Apenas a veinte minutos de Naoshima, aparece dibujada en el paisaje una pequeña línea, es la isla llamada Teshima. Foto: Especial.

En Oriente el dibujo es una insinuación, simula la línea de continuidad del horizonte, el pincel se desplaza sobre el papel serenamente, busca una estilización, no es realista porque no debe competir con lo humano, su sentido es otro, no hay contraste, es una línea eterna, transmitida de generación en generación durante siglos. Apenas a veinte minutos de Naoshima, aparece dibujada en el paisaje una pequeña línea, es la isla llamada Teshima. Al arribo entre la bruma se aprecian los restos de viejas y pesadas maquinarias abandonadas. Borrosas siluetas, nos recuerdan el siglo de las fallidas ilusiones en el progreso. Cementerio industrial, evoca las imágenes de Bernd y Hilla Becher, aquellos pioneros de la fotografía contemporánea; los primeros en dignificar a esos monstruos que permanecen en el olvido, inútiles. Bellos, a fin de cuentas. Restos, despojos de una sociedad que apostó por el consumo, que quiere más y dilapida hasta la saciedad para demostrar que está viva, que respira. No importa lo que cueste o si se debe pagar a eternidad, hay que poseerlo todo, aunque en el proceso siembre al mundo de vestigios.

Si hubiera un dios vengativo, contemplaría cómo destruimos para construir, se reiría de nosotros y tal vez diría: nada de lo que desesperadamente obtengas te permitirá ser feliz, pero eso nunca lo entenderás. Está bien, sigue despilfarrando, allá tú y tu mala consciencia en bancarrota.

Oriente vive esa escisión todos los días. Lejano a la noción de nuestros dioses y demonios para justificar nuestra caída, parte de un origen cuyo sentido es el cambio, la dualidad. No existe un principio único. Esta es la manera en la que se constituye el equilibrio. Yin Yan, vacío-lleno. Mudanza permanente al mismo tiempo que apariencia inmóvil. Los objetos no son para acumularlos, tienen un mensaje claro en sí mismos. Cada una de las obras que ha sido instalada en Teshima, está ahí por una razón. No hay más que entrar en el ritmo, dejar que nuestros sentidos atiendan. Las enseñanzas de Lao Tse indican que la mutación es la única posibilidad de permanencia. El lento paso por la isla es un constante fluir para reconocernos en cada uno de los objetos que nos rodean. La luz cambia, la imagen cambia y nosotros cambiamos. Sin embargo, nada distrae, no hay sobresaltos. Aquí es donde surge la misma sensación, Japón está escindido en dos. Así como asombra caminar por las calles de cualquiera de las grandes ciudades atiborradas hasta el absurdo de objetos que se venden, así de asombrosos son los espacios a los que uno llega en el recorrido por este aislado paraje. Un reflejo de la naturaleza, por un lado, un choque con ella por el otro.

Contrario a la visión del artista occidental, cuya obsesión es modificar el horizonte, marcarlo con su huella, mostrar su grandiosidad, su poder, lo que es capaz de lograr por encima de la naturaleza, el arte en Oriente se caracteriza por ser un esbozo permanente. Una línea que continúa a la del horizonte, sutil, delicada, casi imperceptible. La vasija es un ejemplo perfecto del balance, su vacío lo contiene todo en estado de posibilidad. Pero una porcelana delicada se rompe y no tiene remedio, su fragilidad es también la afirmación de la vulnerabilidad del ser humano, de la levedad con la que transitamos por el mundo. La belleza de la vida es eso, un instante en el que todo se hace presente y vuela al siguiente, la felicidad es, paradójicamente, la plenitud del vacío, nada permanece, todo cambia.

Los infinitos en oriente no requieren hazañas ni retórica, son apenas murmullos que acontecen, que pueden pasar inadvertidos si no estamos atentos. Así como Occidente considera un triunfo derrotar a su contrario, Oriente busca la invisibilidad de los opuestos, su unión. Pero en Oriente también han existido los contrastes, los cismas incluso. Por un lado, los silencios en la arquitectura de Tadado Ando, por el otro, el suicidio de Yukio Mishima; en un lado la claridad y la mesura de Mariko Mori, por el otro la oscuridad del alma de Yayoi Kuzama. Por una acera del pensamiento los paisajes en la niebla de Hiroshi Sugimoto, por la acera de enfrente la violencia sin piedad de Akira Kurozawa.

Los infinitos en oriente no requieren hazañas ni retórica, son apenas murmullos que acontecen, que pueden pasar inadvertidos si no estamos atentos. Foto: Especial.

En uno de los pocos letreros en inglés de la isla se advierte: no hay ningún tipo de comercio (como si quisieran decirnos, guarda tu avidez para otra ocasión). Entre casitas humildes con sus techos majestuosos de cerámica negra, se despliegan uno a uno los sitios creados para el arte: Anri Sala, Mariko Mori, Pippiloti Rist, Janet Cardiff. El clima aún es frío, el gris del ambiente lo torna melancólico, la brisa hace tiritar y obliga a arroparnos y frotar las manos en busca de calor. Mucho más lejos, en una vereda cubierta por cerezos, entre la neblina se distingue el mar apacible. La marea apenas toca la arena, nada se violenta. Al final del camino, una pequeña casa de madera. Es Les archives de Coeur de Christian Boltansky, una pieza que consiste en los latidos del corazón sumados, cada visitante graba los suyos. Traspasando una puerta, la cámara oscura donde solo hay nichos dorados vacíos. Al centro, un foco se enciende y apaga, sístole, diástole. Pulsión de vida, consciencia de muerte. Una vez más, Boltansky juega con nosotros, una nueva dualidad se manifiesta, nuestra pequeñez e inmensidad.

Las gotas de agua, como los rostros humanos, nunca son iguales. Cada una tiene una particularidad. Su tamaño, su peso. El espacio creado por el arquitecto Ryue Nishizawa y el artista Rey Naito simula una gota de agua gigante o tal vez una concha caprichosa. Desde la colina se puede apreciar la terraza en la que se cultiva arroz, y en medio de esta, la pieza cuya blancura rompe con el verde de la naturaleza. Es una estructura de unos sesenta metros de diámetro y no más de cinco metros de altura, forma una elipse abierta. Blanca, ligera, parece estar a punto de escurrir y desaparecer. Al acercarse, la sensación de que algo grandioso ocurrirá hace que el pulso de nuevo se acelere. Penetrar la bóveda es entrar a un espacio único, no es posible compararlo con ningún otro. La ausencia de elementos y la tenue luz que entra por la parte superior de la concha crea una atmósfera inigualable. Al estar abierta permite el paso de los sonidos de la naturaleza creando una cosmogonía perfecta, materialización del “adentro” y el “afuera”. De pronto, múltiples gotas de agua brotan de pequeños agujeros en el suelo. Milimétricas, empiezan una danza que las une a unas con otras, es interminable. Espejos pequeñísimos, replica de la imagen total. Nosotros adentro vivimos la sensación de infinitud por un instante. Pero todo cambia permanentemente. Esa es la condición de Oriente y es la angustia ancestral para Occidente. Aquí en Teshima todo es un ciclo que no termina, una idea de infinito que no se altera pero que muestra su poder en la posibilidad de cambio, de movimiento, de ritmo.

Esa pequeña isla es un viaje a Oriente que nos permite conocerlo, experimentarlo; asimilar la otredad, por contraste, entender mejor el Occidente, lo que somos y lo que no.

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