La muerte empieza por los zapatos.

Primo Levi, Si esto es un hombre.

1.

Son unos zapatos de plástico café, rotos, cosidos con estambre verde. Adentro se ven los deditos de un niño. No quiso descalzarse por miedo a que le tiraran las chanclas a la basura. Con ellas había atravesado todo México y parte del desierto de Arizona. Lourdes Almeida (1), la gran fotógrafa mexicana, ha cruzado la frontera entre México y Estados Unidos por distintos puntos, intentando entender las vivencias de los migrantes a través de su lente. Y en esos recorridos ha retratado zapatos: zapatos hallados en medio de la maleza, o sobre la arena, desgastados, destruidos.

Los zapatos –tenis, botas, sandalias- cuentan historias: larguísimas caminatas, precariedad, miedo, frío o calor que calcinante, sueños, proyectos. ¿Cuántos kilómetros hay que caminar antes de que se le haga el primer hoyo a la suela, antes de que el cuero se despegue, antes de que las agujetas se deshagan? Siempre me han inquietado los zapatos sin sus dueños: los que aparecen colgados en los cables de las ciudades (¿a quién y por qué se le ocurre amarrar un par de tenis y aventarlo a las alturas? ¿Ocurre sólo en México?), o los zapatos rojos en las instalaciones en contra de la violencia de género; ni qué decir de las fotografías de cientos de zapatos encimados en los campos de concentración. Los zapatos hallados en las rutas migratorias que unen Centroamérica con Estados Unidos pertenecen a este último tipo de realidad; la realidad del peligro, de la ausencia, de la desaparición. La realidad de la máquina de la muerte, del capitalismo salvaje que impera en nuestro continente; un capitalismo excluyente, que desecha vida, que cancela futuros, que condena a cerca del 40% de la población latinoamericana a la pobreza o a la pobreza extrema. Estamos hablando de alrededor de 240 millones de personas, según datos de la CEPAL.

Lourdes Almeida fue siguiendo las huellas de los migrantes y convirtiendo muchos de estos restos en imágenes oníricas que le dan un espacio a las esperanzas que no sabremos nunca si los dueños del calzado alcanzaron a cumplir. Zapatos que son barcas para cruzar el río Bravo, o luminosas constelaciones en un universo profundo y más acogedor que el nuestro. Pero sobre todo buscó zapatos de niños, zapatos que protegen piecitos que siguen caminando. Como esos de plástico café cosidos con un estambre verde.

“Zapatos de migrantes”. Foto: Lourdes Almeida

“Zapatos de migrantes”. Foto: Lourdes Almeida

Para todos estos niños el calzado es fundamental en la travesía hacia la frontera, como lo era para quienes estaban en Auschwitz. Primo Levi decía que había dos cosas imprescindibles en el campo, la comida y los zapatos. Y los segundos muchas veces más importantes que la primera.

Lourdes convierte los zapatos de los niños en barcas que cruzan el río Bravo, o en espigas o flores… como una suerte de Magritte de la migración, sus imágenes muestran el horror, a la vez que parecieran dejar abierta la puerta para imaginar otras posibilidades.

Algunos datos vinculados a las niñas, niños y adolescentes migrantes dan idea de la gravedad de la situación:

– 6 de cada 10 niñas y mujeres son violadas por su tránsito por México

– Más de 33 mil niñas y niños migrantes fueron detenidos en el primer semestre de 2019, 130% más que en 2018

– 1 de cada 4 menores viaja sin la compañía de un adulto. (2)

Más allá de la coyuntura, ¿somos capaces de captar lo que esto significa para la vida de millones de chicos? ¿Cómo crecerán quienes han pasado infancias de privaciones y exclusiones? ¿De qué manera este presente está marcando su afectividad, sus emociones, sus posibilidades de desarrollo como adultos?

2.

También Maite Zubiaurre, investigadora de la Universidad de California en Los Ángeles, recorrió la frontera. Fue al desierto y supo que estaba ante una gran tumba abierta. Son miles los restos de migrantes que quedan allí, devorados por el cansancio, la sed, el sol, el viento y los animales depredadores. Allí siguió el recorrido del grupo de voluntarios Águilas del Desierto en su búsqueda de cuerpos para poder identificarlos y ponerse en contacto con las familias. Conoció las entrañas de la morgue de Tucson, Arizona. Vio los rostros de agotamiento y terror en los albergues, y los rostros de paz o de dolor a los muertos. Sus textos tienen el rigor de la academia y la empatía de quien es capaz de sentir en carne propia los horrores de la migración.

Se dice que en desierto de Arizona “fueron hallados los restos de tres mil 244 migrantes fallecidos entre el 1 de octubre de 1999 y el 30 de abril de 2018, de acuerdo con los datos compilados por Fronteras Compasivas”.

“Quienes conocen la frontera sostienen que por cada cadáver hallado hay cinco más que el desierto no devuelve. Son miles, pues, los migrantes que han muerto y siguen muriendo todos los días en el desierto de Arizona; son pocos los que se encuentran y aún menos los que recuperan su nombre. Las dos cámaras frigoríficas de la morgue de Tucson están repletas de ‘John Does’ y ‘Jane Does’, nombres genéricos con los que el gobierno de Estados Unidos clasifica a aquellos individuos de identidad desconocida.” (3)

También ella se ha detenido en los zapatos, mejor dicho: en las huellas que dejan. Alguien le comenta que son uno de los modos en que los familiares reconocen a sus seres queridos. Las mujeres que suelen lustrar cada semana el calzado de sus compañeros son capaces de reconocer las marcas que dejan las suelas.

Pero las huellas son también delatoras: le indican a la “migra” que por allí pasó alguien. Por eso los migrantes empezaron a ponerse una especie de pantuflas (“sneaky feak”, pies tramposos), hechas muchas veces con tela de camuflaje y con suela de alfombra para no dejar marcas sobre la arena.

Maite Zubiaurre, gentileza de la investigadora. Foto: Maite Zubiaurre

Maite ha fotografiado pantuflas en la morgue y en el desierto, ha seguido sus rastros. El afán por no dejar huellas es en sí misma una huella cuando son de los pocos restos que quedan de los migrantes. Apenas jirones de ropa -camisetas, jeans, chamarras- con los cuales un colectivo de mujeres, encabezado por la artista y activista Jody Ipsen, cose y borda un edredón anual con los nombres de las víctimas, cuando se conocen, o con un doloroso “desconocido” (más John Does o Jane Does), cuando no se han identificado los restos. Se trata del “Migrant Quilt Project”, un proyecto hermanado a nuestros “Bordados por la paz” que recuerdan a algunos de las más de 400 mil personas desaparecidas en México. Quizás algunos de los nombres de esos pañuelos blancos que ondean en muchas de las plazas de nuestro país sean los mismos que aparecen en el edredón del desierto.

Foto 5 Migrant Quilt Project. Foto: Tomada de internet

Ojalá que los huesos pulidos por el inclemente clima de la frontera norte, o sepultados en alguna de las miles de fosas clandestinas que cubren nuestro país, encuentren en esos trozos de género, en esos bordados generosos, la tibieza de sus seres amados.

En el II Foro “Cultura y migración” que tuvimos en el Colegio de San Ildefonso durante esta semana que está terminando, escuchamos éstas y otras historias y reflexiones sobre la migración. Fue un encuentro enriquecedor y doloroso, y aunque el admirado periodista Daniel Moreno Chávez dijo que cada vez que se habla del tema migrante en los medios son miles los lectores que prefieren cambiar de artículo –tal es el cansancio, el agobio y la tristeza que el tema genera-, él, como todos los que ahí nos reunimos, sabemos que es una responsabilidad ética no quitar el dedo del renglón. Estoy segura de que ustedes, que han llegado hasta esta última línea, también lo piensan. Por amor a esos zapatos que cosidos con estambre verde dejan ver los deditos de un niño.

(1) Lourdes Almeida, Proyecto “Terra ignota. Zapatos de migrantes”,

(2) Información: Fondo Semillas. Presentada por Gina Jaramillo en el II Foro Cultura y migración.

(3) Información tomada de Maite Zubiaurre, “Los migrantes muertos de Arizona”, en Nexos, México, 1 de agosto de 2019.