Para mí lo menos importante de estos meses ha sido el virus o el confinamiento.

Vivo en Olso y al empezar la alarma del virus había terminado mi participación en un proyecto por falta de fondos, por supuesto. Justo la semana previa me dio una gripa como nunca antes. Fui diagnosticada con influenza pero hoy sospecho que fue Covid-19, aunque nunca lo sabré de cierto.

«Deberías irte a México», me dijo H cuando me recuperé, y enfatizó «tu mamá ya está grande y sería bueno que estuvieras con ella». Claro, es el plan, contesté yo. Luego pasaron unos días y entonces recibí un mensaje en Whatsapp. E me avisaba que mamá estaba hospitalizada por un dolor estomacal. A partir de ahí todo se volvió raro.

Que si hay que confinarse por el Covid pero antes hacer compras de pánico o no, que si se puede viajar o no, que si estoy en grupo de riesgo o no, que si voy a poder seguir trabajando o no, que si será ésta la crisis mundial más grande de la década, incluso del siglo o no.

Mamá mejora y sale del hospital. Yo decido ir y compro mi boleto. Antes de eso llamo a la embajada para preguntar sobre las condiciones de salida y llegada en ambos países. «Tienes pasaporte binacional así que no hay problema para ti, solo cuídate y vete lo más rápido que puedas», me aconseja la encargada de asuntos consulares.

Las fechas son límites de tiempo. El tiempo son rutinas acotadas: ahora es tiempo de comer, ahora de dormir, ahora de trabajar, aquí se termina el momento divertido, etcétera. Siempre que viajo me enfrento al tiempo, es como si él se empeñara en hacérmelo difícil, me cuesta mucho decidir la fecha de salida y más la de vuelta. Hay tantos factores involucrados: el costo del boleto según el día de la semana y la fecha del vuelo, el clima aquí y allá, el trabajo aquí y el proyecto allá. En realidad solo son dos factores: un pié que tengo aquí y el otro que aún está allá. Al final decido viajar el viernes siguiente.

El martes recibo un correo de la aerolínea diciendo que mi vuelo se ha cancelado y también me llega un nuevo mensaje de E. Mamá empeora y vuelve al hospital. La aerolínea me da la opción de viajar el jueves, yo la tomo. En el hospital no hay el equipo para hacerle todos los estudios a mamá y muere el miércoles por la tarde-noche o madrugada del jueves en Oslo. No me dio tiempo.

Viajar a un funeral es la cosa mas horrible que he hecho en mi vida, es algo que no quiero repetir. Momento, lo hice también cuando murió papá, pero entonces solo tenía 23 años y estaba a tres horas de distancia. Hoy tengo casi 50 y me separan muchas más horas, las dos últimas fueron las peores. Ojalá que quien lea ésto no tenga que vivirlas nunca, de verdad.

Ya en O el tiempo sigue con sus rarezas. Por P, una de mis cuatro hermanas, me entero de que el cura que oficiará la misa de cuerpo presente se molestó cuando le pidió que la atrasara lo más posible para que yo pudiera llegar a tiempo. Es extraño porque mamá es -todavía no me atrevo a nombrala en pasado- en extremo religiosa, asidua a las misas y celebraciones y muy activa en esa parroquia. Aún así es casi un privilegio que nos dan y se tiene que agradecer.

La capilla ardiente rebosa de flores, imposible llevarlas todas al panteón. B y M, mis hermanos, organizan varios viajes en camionetas para repartirlas entre la casa de mamá, la iglesia y el panteón. Todo eso nos atrasa y al salir el cortejo fúnebre, casi tenemos que correr atrás de la carroza para llegar a tiempo a la misa. No recuerdo haber visto un cortejo con prisa, pero mamá alguna vez contó que por esperar al hijo ausente, un difunto tuvo que ser enterrado tres días después y si, corrieron al panteón antes de que oliera mal. Entre la iglesi y el camposanto la historia se repite.

Los enterradores arrjal la bolsa con los restos de papá al lado de la caja de mamá, la última pala de tierra cae, colocan la plancha de cemento, terminan de acomodar la tierra y las flores. Nosotros lloramos porque a mamá se le acabó el tiempo.

El día después del sepelio el panteón es cerrado al público, a partir de ahí solo dejan entrar entre siete y diez personas por entierro. No imagino cómo hubiera sido para L, el esposo de mamá, los siete hijos, doce nietos y ocho bisnietos tener que escoger quién entra y quién no. Es como si mamá hubiera decidido morir a tiempo.

Después el confinamiento a terceras, como yo lo bauticé. La tercera parte de la población se confina a trabajar y a estudiar en casa, otra tercera lo toma como vacaciones y la última no puede hacer ni una cosa ni otra, tiene que sobrevivir. Tiempos raros éstos que nos ponen la realidad de frente queramos verla o no.

Seis semanas pasan y hay que volver a viajar. Mi cuñado A me lleva en auto hasta el aeropuerto. Al llegar al área de descarga somos los únicos que se estacionan ahí pero eso no evita que la guardia de seguridad nos diga «circule por favor», como si estorbáramos a una cantidad inconmensurable de autos invisibles.

Faltan cinco horas para salir pero el tiempo me juega otra broma y casi pierdo el vuelo. Corro hacia el avión, lo abordo jadeante y sudada, sabiendo que si lo hubiera perdido H no me lo habría perdonado. Lleva semanas angustiado pensando que tal vez no pudiera regresar a Oslo.

En el aeropuerto de transbordo es como si el tiempo se hubiera detenido. Justo como en las películas de zombies en las que el protagonista se despierta de un coma y todo ha cambiado. Pero en ésta película todo sigue igual, solo que vacío. Las luces y pantallas están encendidas, las escaleras y las bandas funcionan, pero no hay nadie que las use, solo yo. Más bien es como si viajara de madrugada porque las tiendas están cerradas, excepto los kioscos de café; los trabajadores de limpieza y vigilancia están todos ahí, pero no hay nada que vigilar ni limpiar; es de día, pero parece de noche.

Aeropuerto de Oslo. Foto: Maru Sánchez López

Aeropuerto de Oslo. Foto: Maru Sánchez López

Aeropuerto de Oslo. Foto: Maru Sánchez López

Aeropuerto de Oslo. Foto: Maru Sánchez López

Aeropuerto de Oslo. Foto: Maru Sánchez López

Aeropuerto de Oslo. Foto: Maru Sánchez López