El escritor mexicano defiende la invención literaria como una manera de tratar también el realismo circundante. Acaba de presentar su libro de cuentos en Páginas de Espuma, Los atacantes

AlbertoChimal-3

Un escritor de ficción que no evade la realidad. Foto: Francisco Cañedo, Sinembargo

Ciudad de México, 9 de enero (SinEmbargo).- Alberto Chimal (1970), escritor mexicano, finalista en 2013 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y ganador del Premio de Narrativa Colima 2014, el Premio Nacional de Cuento 2002 y otros, es fiel a la invención, a la fantasía.

Dicha tendencia no le impide considerarse un escritor realista que toma los hechos y las circunstancias de su entorno para establecer una firme posición crítica y analítica.

A la hora de definirse como autor profesional en un momento alto de reconocimiento entre los aficionados a los libros, el creador de La torre y el jardín (Océano), novela finalista en el prestigioso Premio Rómulo Gallegos 2012, se decanta por nombrarse como un escritor con algunos lectores, lo que no resulta un eufemismo a la hora de compararse con escribas profesionales gracias a becas y ayudas estatales.

En esta entrevista que inaugura el suplemento literario Puntos & Comas, llevada a cabo en el departamento lleno de libros y gatos que habita con su esposa, la también escritora Raquel Castro, Alberto habla de sus monstruos preferidos y del raro oficio de escribir en un año, el que pasó, donde muchas cosas le salieron mal, menos los libros.

–¿Ha sido un año difícil el 2015 para ti?

–Ay, sí. Me pasó de todo. Entre mayo de 2014 y octubre de 2015, estuve en cama, aquejado por varias cosas. Accidentes, sobre todo, que se acumularon uno encima del otro. Por suerte, estoy mejor.

–¿Te tuviste que operar?

–No tanto como abrir, pero me infiltraron un tobillo, duele horriblemente. Ya se supone que estoy saliendo con los ejercicios de rehabilitación.

–Y en el medio, sacar libros

–Sí, ir a las ferias del libro, dar clases, ir a todos lados. Muchos compromisos

–Tu libro del año fue Los atacantes. La sensación que tuve el leerlo fue que para ti los verdaderos monstruos están en la sinrazón. Es un libro un poco sobre la locura

–Sí, la tontería, la estupidez humana, la locura, la imprudencia suicida, la ignorancia, que son los monstruos con los que convivimos a diario. Me parece que los cuentos sobre el miedo deben referirse a la época contemporánea. Nuestras capacidades autodestructivas están a toda marcha en el tiempo actual.

–Una autodestrucción que se manifiesta en una realidad ficcionalizada…como esto de decir, por ejemplo, que detuvieron a los asesinos de la alcaldesa de Morelos cuando todos sabemos que en realidad los verdaderos asesinos están en las sombras

–Sí, las formas distintas del horror que encontramos en México consisten en eso, en la mentira aceptada, en la mentira compartida con resignación, miedo y cinismo. Todos sabemos que los que se la echaron no fueron los que tuvieron la idea, todos sabemos que la información sobre el caso no es cierta o está manipulada a modo, todos sabemos que lo sucedió con tal acontecimiento no va a ser revelado nunca. Parte del horror es ese que se refleja en nosotros a la hora de ser obligados a asimilar en creer en las mentiras y en estar en una especie de limbo donde se desconoce la verdad. Incluso en lo que puede ser verdad se expresa un reflejo paranoico en forma constante.

–No legalizar las drogas y terminar con esto parece ser lo que tú denominas estupidez humana

–Lo que pasa es que con respecto a eso hay fuertes intereses de por medio. Las últimas personas que querrían la legalización de las drogas son las que se benefician con esa legalidad. Este negocio criminal tremendo que tanto ha crecido.

–Siempre defendiste tu literatura como una forma de interpretación de la realidad a través de la fantasía, de la ficción, ¿piensas igual ahora?

–Sí, sigo pensando lo mismo. Al menos en la medida de entender que mis textos están escritos por alguien inmerso en la realidad mexicana. No creo que sea realmente posible escribir un texto totalmente desligado de su entorno. Incluso aquellos textos escapistas destinados a desconectar el cerebro del lector son sintomáticos de una época. En cuanto a mí, no veo nada del malo del entretenimiento, pero no es lo único que me interesa sino también reflexionar acerca de formas de vivir que están presentes a mi alrededor. Y lo hago a través de este camino que no es habitual pero que me parece válido e interesante porque pienso que permite referirse a ciertos temas de una manera que un texto de representación absolutamente realista no puede hacerlo.

–Salman Rushdie defendió en la FIL a la ficción como una herramienta idónea para entender la realidad

–Coincido. Por supuesto. Justo estaba terminando de leer hace unas semanas a esta escritora inglesa memorialista, Jeanette Winterson. Su obra entera está anclada a historias de su vida, pero ella también defiende a capa y espada el valor de la invención. No sólo la fantástica, sino también la invención de personajes y sucesos que no le pasan a uno, pero que podrían pasar en la cotidianeidad. Esta idea o intención de ir más allá de la propia conciencia y de ir un poco hacia la conciencia de los otros, es la ficción.

–Cuenta tu vida sólo si tu vida es interesante, dijo Rushdie…

–Incluso las partes interesantes de la vida de uno se pueden transfigurar o convertir en otra cosa. Creo que los escritores de ficción hacemos esto.

Su libro de cuentos, Los atacantes, apareció en casi todas las encuestas entre lo mejor del año. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

EL INICIO DE LA ESCRITURA

–¿Cómo se manifestó tu rumbo de escritor?

–Empezó desde muy chico. En la casa de mi mamá había pocos libros, pero estaban todos en un mismo lugar y los fui leyendo de arriba para abajo, de acuerdo a mi altura, conforme los iba alcanzando. Me tocó que en esa biblioteca familiar que no era muy grande estuvieran desde Juan José Arreola a Edgar Allan Poe; había una novela de Carlos Fuentes, Philip A.Dick y varios de ellos que todavía conservo tienen la imaginación fantástica como característica esencial. Desde el principio me quedé prendado de ese tipo particular de invención. He tratado de hacer un esfuerzo muy grande para ampliar ese espectro y no estancarme, pero no veo por qué tendría que negar ese interés por ese tipo particular de literatura. Hay una antología que sacó Emiliano González, llamada Miedo en castellano, con diferentes autores y es un libro raro donde aparecen desde Octavio Paz a José Emilio Pacheco, pasando por Julio Cortázar. Durante un buen tiempo pensé que la literatura latinoamericana era eso y resulta que este hombre entresacó una narrativa muy excéntrica de la literatura en español, pero yo por ahí entré.

–Se dice en México que nadie puede negar la cruz de su parroquia y junto a ti siempre aparecen BEF, Karen Chacek, tu propia esposa, Raquel Castro…

–Sí, además Verónica Murguía, José Luis Zárate, Gabriela Damián, Francisco Haghenbeck, Iliana Vargas, hay un cierto auge de gente muy joven que escriben textos de imaginación fantástica y que vienen a través de estos figurones que se descubren, como Emiliano González, Francisco Tario, incluso Juan Rulfo…la gran novela mexicana de la historia está llena de fantasmas

–¡Y de zombies!

–Retroactivamente podríamos leerla así y enojar a más de un académico. La rama central visible no es la literatura fantástica, pero está por todas partes, siempre está presente.

–¿La risa y el horror son los dos grandes tabúes de la literatura mexicana?

–Sí, es algo particular de nuestra literatura. Sucede que la memoria histórica es muy injusta y quien escribe en el presente se está midiendo con la moda de presente y luego con la eternidad. Rara vez están de acuerdo. Bolaño decía siempre que a él no le molestaba que Arturo Pérez Reverte fuera el escritor más conocido de la contemporaneidad, puesto que el autor más conocido en la época de Víctor Hugo era alguien que ya no recordamos.

–¿Escribes con esa voluntad de clásico, para cierta posteridad?

–Escribo primero para leer algo que me interese. Si me pusiera a pensar en la posteridad o en el mercado sería incapaz de escribir una línea. Trato de encontrar buenamente lo que puedo hacer para escribir libros que me gustaría leer. Lo demás no puede ser parte del impulso para inventar.

–La ciencia ficción, la literatura fantástica, en México, se enfrentan a un público lector que prefiere a los autores extranjeros

–Eso es totalmente cierto. En los ’90 se quiso hacer empresas editoriales alrededor de este tipo de literatura pero escrita por autores nacionales y no funcionó. Antes del 2000 esas empresas habían cerrado. La gente que busca género lo encontraba en libros más baratos en las librerías, provenientes de grandes conglomerados internacionales. La diferente entre aquella época y esta, es que los que estamos interesados en esto no hacemos literatura de género sino literatura con género. Es decir, una narrativa alimentada o influida por ciertas ideas que vienen de la novela negra, de la ciencia ficción…aquí no hay un mercado para esas prescripciones cerradas alrededor de la literatura. En Tiempo de alacranes, la primera novela negra premiada de BEF, los sicarios vienen de un cómic no de la realidad. No es sólo novela policial, sino también que se trata de un cóctel formado por varios estilos y géneros. Me parece que él como Francisco Haghenbeck tienen esa voluntad de hacer combinaciones  e híbridos y no certificar una tendencia ya establecida. Y no se trata de un asunto teórico, sino de un tema de supervivencia. Si no se puede vivir del género puro, y no se puede, hay que tratar de hacer otra cosa.

–¿Ese mezclar géneros les ha permitido ser más reconocidos afuera que en su propio país?

–Me apena mucho tener que decir que sí, aunque en el último tiempo la suerte ha empezado a cambiar y ya encontramos lectores en México. Tiene que ver con que hay esta serie de ideas prejuiciosas nacidas en el ambiente de la literatura mexicana, tendientes a tratar de imponer de qué cosas y cómo tienes que hablar.  ¿Qué sería de nosotros si hiciéramos caso a esas prescripciones?

–La torre y el jardín te dieron mucho reconocimiento aquí

–Sí, me buscan más que antes pero no sabría decir si eso me puede equiparar a otros colegas sabidamente muy famosos. No hago mucha vida social, no estoy al tanto, jamás me verás en una cantina porque entre otras cosas no bebo. Tengo lectores y muchos amigos en el medio literario.

–¿Qué significa ser escritor profesional?

–Después de estar saliendo de este periodo complicado de salud, tengo la impresión de que estoy saliendo de un trienio bastante malo…

–Que son también los tres años del Gobierno de Enrique Peña Nieto

–(risas) Ni me lo recuerdes, porque entonces caigo en la cuenta de que se trata de un sexenio…

–Bueno, pero muchos tienen la percepción de que el sexenio ya terminó

–Ojalá. Creo que en este momento me siento bastante más contento con lo que hago. El año fue muy productivo, tuvo una confirmación de que hay cierto número de lectores interesados en lo que escribo. Ese número de lectores no depende de ninguna otra validación o permiso que no se base en mis libros. No depende de becas ni subsidios, sino de lectores reales que me leen. Algo raro en este país, no muchos pueden decir que tienen lectores. No tendré los lectores que tiene Juan Villoro, hay muchos que en los últimos 100 años en México han basado su carrera literaria al amparo de instituciones o de grupos de colegas, no de los lectores. Mucho tiempo la idea del escritor no pasaba por la necesidad de tener lectores sino por la necesidad de quedar bien con alguien o de llamar la atención en cierta élite. No es sana la cultura literaria que le da la espalda a la gente.

–¿Te definirías como un escritor con muchos lectores?

–Con algunos lectores. Me enteré ayer del tiraje para distribución gratuita de un libro de Juan Villoro: 1 millón 300 mil ejemplares. Imagínate.

Gran aficionado al cine, nos regala en este número de Puntos & Comas un agudo análisis sobre el filme dedicado a David Foster Wallace. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo