, a los que quiera.

Pero, sin duda, los principales investigados serían Peña, Videgaray y Meade.

Así, el domingo pasado, Anaya dio respuesta a quienes se preguntan cómo fue capaz de noquear, en su momento, a Madero, Calderón, Margarita Zavala, Moreno Valle y Mancera: porque sabe cómo, dónde y en qué momento soltar el gancho al hígado fulminante y paralizante, y que tanto beneficio entrega en el box, en la política y en la vida.

“Investigaré a Peña Nieto”, promete Anaya.

Es lo que millones querían escuchar.

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Algunos sucesos marcaron, en las últimas horas, el rumbo de la embestida gubernamental – desde la PGR -, en contra de Ricardo Anaya y que, se quiera o no, involucra directamente a Enrique Peña Nieto, por más que éste lo niegue. El domingo fue un día negro para el Presidente de México por tres razones fundamentales:

Primera, que al mediodía dominical, Anaya – muchos colegas, de manera cándida o malintencionada, supusieron que iba a renunciar a la candidatura presidencial -, lanzara ese misil en contra de EPN y de su gobierno, donde más les duele: la galopante corrupción que ha marcado a la actual administración y que donde se le apriete, supura pus: las propiedades de Peña (9), la Casa Blanca, los favores recíprocos con Grupo Higa y OHL, el caso Odebrecht y el encubrimiento dese Los Pinos a Emilio Lozoya, etc. La lista es larga. Cuando se esperaba el arrodillamiento de Anaya, llegó el gancho al hígado que paralizó al peñismo, bajo una frase lapidaria: “Ya estuvo bueno de que haya intocables”.

Segunda, la carta firmada por más de 50 intelectuales, académicos y activistas que condenaron el uso de la PGR “para perseguir a un líder de la oposición, que pone a México junto a países con regímenes autoritarios o democracias totalmente disfuncionales”. Sí, como en Venezuela, por ejemplo. La acusación, de sí, es grave, y la misiva no se la esperaban en Los Pinos, donde el Presidente descansaba plácidamente de sus actividades. Y lo que fue peor para Peña: la carta lo involucra directamente en la utilización de la PGR en contra de Anaya: “Ante la falta de autonomía del MP, usted, Presidente Peña Nieto, es la máxima autoridad responsable de este proceso”. Así, se despejó cualquier duda de la intervención de EPN en el proceso electoral que corre rumbo al 1 de julio, y su peligroso empecinamiento de evitar la derrota del PRI aun a costa de desestabilizar al país.

Tercera, el clima político adverso que ya tiene en contra Peña Nieto y su gobierno y que les acorta el margen de maniobra en contra de Anaya. Apabullados por la crítica nacional e internacional en su claro intento de descarrilar a la mala a un candidato opositor, ya no saben cómo salir del hoyo en el que no solamente se han metido ellos, sino qué de paso, están hundiendo al país.

Hoy por hoy, Peña y su gobierno sólo tienen de dos sopas: o detienen hoy mismo a Ricardo Anaya con pruebas más que contundentes de haber lavado dinero, bajo el riesgo de convertirlo en mártir del poder presidencial, o cesan de inmediato la absurda persecución en su contra.

Ya no tienen de otra.

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“Son dimes y diretes…”, dice un Peña Nieto cada vez más demacrado en lo físico y en lo institucional, al responder cuando se le inquiere sobre el acoso a Ricardo Anaya.

Se equivoca Peña: lo que para él son “dimes y diretes” (una cita común ordinaria y vulgar), para millones de mexicanos son el intento perverso y desesperado de su gobierno por salvarse de una investigación sobre corrupción que, posiblemente, llevaría por vez primera en México a un ex Presidente a la cárcel.

Sí: la advertencia de Anaya tiene a Los Pinos bajo un dilema que tendría, a futuro, forma de calabozo y barrotes.

¿Peña Nieto en prisión?

Merecido lo tendría.

 

TW @_martinmoreno

FB / Martin Moreno