Muchas personas han experimentado seguramente algún día las características propias de un cibercondríaco o un hipocondríaco digital. Un día se despiertan con dolor de cabeza y mareo y, tras consultar en internet los síntomas, piensan que pueden tener un cáncer cerebral en lugar de atribuir el malestar al cansancio.

Por Marta Chavarrías

España, 08 de julio (ElDiario.es).- Actualmente utilizamos internet para casi todo: realizar la compra de alimentos, de ropa o electrodomésticos; alquilar una casa o apartamento para vacaciones; hacer todo tipo de trámites; realizar operaciones bancarias; comprar un billete de avión, etc. Las posibilidades que nos ofrece son numerosas. También se añade a la larga lista la posibilidad de consultar cualquier tema de salud.

Muchas personas han experimentado seguramente algún día las características propias de un cibercondríaco o un hipocondríaco digital. Un día se despiertan con dolor de cabeza y mareo y, tras consultar en internet los síntomas, piensan que pueden tener un cáncer cerebral en lugar de atribuir el malestar al cansancio. El diagnóstico está a un solo clic y esto, en personas ya de por sí hipocondríacas, puede llegar a magnificar aún más el problema.

La cibercondría es un problema relativamente nuevo cuyos casos, con la proliferación de internet, se han vuelto cada vez más comunes. En una investigación realizada por el Imperial College de Londres, los expertos estimaron que las visitas a clínicas hospitalarias por ansiedad inducida por internet están costando al Instituto Nacional de Salud británico más de 470 millones de euros al año solo en citas en los centros de salud primaria.

Muchas personas han experimentado seguramente algún día las características propias de un cibercondríaco o un hipocondríaco digital. Foto: Antonio Cruz, Cuartoscuro

En España, según el II Estudio de Salud y Estilo de Vida, elaborado por Aegon, el 70 por ciento de los españoles da credibilidad a las búsquedas que realiza en la red, un 23 por ciento más que en 2018. Según la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), el 60 por ciento de los españoles recurren a internet para buscar información sobre la salud, en ocasiones en páginas y foros no oficiales, sobre todo de temas que tienen que ver con nutrición y enfermedades.

HIPOCONDRÍA 2.0, EL RIESGO DEL AUTODIAGNOSTICO

La cibercondría se ha descrito como un comportamiento que se caracteriza por buscar de forma excesiva en internet información médica. En muchos casos, la búsqueda de información médica se hace para realizar un autodiagnóstico. Hacer esto es fácil porque la información es fácilmente accesible y las búsquedas son anónimas. Pero también puede comportar problemas cuando esto puede abrumarnos con consejos ambiguos y cuando la información no es veraz.

Para los expertos británicos, internet puede alimentar una “epidemia silenciosa” de ansiedad por la salud en la que una simple dolencia inofensiva puede confundirse con algo más grave. Esto genera en muchos casos ansiedad y estrés y puede acabar, como hemos comentado, en algo peligroso: el autodiagnóstico.

Muchas de las personas que hacen del doctor Google su médico de cabecera suelen pasar un tiempo excesivo conectadas buscando señales; se sienten ansiosas por sus síntomas y buscan ayuda de otras personas en redes sociales o foros. Por tanto, la cibercondría es una evolución de la hipocondría, el trastorno en el que las personas creen que tienen una enfermedad a pesar de que están sanas.

En el caso del cibercondríaco, la obsesión por la salud sería la misma pero se manifiesta de una manera diferente. El problema no está en buscar información, sino en que esto se haga repetidamente y ocupe una importante parte de nuestro tiempo. En consecuencia, aumenta la ansiedad y la angustia. Es importante evitar que este comportamiento se vuelva repetitivo y compulsivo. En algunos casos será necesario acudir al psicólogo para que evalúe cuál es el mejor tratamiento a seguir.

CÓMO BUSCAR INFORMACIÓN VERAZ

Navegar en la red y buscar información de calidad en materia de salud puede hacerse teniendo en cuenta algunas consideraciones, como las que apunta MedlinePlus, el servicio de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, en su guía:

Consultar fuentes reconocidas: verificar quién está detrás del portal (una organización, una institución, un médico particular, etc.). No es lo mismo un portal desarrollado por alguien que ha sufrido un ataque cardíaco que un portal hecho por profesionales de la salud (como la Fundación Española del Corazón). Además, el portal debe proporcionar información de contacto.

Debe tenerse en cuenta que la información sobre enfermedades que se publica online es distinta de la que proporciona un profesional de la salud. Foto: Antonio Cruz, Cuartoscuro

Buscar evidencias: el portal debe identificar al autor o autores o una organización. Desconfiar de textos anónimos.

Comprobar que la información es actual: buscar fechas para ver que el portal se actualice de manera periódica.

La información de salud debe ser confidencial: un enlace llamado “Privacidad” o “Política de Privacidad” para poder leerla y ver si realmente está siendo protegida. En cambio, si el portal lleva el mensaje “Compartimos información con empresas que pueden proporcionar productos útiles”, la información no está protegida. Si se debe proporcionar información personal (nombre, dirección, fecha de nacimiento, etc.) para acceder, debe consultar la política de privacidad para ver lo que se puede hacer con la información.
Ser crítico: debe tenerse cuidado con afirmaciones como que un tratamiento cura una variedad de enfermedades o si se usa un estilo de redacción sensacionalista. Un portal de internet de salud para consumidores debe usar un lenguaje sencillo, no técnico.

También se puede buscar el sello HONcode, un código ético y confiable para información médica y de salud disponible en internet. Esta certificación es un estándar ético destinado a ofrecer información de salud de calidad. La web que dispone de ella es aquella que publica información médica transparente, objetiva y de calidad adaptadas a los distintos públicos: profesionales de la salud, pacientes y público en general.

Debe tenerse en cuenta que la información sobre enfermedades que se publica online es distinta de la que proporciona un profesional de la salud porque este dispone del contexto y puede dar significado a los síntomas. Sin este contexto, la información de internet puede malinterpretarse.

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