Organizaciones de derechos humanos exigen su liberación. Foto: Twitter

Organizaciones de derechos humanos exigen su liberación. Foto: Twitter

Ciudad de México, 12 de septiembre (SinEmbargo).– Héctor y Gaby Patishtan se pusieron detrás de su padre para usarlo de escudo. Previamente sirvieron a los invitados refresco y café chiapaneco en vasos. Alberto sonrió al ver a tantas personas sentadas en la mesa donde él se acomodó como un rey en su trono.

Patishtan le dio las gracias a sus hijos frente a varios integrantes del la Comisión de Asuntos indígenas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad: “Estoy decidido a dar mi vida por ellos, también por todos aquellos que luchan”, dijo. Héctor y Gaby intentaron –sin éxito– contener las lágrimas.

Pronto se unieron a la convivencia organizada por el MPJD, Rosario Díaz, Alejandro Díaz Sántiz, Francisco Sántiz-López, Juan Díaz, Pedro, Juan Collazo y la única mujer, Rosa López. A lo lejos, los otros presos escuchaban reggaetón y se paseaban por el Centro de Readaptación Social (CERESO) número 5 en San Cristóbal de las Casas. Se acercaba el final de diciembre de 2012.

Todas estas personas recluidas que integran “La voz del Amate” (por el nombre del Cereso 14 en el mismo estado y donde comenzaron sus huelgas), aprendieron educación básica ahí dentro gracias a las lecciones de Alberto Patishtan. Sus libros no son los que da la Secretaría de Educación Pública (SEP) a primarias y secundarias, pero para el profesor afirmó: “Hemos venido a complementar lo que no aprendimos afuera”.

Pedro contó que cuando a comenzó a tomar lecciones con Patishtan, el director del Cereso le dijo que mejor se preocupara por su familia. Le dio gracias al profesor y también al gobierno por meterlo a la cárcel, “porque si no, nunca me habría revelado contra él.”

“Mi vela permanece encendida no tanto para que yo vea, más bien para que los demás se iluminen para ver y me vean, aquí seguiré sin descansar”, escribió el profesor indígena tzotzil Alberto Patishtan, preso desde hace 13 años, en una carta enviada al Papa Francisco en Roma, Italia.

Alberto Patishtan, antes de ser trasladado al Cereso número 5, era profesor bilingüe en el municipio de Huitiupan, Chiapas. Era alguien que no sólo se preocupaba por enseñar y por los niños, sino también por su comunidad.

Hoy, los magistrados en turno del Primer Tribunal Colegiado del Vigésimo Circuito con sede en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, Freddy Gabriel Celis Fuentes, Manuel de Jesús Rosales Suárez y Arturo Eduardo Centeno Garduño  declararon infundado el reconocimiento de inocencia que había alegado la defensa legal del profesor tzotzil.

De acuerdo con una nota informativa del Consejo de la Judicatura Federal (CJF) se “declaró infundado [el reconocimiento de inocencia de Patishtán] debido a que con las pruebas aportadas por el promovente, no se invalidaron las pruebas que sustentan la sentencia condenatoria”.

En el año 2000, varias personas se organizaron por una serie de homicidios que comenzaron a ocurrir. Los cuerpos aparecían en las carreteras. Patishtan se acercó a las autoridades para trabajar sobre la seguridad; sin embargo, el Gobernador de Chiapas de ese entonces, Roberto Albores Guillén, y el Presidente municipal, Manuel Gómez Ruíz, no hicieron mucho. Entonces varios ciudadanos levantaron una denuncia contra los dos y buscaron crear un consejo y destituir al Alcalde.

Gómez Ruíz buscó calmar a la gente. Pero el 12 de junio de ese mismo año, ocurrió una emboscada al mediodía en la tierra de Las Lagunas de Las Limas en el municipio El Bosque. Hombres encapuchados dispararon más de 100 veces y como resultado dejaron a siete policías estatales muertos, incluidos Francisco Pérez Morales, jefe de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSyPC), y el jefe de El Bosque, Alejandro Pérez Cruz, policía municipal.

Un elemento estatal sobrevivió en la emboscada, Belisario Gómez Pérez, también el hijo del Presidente municipal, Rosemberg Gómez Pérez. De inmediato comenzaron a señalar a presuntos culpables, donde se mencionó al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), grupos paramilitares como habría ocurrido tres años antes en Chenalhó, Acteal; e incluso se dijo que había sido el Ejército Popular Revolucionario (EPR).

Pero el profesor Alberto Patishtan fue detenido aunque no pertenecía al EZLN, ni al EPR o siquiera ejerciera alguna ideología política expresa.

En las declaraciones, el policía sobreviviente, Belisario, declaró a favor de Patishtan: “Yo no puedo acusar al profesor Alberto porque yo no vi a nadie, cuando fui impactado me tiré dentro del carro. Me hice el muerto. Así fue como sobreviví”. Sin embargo, en declaraciones confusas, el muchacho Rosemberg dijo haber visto a Patishtan dispararle con un arma de fuego, aunque no vio con qué mano disparó, pues dijo haber recibido el impacto en la espalda. Sin embargo, cuando el joven enseñó su cicatriz, la tenía en el estómago.

El juez hizo caso omiso de varios testimonios que confirmaban que el profesor estuvo ese día en la escuela y Patishtan fue sentenciado el 18 de marzo de 2002 a 60 años de prisión.

Las redes sociales, así como el Centro de Derechos Humanos Frayba en San Cristóbal, han fungido como medios importantes para la difusión del caso de injusticia del profesor Patishtan. Amnistía Internacional reunió 16 mil firmas para entregar al Consejo de la Judicatura Federal (CJF) pidiendo que se solucione su caso con justicia, ya que, señaló, encontró irregularidades y contradicciones en el proceso de su detención y sentencia.

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Foto: albertopatishtan.blogspot.mx

Foto: albertopatishtan.blogspot.mx

Sus compañeros de cárcel dicen sentirse satisfechos de haberlo conocido. Ellos también tienen historias trágicas que contar: Rosa Díaz dio a luz a un bebé en la cárcel. “Yo sólo quería escucharlo decir ‘mamá’”, dijo entre sollozos, pero se le murió poco después: “Ni permiso me dieron para irlo a enterrar”.

Un joven que está encerrado por “haberse robado a la novia”, un hombre que pertenecía a un caracol zapatista y otros presos coinciden en lo mismo: gracias al profesor tzotzil, “la ceguera ya no la tenemos”.

Patishtan escucha las historias de sus compañeros y la declaración de Pedro: “Gente pobre está aquí, en este Cereso, gente indígena. Los ricos están allá afuera, haciendo sus pendejadas”.

Al profesor Alberto no se le ve cansado, ni desgastado. Hace unos años estuvo en el hospital: primero se le diagnosticó glaucoma bilateral, pero después corrigieron el diagnóstico y dijeron que era neuropatía óptica isquémica, ametropía y pterigión nasal. A pesar de eso y con tiempo de recuperación, declaró enérgico: “No hay error más grande que quien no lucha para nada”.

Antes de salir del Cereso, Alberto comparte unas palabras que marcarán el aire de la despedida: “Ni las peores cárceles donde me quieren poner, podrán conmigo. Las paredes no me van a ganar. Yo voy a ganarles a ellos”.

La despedida transcurrió entre abrazos y apoyos después de risas y lágrimas derramadas, después de las historias y las exigencias confesadas.

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El primero de enero de 2013, Francisco Sántiz, de La Voz del Amate, fue puesto en libertad.

El 4 de julio de 2013 se les concedió la libertad también a Rosario Díaz Méndez, Pedro López Jiménez, Juan Collazo Jiménez, Juan Díaz López y a Rosa López Díaz y demás integrantes de La Voz del Amate, quienes realizaban ayunos en conjunto con Alberto Patishtan para su liberación, pues sólo él y Juan Díaz López permanecen recluidos.

“Hermano, ore por mí, necesito sus oraciones para seguir adelante en proclamar el evangelio de la Verdad. Créame que todo su apoyo serán bendiciones para mí y mi familia”, dijo Alberto Patishtan en la carta enviada al Papa Francisco el 8 de septiembre del 2013.