Las misivas de Miller giran en torno al análisis de Hamlet, el príncipe del ocio, adicto al pensamiento y la elucubración fútil. Al escritor le molesta esta actitud en la sociedad contemporánea y dice que “el hombre moderno tiene una forma complaciente y condescendiente de verse a sí mismo que resulta nauseabunda”.

A pesar de que Miller siempre vio en su trabajo graves deficiencias, escribió más de 70 libros: ensayos críticos sobre arte y literatura, novelas, textos sobre viajes y una extensa correspondencia con otros escritores como Blaise Cendrars, Lawrence Durrell, Isaac Bashevis Singer y Anaïs Nin.

Por América Gutiérrez

Ciudad de México, 14 de diciembre (LibreríasElSótano).- Durante mi época universitaria renuncié a la fiebre Miller (autobiografía transgresora y bandera de la desilusión norteamericana) para dedicarme a otro tipo de lecturas alejadas del rompimiento de la tradición literaria, pues apenas estaba entendiendo lo que eso representaba.

El tiempo pasó y llegaron a mis manos: Sexus e Inmóvil como el colibrí. En estas dos publicaciones equidistantes pero de estilo inconfundible, descubrí que Miller es un hombre mucho más complejo que un simple autor controvertido y criticado -el tema candente siempre fueron las alteraciones de su historia personal para hacer más efectivas algunas de sus novelas presuntamente autobiográficas-.

Sorprende la manera en la que ignora por completo la demanda social de lo real que se generó a su alrededor; lo verosímil le importaba más que lo verdadero. Miller no permitió que estas exigencias entraran en tensión con su escritura; reconstruyó su experiencia y se acercó en forma descarada a técnicas narrativas que asume como elemento natural de la ficción, dejando al descubierto totalidad al “yo” autobiográfico en forma escandalosa.

Estos primeros encuentros con Miller hicieron que volteara a la mesa de novedades en la librería cuando descubrí Quisiera dar un gran rodeo. Esta edición de Malpaso es un objeto estéticamente hermoso, el libro es negro, con el canto– la orillita de las páginas- entintado en un inusual color turquesa y con una portada aparece un Henry Miller encendiendo un cigarro.

Más allá de esta atracción meramente visual, mi interés nació del subtítulo, donde la palabra epistolario aparecía sola, como un mensaje. Mi obsesión con la entrometida pero enriquecedora lectura de cartas comenzó hace mucho tiempo cuando leí los amorosos y desgarradores mensajes que le escribió Francis Scott Fitzgerald a su esposa Zelda en un extenso volumen editado por Lumen. Después me seguí con parte de la correspondencia de Cortázar, y para terminar, el intercambio postal entre Paul Auster y J.M. Coetzee.

Carta de Francis Scott Fitzgerald a su esposa Zelda. Foto: Especial

Correspondencia de Julio Cortázar. Foto: Especial

En esa época de mi vida, lo mío era leer cartas. Pero a pesar del coqueteo, no compré el libro; llegó como regalo de cumpleaños unos meses después para provocarme sentimientos encontrados. Aunque el Miller nos pone en contexto al inicio de cada carta y queda claro que este ir y venir de ideas gira en torno al análisis de Hamlet frente al “hombre moderno”, la sensación de estar leyendo un libro incompleto se mantiene hasta el final pues solo se incluyen sus cartas en esta edición. En gran parte del libro se extraña la argumentación de Fraenkel (el verdadero intercambio).

Cuando Miller le exige a Fraenkel que no confunda a Shakespeare con Hamlet, era necesario leer la provocación contenida en la misiva que da pie al debate. Miller explota argumentando que, desde cualquier punto de vista, Hamlet no es un personaje creativo, que Shakespeare fue creativo al escribirlo, pero la importancia de su creación es la de revelar el lado no creativo del hombre.

Establece de Hamlet es un sofista tardío atrapado en un mundo de acción, es un personaje que “jamás se agachó al bote de la basura”. Es el príncipe del ocio, un adicto al pensamiento y la elucubración fútil.

Al escritor de Trópico de cáncer le molestan los efectos persistentes de lo que él llama “Hameletismo” en la sociedad contemporánea. Reitera que “el hombre moderno tiene una forma complaciente y auto condescendiente de verse a sí mismo que resulta nauseabunda.” Miller expone que cuando se analiza cualquier cosa, resulta bastante monstruosa.

Quisiera dar un gran rodeo, recoge sólo las cartas de Miller a Fraenkel, pero a pesar de no tener interlocución en esta edición, quedan por escrito las posturas que nos permiten asomarnos al temperamento filosófico de un Henry Miller apasionado, donde buscar un sistema de pensamiento ordenado es una absoluta pérdida de tiempo, sin embargo, avanzando en la lectura, se revela el lado emocional y dominante que nos coloca frente a lúcidos puntos de vista que exponen más que una sensación de frustración, la parálisis de la voluntad y “todas esas experiencias incompletas que representan un enorme freno que paraliza la rueda de la vida.”

Miller cree que el mundo necesita un tratamiento de choque, quitar la envoltura de plástico a todo sin distingo. El autor deja por escrito que una educación en obscenidad se convierte en una genuina introducción al dilema del mundo moderno.

La vida, para el hombre contemporáneo según Miller, se ha convertido en un infierno eterno, donde se ha perdido toda esperanza de alcanzar ningún tipo de paraíso, sencillamente porque ya nadie cree en paraísos. El hombre se condena a sí mismo.

A pesar de que Henry Miller siempre admitió que su trabajo tenía graves deficiencias como literatura formal, escribió mucho, más de 70 libros, que van desde ensayos críticos sobre arte y literatura, novelas, textos sobre viajes y una extensa correspondencia con otros escritores como Blaise Cendrars, Lawrence Durrell, Isaac Bashevis Singer y Anaïs Nin que sin duda, merece ser leída.


América Gutiérrez es Coordinadora de contenidos de Librerías El Sótano. Ha trabajado para Discovery Channel LA, Nat Geo, A&E, IMER y Penguin Random House.
Siempre se pregunta ¿en qué se parece un cuervo a su escritorio? Actualmente estudia las leyes que rigen las excepciones.