En este ensayo reeditado por Sexto Piso, Chomsky habla de resistirse al poder de persuasión de los medios y los gobiernos para domesticar a la opinión pública, poniendo énfasis en la implantación de las dictaduras militares en Centroamérica. Hay que aprender a distinguir entre la crítica responsable y la “crítica histérica”, de quien sepulta la verdad.

Por Mario Amadas

Ciudad de México, 9 de enero (Culturamas).- Podríamos pensar que Noam Chomsky, en La responsabilidad de los intelectuales, está hablando de resistirse al poder de persuasión de los medios y los gobiernos para seducir y domesticar a la opinión pública en la era de la guerra de Vietnam y en la de la implantación de las dictaduras militares en Centroamérica.

Y sí, pero en realidad nos está hablando de una responsabilidad que no es relativa sólo a esos años ni privativa de los intelectuales (aunque les concierne a ellos con más implicación dado que tienen más y mejor acceso a la información), sino de todos: la responsabilidad de descreer de las versiones oficiales. La de, simplemente, decir la verdad.

Por eso la reedición, en Sexto Piso, con nueva traducción (y agradecidas notas al pie), de Albino Santos Mosquera, del ensayo de Chomsky sobre la deliberada desinformación del gobierno y los medios afines sobre la implicación norteamericana en Vietnam, es tan relevante: porque da en un clavo atemporal: el de ver que quien decide qué hechos se comentan, decide también cuál es la verdad. Y la responsabilidad de quien escriba es saber verlo, y menoscabarlo. No es un ensayo sobre Vietnam: este libro es una herramienta.

Atreverse a “contar la verdad y revelar las mentiras” es una responsabilidad real de los que tienen el privilegio de poder hablar, sí, pero es extensible a cualquier ámbito; escribiendo sobre esa estricta responsabilidad de los intelectuales habla Chomsky de la responsabilidad de interpretación que tenemos todos ante cualquier hecho que se presente como definitivo e incuestionable.

Habla de un compromiso con la honestidad y con uno mismo, por eso sigue tan viva su tesis y no se ha quedado anclada en los hechos históricos que la espolearon: porque supo ver más allá de las apariencias, de los datos, y nos dio las claves de cómo funcionan.

Por ejemplo: explica Chomsky cómo el concilio Vaticano II propone, en 1962, “un restablecimiento de las enseñanzas de los evangelios”, fomentando la teología de la liberación que tanto difundió un Ernesto Cardenal en Nicaragua, y cómo esto despierta las iras de Estados Unidos, y de ahí la contrainsurgencia y las matanzas, la proliferación de dictaduras militares en América Latina.

El valor testimonial de estas páginas, en este sentido, es indiscutible y no tiene precio: aprendes lo que pasó. El otro valor, tanto o más importante que este, es aprender cómo funcionan los hechos, los datos invisibles que les dan origen. Chomsky hizo el esfuerzo de verlos y ponerlos por escrito.

Otro ejemplo: qué fácil es decir que los disidentes son los intelectuales críticos de otros países, mientras que los críticos del nuestro son sólo “histéricos”, “irracionales”. Fácil de decir pero qué difícil es saber verlo. (Y todo esto escrito con ironías, agresivas y desafiantes, contra el poder, claro).

No quiero, con lo que sigue, desviarme del libro, pero uno de los aciertos, de las impagables ventajas que tiene el texto de Chomsky, como vengo diciendo, es que, hablando de Vietnam y de Centroamérica y de cómo los medios han mentido sobre el papel del poder en esas guerras, habla también de una actitud y una intención. Lo que vemos es lo que expone Chomsky, su denuncia, pero, de rebote, también vemos la honradez del que persevera hasta encontrar algo parecido a la verdad, y se toma el esfuerzo de demostrarlo para que los demás, con él, veamos. Lo que tenemos es ejemplo y virtud de la honradez.

Como decía, se trata de ver la verdad, sí, y de verla en su perspectiva histórica; pero también de decirlo, de atreverse a decirlo. Unidos a esta idea tenemos dos libros más o menos recientes, deudores, en este sentido, del pensamiento chomskyiano: Nueva ilustración radical, de Marina Garcés, y La desfachatez intelectual, de Ignacio Sánchez-Cuenca, que recogen tesis herederas de Chomsky.

Marina Garcés, entre otras cosas, propone un descreimiento lúcido de lo que te dicen: un escepticismo ilustrado. Es la defensa de la incredulidad, por usar una palabra suya, ante las tesis oficiales. E Ignacio Sánchez-Cuenca denuncia el papel acaparador, endogámico y nepotista, que tienen los intelectuales en la prensa escrita, los que escriben, sin el conocimiento de causa que tienen otros, sólo por ser más conocidos. Por ser los aceptados.

Dicho todo esto, el ensayo –así, en general, como género– tiene que servir para que veamos lo que antes no veíamos, para que sepamos lo que antes no sabíamos, para que entendamos lo que antes no entendíamos. Todos estos preceptos, estas intenciones y, en el fondo, esta moral, son perfectamente aplicables también al entorno cultural, a un periodismo cultural no remunerado, por poner un ejemplo de sus males, condicionado por intereses ajenos a la mente lectora.

Quizá tengamos que aprender de las autoexigencias de Chomsky, de Garcés, de Sánchez-Cuenca, y pensar cómo queremos escribir sobre el panorama cultural, y qué tipo de plataformas, ya sean revistas, editoriales o páginas web, queremos formar. Tenemos la tarea de ver cómo funciona este mundo, también, y decirlo. Exponerlo.

Porque aunque siempre haya voces críticas, hay que aprender a distinguir entre la “crítica responsable”, que es la aceptada, la mínima crítica que acepta el poder para poder decir que acepta la crítica; y la “crítica histérica”, que es la del atrevido que sepulta la verdad. Es aterrador en su sencillez.

Y esa es la responsabilidad: ver, distinguir, decir, demostrar. Ian Urbina desveló en Océanos sin ley unas atrocidades que nadie veía, cumpliendo con la responsabilidad que para los intelectuales reclamaba, hace sesenta años, Noam Chomsky. Si te pones ante la hoja en blanco, que sea para decir la verdad, argumenta bien lo que tengas que decir y demuestra, o estate preparado para demostrar, que lo que dices es cierto.

Esa es una de las tareas del intelectual. Y para eso se necesita independencia de pensamiento y aprender a ver más allá de las apariencias, que no es fácil ni tan sencillo. El que ve más allá de las apariencias es el verdadero intelectual, podemos decir. Es sencilla la lección de Chomsky. Sencilla y universal. De ahí su genialidad. Después de leerle nos parece sencillo porque antes no veíamos nada.

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