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Ernesto Hernández Norzagaray

09/03/2024 - 12:02 am

Ayotzinapa, ¿adversarios o víctimas?

Como el relato oficial habla ahora de “encapuchados”, estos ya no son estudiantes en lucha. Son parte de los adversarios políticos, lo que eso significa que la interlocución con los padres si se da, será mera formalidad, para la foto oficial y hasta para conseguir votos.

“El derrumbe del pasado martes, en tiempos de polarización y violencia, tiene una gran carga simbólica”. Foto: Cuartoscuro

La verdad da pena ajena. Que los estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos desaparecidos y considerados en la enésima campaña presidencial de López Obrador como el símbolo del oprobio y la degradación del régimen priista solo haya servido de insumo discursivo para presentarse como solidario con esta causa llegó a su límite: empató con las campañas y las partes han puesto en marcha su propia estrategia. 

Los padres y estudiantes de Ayotzinapa, ante la falta de respuesta, han decidido subir el tono de su reclamo y el Gobierno buscar dividirlos entre los padres y provocadores, entre los legítimos y los ilegítimos. 

Recordemos que López Obrador en campaña y luego en funciones, se comprometió con los padres de los estudiantes a poner todos los recursos del Estado para esclarecer lo sucedido en la llamada “Noche de Iguala” y, claro, castigar a los culpables, pero pasados más de cinco años solo tiene a la mano una reedición de la cuestionada “verdad histórica” peñista lo que de no revertirse se prefigura como uno más de los incumplidos de este gobierno. 

Y ante ese esperpento burocrático, los padres, madres y compañeros de los 43 estudiantes desaparecidos, se sienten frustrados, engañados e impotentes que terminan por descargar toda su furia contra la puerta de acceso a la sala de la Tesorería de Palacio Nacional donde, día tras día, el presidente López Obrador, busca fijar la agenda pública del país. 

Ellos exigen ser atendidos e información de los avances de la investigación que de acuerdo con el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) creado por Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se detuvo, cuando se toparon con responsabilidades de miembros del ejército.  

O sea, cómo dicen algunos de los adversarios del presidente y de la 4T, la tragedia se ordeñó políticamente todos estos años y, hoy estorban, frente a las elecciones presidenciales porque su reclamo anticlimático, sigue vivo como el primer día, incluso más vivo, por la desesperación que provoca saber que quien les ofreció solución está listo para irse sin haber solucionado su demanda.  

Peor, ni siquiera los quiere atender y luego de calificarlo de una “vulgar provocación” les ofrece, para una mayor molestia, que los atendería un Subsecretario de Gobernación que inmediatamente fue rechazado porque su objetivo es el Presidente, a quien seguramente quieren reclamarle el engaño y, decirle en su cara que no aceptan su ofensa de que su abogado Vidulfo Rosales los manipula, como lo sugirió en la conferencia mañanera del pasado miércoles. 

Ante la presión el Presidente López Obrador, finalmente, ha accedido a recibir a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos sin “asesores” para hablar del tema y presentarles la información que se logre recabar en 15 y 20 días buscando nuevamente obtener una nueva fecha que permita echar la pelota adelante y así, no afectar electoralmente a la candidata presidencial de su movimiento político, a quien amenazan seguirla en la campaña por el país. 

Y ante este riesgo latente los voceros mediáticos del Gobierno que, en otro tiempo, escribían profusamente reclamando la aparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y el castigo de los culpables, hoy, los señalan como encapuchados, provocadores, disidentes, incluso manipulados por priistas, buscando estigmatizarlos como delincuentes, quitándoles el aura justiciera del mayor movimiento de raíces populares de lo que va de este siglo. 

Y, rápidamente, el periodismo conocedor de la historia política sitúo el derrumbe de la puerta de la calle Moneda como equiparable al derrumbe de otra puerta de Palacio acontecido el 16 de septiembre de 1847 –hace 177 años– cuando huestes del ejército estadounidense hicieron lo propio y ningún otro movimiento, ni siquiera el estudiantil de 1968, tuvo la osadía de atacar una puerta de Palacio Nacional.  

El derrumbe del pasado martes, en tiempos de polarización y violencia, tiene una gran carga simbólica, pues como lo dice el Senador Germán Martínez “si el Presidente López Obrador no es capaz de evitar que tumben la puerta de su casa, que puede esperar un ciudadano de a pie que haga su gobierno si lo amenazan con tumbarle la puerta de su casa”.  El silogismo es sencillo: nada. 

Como el relato oficial habla ahora de “encapuchados”, estos ya no son estudiantes en lucha. Son parte de los adversarios políticos, lo que eso significa que la interlocución con los padres si se da, será mera formalidad, para la foto oficial y hasta para conseguir votos, y es que, si en Palacio Nacional ya tuvieran información veraz y decisión para sancionar a los culpables, ya la hubieran hecho pública y por eso, quizá, Alejandro Encinas, cuando acusó de obstrucción a los militares y al no encontrar respaldo del Presidente, decidió renunciar y habilitarse como campañista de Claudia Sheinbaum. 

Ernesto Hernández Norzagaray
Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I. Ex Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales A. C., ex miembro del Consejo Directivo de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y del Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Ciencia Política A.C. Colaborador del diario Noroeste, Riodoce, 15Diario, Datamex. Ha recibido premios de periodismo y autor de múltiples artículos y varios libros sobre temas político electorales.

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