El compilador y prologuista de esta antología, Enrique Mijares, hizo un llamado colectivo en el estado grande por medio de un taller de dramaturgia virtual, del cual se desprende este libro, publicado en Durango, con el sello de Espacio Vacío, en la colección Teatro de Frontera.

Su propósito no es únicamente retratar la realidad teatral del Norte, sino también la de mostrar el abanico de posibilidades que, a manera de vasos comunicantes, ofrece múltiples expectativas respecto a otros discursos fronterizos. Asimismo, se busca escenificar algunos pasajes que remiten a la memoria histórica del norte y, con ellos, identificar esbozos de la cambiante actitud postcolonial que ha acompañado a la re-identificación del ser fronterizo.

Por Julio César Hernández Hernández

Ciudad Juárez, Chihuahua, 12 de diciembre (Norteatro).- El compilador y prologuista de la antología Dramaturgia de Chihuahua (2009), Enrique Mijares, hizo un llamado colectivo en el “estado grande” por medio de un taller de dramaturgia virtual, del cual se desprende este libro, publicado en Durango, con el sello de Espacio Vacío, en la colección Teatro de Frontera.

Su propósito no es únicamente retratar la realidad teatral del Norte, sino también la de mostrar el abanico de posibilidades que, a manera de vasos comunicantes, ofrece múltiples expectativas respecto a otros discursos fronterizos. Asimismo, se busca escenificar algunos pasajes que remiten a la memoria histórica del norte y, con ellos, identificar esbozos de la cambiante actitud postcolonial que ha acompañado a la re-identificación del ser fronterizo.

En la obra Intertex, de Rubén Almeida, se plasma una visión panorámica del tiempo, pues constantemente se juega entre el futuro y el pasado, dejando en segundo plano la incertidumbre de lo que ocurre en el presente. Las posibilidades que se presentan se desprenden del terreno ficcional y aluden a un naturalismo que pone a disposición de la humanidad la tecnología, tal como ocurre en la actualidad. Los años que separan al Emilio joven y el viejo bastan para convertirlo en dependiente de las máquinas, atado a ellas sin poderse mover.

Pese a esto, hay ciertas actitudes del dueño de Intertex, empresa que patentó los robots, que no cambian, lo cual establece el perfil inhumano del protagonista. Dicha aseveración se justifica al observar su progresivo distanciamiento social. Al inicio se presenta como un joven rebelde que abandona a su madre en la búsqueda de sus intereses; más adelante, ya de adulto, recibe amenazas por parte de otras firmas con el fin de derrocar la suya, la cual pretendía hegemonizar el mercado. Tales sucesos, aunque no resuenan en la actitud ambiciosa del personaje, determinan su desinterés respecto a cualquier problemática político-económica que se presentan en su empresa. Por ello, crea a Basil, un robot asistente que funge como su mano derecha hasta su último día. Finalmente, resulta interesante la metáfora de su muerte al quedar bajo sus propias eses, como si el destino le gritara que él cavó su propia tumba.

Por su parte, El tiempo de las vacas gordas, texto escrito por Georgina Ayub, no funciona de manera literal, más bien se llega a una interpretación por medio de la reflexión y la participación del espectador, quien decide a partir de su propio repertorio semiótico. La trama resulta sencilla, pues representa la cotidianeidad de unas señoras, cuya única ocupación consiste en cuidarse mutuamente. Durante el transcurso de la obra, la pesadez del tiempo se hace más evidente y las necesidades de estas mujeres aumentan. Una aparece como el detonante de todas las anécdotas contadas; así, las protagonistas hurgan en sus memorias defectuosas para regresar a momentos significativos de sus vidas. Rechazan el sistema que las rige fuera de la casa; sin embargo, al aislarse crean un estilo de vida sistemático regido por las horas del reloj. Finalmente, se infiere que llevaban mucho tiempo apegadas a dichas normas, sin salir, salvo la sirvienta en pocas ocasiones, y con cada vez menos provisiones. Cuando estas se agotan, lo único que les queda es el reloj de su abuelo, cuyo rostro aparecía en el retrato. El tiempo de las vacas gordas se acaba, todo escasea y ya no hay quien vea por ellas: una metáfora del desgaste de la vida humana.

En Etoyep cola, la dramaturga Gabriela Chapa Balcorta recoge una tradición muy antigua: el consumo lúdico del peyote, conocido ampliamente en su lugar de origen, Batopilas, en donde se utiliza frecuentemente en algunas prácticas místicas e incluso religiosas alrededor del mundo. Omar y Sofía, quienes sufrían los estragos del desempleo y el desequilibrio económico, deciden emprender un negocio de gaseosas con peyote. Samuel, un conocedor de la mercadotecnia, también desempleado por un supuesto fraude, corrobora su tendencia y decide engañarlos prometiéndoles millones por comercializar la imagen del producto de manera más viable. Los ingenuos emprendedores caen en el engaño con facilidad y con el atractivo de ver su producto en la TV. Tras una serie de sucesos, la refresquera pasa a manos de Coca y las ganancias se disparan, sin que los consumidores conozcan la procedencia exacta del producto. La pieza representa la situación real a la que se enfrenta un emprendedor con el anhelo de desarrollar un producto funcional y novedoso, quien, al desconocer los embates de la venta deja en manos sucias el proyecto en el cual deposita tanta fe. Las traiciones, al igual que en la primera obra, resultan evidentes dada la trascendencia del asunto; es decir, muestran el otro lado de la moneda que nunca se ve, pues un anuncio nunca contará la anécdota detrás, aquellas alevosías que colocaron a tal o cual producto en su posición, mucho menos a quien realmente tuvo la idea.

Ahora bien, en la pieza compuesta por Paulina Grajeda Uribe, La espía del silencio, la protagonista, de nombre Virginia, dialoga consigo misma bajo el sesgo de una personalidad ambivalente, definida por luz/sombra. Cuando Virginia-sombra toma la voz, llena de hartazgo por las situaciones frecuentes a las que se enfrenta, siempre mantiene una luz en sus manos. Reconoce su error al caer en la comodidad del conformismo dado por una familia, una casa y un entorno poco amable y, por ello, a lo largo del drama se traslada de tiempo y lugar para dar a conocer al espectador otras etapas de su interesante proceder juvenil. Por ejemplo, recuerda aquellos momentos en que conoció a Facundo, hombre que le suscitó sus sensaciones más profundas y que, dado su carácter, funciona como contraste de la mujer, quien huye hacia el pasado de manera evasiva ante la violencia que sufre por parte de su marido indiferente en el presente dramático. Aunque la estructura de la obra no sigue una linealidad cronológica, esboza un final esperanzador, el cual, finalmente no se logra, debido a lo tildadas que están algunas escenas de dolor y melancolía producidas por la depresión, suscitada por la dialéctica de su forma de ser con tendencias suicidas: un grito mudo en la sociedad machista que define al estado grande.

El recuento de estas obras nos muestra cómo, si bien las piezas compiladas en Dramaturgia de Chihuahua no comparten una línea temática o estructural como tal, sí coinciden en distintos aspectos que abordan o simbolizan los vaivenes de la vida actual (llena de tecnología y globalización) siempre atravesada por la añoranza de un pasado lleno de energía y por preocupación por un futuro dudoso. Los seis textos faltantes del libro los comentaré en una próxima entrega con la intención de mostrar un panorama más completo de las posibilidades que ofrece el discurso fronterizo.

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