Con humor y situaciones absurdas —que tienen de fondo un halo sombrío— un porteño de nacimiento, pero mexicano de corazón, relata en Diario negro de Buenos Aires cómo fue el desencanto al regresar a su ciudad natal, con los amigos que ya no están y con la versión de él mismo que se esfumó en algún lugar del tiempo.

“Hay un México y un Buenos Aires que pertenecen a la imaginación, que están anclados en hechos que nos conmovieron, que fueron importantes en la infancia y a los que uno quiere volver de alguna manera. El personaje vuelve, pero no es el lugar que él cree haber salvado en la memoria. Lo que hay son susurros de fantasmas”, comparte el autor.

Ciudad de México, 7 de septiembre (SinEmbargo).- Movido por la nostalgia y los recuerdos de la infancia, Federico Bonasso regresa a su ciudad natal luego de vivir una larga temporada en México. Sin embargo, algo le sabe agridulce: ese Buenos Aires que él recuerda, no existe más.

“Hay tanto un México como un Buenos Aires que pertenecen a la imaginación, que están anclados en hechos que nos conmovieron, que fueron importantes en la infancia y a los que uno quiere volver de alguna manera. El personaje vuelve, pero no es el lugar que él cree haber salvado en la memoria. Lo que hay son susurros de fantasmas”, comparte el autor.

Con humor y situaciones absurdas, que tienen de fondo un halo sombrío, el porteño-defeño relata en Diario negro de Buenos Aires cómo fue ese desencanto con la ciudad, con los amigos que ya no están y con esa versión de él mismo que se esfumó en algún lugar del tiempo. Esta es la entrevista con Puntos y Comas.

 

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—¿Por qué relatar todo en forma de diario? ¿En realidad llevas un diario contigo a todos lados?

—No, fue una forma de llevar la historia, es un recurso literario. Cuando viajé a Buenos Aires por ahí del 99, viví poquito situaciones parecidas a las del libro, pero el libro es pura ficción; a medida que va avanzando, es todavía más invención y fantasía. Aunque sí lo detonan unos hechos biográficos, yo nunca llevé un diario estando allá. Yo te diría que de la mitad hacia adelante, va perdiendo más el tono de diario y se va convirtiendo mucho más en una narración novelada, donde el personaje comienza a plantear sus principales preguntas.

—¿Las situaciones que relatas pasaron realmente o hay ficción?

—Lo de mi amigo con polio es verdad; es un factor autobiográfico puesto en medio de la ficción, por su poder simbólico. Más allá de que personalmente haya sido una situación dolorosa, esto me ayuda a narrar al protagonista, que va directo al fracaso afectivo en esa ciudad. Me ayuda a acentuar esta sensación de Buenos Aires como cementerio, que es el marco dramático que tiene la historia. La alusión a los muertos es el eje para mí… Hay cierto humor que ayuda a la lectura, pero el fondo de esta novela es muy sombrío.

Hay cierto humor que ayuda a la lectura, pero el fondo de esta novela es muy sombrío. Foto: Nadia Virgilio

—¿La “sustancia ocre” sólo aparece en el personaje cuando está en Buenos Aires? ¿Tiene que ver con sentir que no se pertenece a ningún lugar?

—Tengo una influencia literaria de la llamada “narrativa especulativa”. Me gustan autores que de golpe cortan o interrumpen la anécdota de sus personajes para hacer algún tipo de reflexión. Tiendo a conceptualizar sensaciones y climas psicológicos. Las categorías “sustancia ocre”, “la espera” son conceptos que intentan aglutinar sensaciones determinadas, aunque sean vagas. La “sustancia ocre” es como una leve tristeza, un boicot del alma… como cuando quieres ser feliz y hay algo adentro tuyo que ve el costado sórdido, triste, solitario, anodino de la experiencia que vives en ese momento.

El personaje cuenta que sintió “la sustancia ocre” por primera vez cuando era muy niño y sus papás lo dejaron en casa de un amigo que él no conocía mucho y él no se quería quedar. Entonces se le insertó la “sustancia ocre” en el corazón, y es como un virus que eventualmente se reactiva cuando de golpe quiere ser feliz y este sistema auto boicoteador aparece. Lo que le sucede es un desencuentro permanente con la ciudad, con los amigos que no están… va avanzando hasta que el desencuentro es absoluto.

—¿Quién es el chico que se asoma a la ventana por las noches? ¿Es el protagonista observándose a sí mismo desde otro ángulo?

—Es él mismo que se observa desdoblado. Ese niño que mira con asombro al adulto en el que se ha convertido, y ese adulto que mira con cierto miedo al niño que no va poder rescatar nunca más.

—Cuando el tío habla de su conflicto como escritor, ¿tiene que ver con tu propio proceso de escritura?

—Totalmente. Yo pongo en boca del tío lo que mi personaje no puede decir. Fue una de las preguntas estilísticas que me hice a la hora de escribir este libro. No quería hacer una cosa muy testimonial, como otros autores de mi generación. Quería hacer un libro vago, lleno de simbolismos, porque es la literatura que me atrae: Meyrink, Lovecraft, Rulfo, Kafka. Decía: si lo hago muy testimonial, muy evidente, va a perder una magia y un misterio que quiero que tenga la novela. Entonces en ese personaje está planteada una disyuntiva, hay una confesión al lector.

—En tu libro hay varias referencias al cine y otras más al rock. ¿Cómo se alimenta de esto lo que escribes? ¿Cine, literatura y música van de la mano y se nutren entre sí?

—El cine particularmente me parece que es una reunión de varias artes. En el cine la música juega un papel fundamental; lo juega el guion, lo juega la narrativa. Después eso se pone en una amalgama audiovisual. Yo hago música para cine, entonces creo que entiendo bastante el lenguaje del cine.

Soy un fanático de ciertos directores que menciono aquí. Algunos para provocar, como Clint Eastwood, que es un personaje que viene de la derecha más recalcitrante norteamericana, pero cuya ideología no le ha impedido hacer un cine maravilloso, profundamente humano y empático. Por otro lado está Terry Gilliam, ese genio del absurdo que irrumpe en una normalidad que queremos construir los humanos, pero terminamos fracasando.

También está David Cronenberg, en esa escena tremenda de Zona Muerta que pongo en el libro. Me di cuenta de que si evocaba esa imagen, y algún lector de casualidad vio esa película, se iba a trasladar inmediatamente a la escena, me iba a ayudar en mi esfuerzo literario por contar y situar el clima psicológico.

Me divierte muchísimo encontrar que diferentes lectores le vean diferentes ángulos, capas. Foto: Nadia Virgilio

—¿Cuáles son las diferencias principales entre la Ciudad de México y Buenos Aires? ¿Cómo se siente cada una?

—Cada cultura tiene sus códigos y costumbres. El tango no suena igual en las calles de San Telmo de lo que puede sonar en un restaurante de moda en la Ciudad de México. Como no puede sonar José Alfredo, aunque sea en el mejor de los bares de Palermo, como suena aquí si vas a Garibaldi o al Centro. Cada una tiene sus cualidades culturales.

Hay tanto un México como un Buenos Aires que pertenecen a la imaginación, que están anclados en hechos que nos conmovieron, que fueron importantes en la infancia y a los que uno quiere volver de alguna manera. Este personaje quiere regresar a ese Buenos Aires que no existe más, no es el que él cree haber salvado en la memoria. Lo que hay son susurros de fantasmas, de muertos; no en balde se va a los cementerios a intentar escuchar qué le pueden decir los muertos, considera que quizás algunos tienen algo qué decir.

El símbolo de eso es evidente en una sociedad que vivió una dictadura militar fraticida, en la cual se mataron unos a otros. Cuenta esa parte de la personalidad dividida del exiliado. En el caso de un “argen-mex”, cuando estás en Buenos Aires, extrañas México, a la ciudad donde están tantos amigos, la gastronomía mexicana y la fuerza cultural.

—¿Y la gente? ¿Hay diferencias tajantes entre un defeño y un porteño?

—A pesar de que la globalización está intentando homologar todo, yo te diría que sí. Hay de todo en todos lados, yo no hago un juicio moral de que unos ciudadanos son mejores que otros; hay mala gente y buena gente en ambos lados. Sin embargo, el trato en México en general es más amable, más cordial de entrada. El mexicano es más formal, simpático, un gran anfitrión; jamás se atrevería a ser cortante o rudo. Te diría que son psicologías o idiosincrasias casi antagónicas: el porteño es innecesariamente brusco, mandón, paternalista, te indica lo que debes hacer y no. Todo, claro, en términos generales.

Como comentario final… Es curioso que un escritor descubra en su propia obra cosas que no había detectado. A veces uno escribe en una suerte de estado de trance y deja ir los párrafos y las ideas. Es bonito descubrir que hay casi un inconsciente o una mano escondida detrás de ese fluir, que está diciendo sus propias cosas, a veces en contradicción con la consciencia. Me divierte muchísimo encontrar que los lectores le ven diferentes capas al libro. La apuesta de que tuviera diferentes niveles creo que fue entendida y en eso me siento muy satisfecho.