“La cuenta de Twitter de Enrique Peña Nieto sería un buen caso para un estudio doctoral, un estudio en el que se cuantificara las veces que las respuestas a sus tweets hacen alusión a su ano”. Foto: Graciela López, Cuartoscuro

¿Qué pasaría si todas las estrellas que han existido en la infinidad de los tiempos alumbrasen el cielo nocturno a la vez? Jean Baudrillard se hacía esta pregunta hace unas décadas, al mismo tiempo que usaba la metáfora para referirse a la noche de hoy, amenazada por la incandescencia de las pantallas que, sin descanso, lanzan imágenes y mensajes en lo que el filósofo definió como un régimen de simulacro que aniquiló a lo real y al otro.

Es curioso que un signo del presente sean las bocas tapadas de los jugadores de fútbol con el fin de que sus estrategias no sean descifradas a distancia. Un signo de lucha contra la transparencia en un momento en que todo puede llegar a ser viral, pues lo que antes vivíamos como control policial, hoy lo vivimos como (auto) promoción publicitaria. La compulsión por comunicar elimina la demora y el suspenso. Los objetos e imágenes son fetiches que exigen aplausos. Frente a la transparencia, Baudrillard proponía: “romper con la escritura automática del mundo que viene de los dispositivos electrónicos, a través del azar y el accidente”.

Pero la obscenidad virtual está anclada a formas sociales como la barbarie, la narcosis y el crimen. Es parte del mundo pluralista, caótico y excesivamente sensorial que Achille Mbembe ha descrito en su libro On the Postcolony; objeto de culto en las universidades sudafricanas. En dicho texto, el Estado es caracterizado como una maquinaria que regula las inequidades desde una soberanía concesionada y fragmentada. Y donde desde hace décadas lo público fue privatizado junto con los medios de coerción que operan como medios de convivencia y están rodeados de una violencia brutal (al menos en México).

En estos espacios apareció el homo ludens, y con él, la explosión de lo obsceno y lo grotesco. Burlarse del poder es parte del juego, utilizando discursos que van directo a los sentidos y al cuerpo: comer, cagar, fornicar. La cuenta de Twitter de Enrique Peña Nieto sería un buen caso para un estudio doctoral, un estudio en el que se cuantificara las veces que las respuestas a sus tweets hacen alusión a su ano.

Desde esta perspectiva, el sujeto de transformación social se ha diluido entre selfies: es un indignado que pertenece a las masas endeudadas de la ciudadanía poscolonial. Sus antiguas identidades de lucha han sido confiscadas y son ahora identidades fragmentadas que buscan una brújula entre valores de crisis ambiental, fantasías y placer. Si se puede, uno es consumidor activo y exigente. Y si no, el crimen es una vía de acceso de poblaciones enteras para llegar al consumo.

En la coerción por convivencia hay una zombificación mutua, que según Mbembe, es parte de un proceso donde los opresores y los oprimidos conviven en los mismos espacios, en donde unos y otros se roban vitalidad. En la zombificación mutua no existen más tabúes, no hay nada sagrado, cualquier cosa se presta a la ironía que causan los memes de la mercancía. Es una teofagia, donde los zombies se comen a los dioses.

David Ordaz Bulos
@David_Orb

Referencias:

● Mbembe. (2015). On the postcolony. South Africa: Wits University Press.

● Jean Baudrillard. (1996). El crimen perfecto. España: Anagrama.