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Jorge Alberto Gudiño Hernández

15/10/2022 - 12:05 am

Reglamentos y prohibiciones

“Podré ser calificado de medroso pero estoy convencido de que no debemos permitir más mutaciones del virus. También de que el COVID largo es peligroso. Además, tampoco quiero contagiarme de otras enfermedades respiratorias”.

“Me queda clara esa necesidad por respirar sin cubrebocas: es más fácil, es más profundo, se vuelve, incluso, placentero algo que nos resulta natural”. Foto: Crisanta Espinosa Aguilar, Cuartoscuro

La tendencia a la baja en contagios, hospitalizaciones y muertes relacionados con COVID ha provocado varios anuncios.

En la escuela de mis hijos, desde hace dos semanas avisaron que sería optativo que los alumnos usaran el cubrebocas dentro de los salones. Hasta donde sé, sólo un tercio de los niños sigue con mascarillas. Esta semana, el Gobierno federal anunció que ya no sería obligatorio en espacios cerrados. Al margen de que nunca lo fue, llama mucho la atención que hayan ocupado tiempo en avisarlo. Sobre todo, considerando que nada se perdía por aquéllos que seguían portando el barbijo. Hace un par de días, varias aerolíneas mexicanas siguieron el mismo rumbo. El fin de semana pasado volé a Monterrey para estar en la Feria del Libro. Había varios tosijosos en el vuelo. Así que me sentí incluso cómodo con la nariz y la boca cubiertas. Hace tres días, la universidad en la que trabajo mandó un correo insistiendo que el uso del cubrebocas en los espacios cerrados (léase, sobre todo, salones) seguía siendo obligatorio. Al día siguiente fui a clases: menos del 10 por ciento de mis alumnos lo portaba. También hubo dos o tres con tos.

Me queda clara esa necesidad por respirar sin cubrebocas: es más fácil, es más profundo, se vuelve, incluso, placentero algo que nos resulta natural. Yo mismo, en cuanto salgo al aire libre dentro de la universidad, me quito el tapabocas para jalar aire fresco con fuerza. A esa necesidad se le suma otra social, la de ver el rostro completo de nuestros interlocutores. A veces pienso en mis propios hijos que están condenados, por la tiranía de sus padres, al pequeño martirio cotidiano consistente en no respirar a plenitud. Lo siento.

Seguirán utilizándolo. Seguiré utilizándolo. No sólo porque las noticias desde otros países nos informan de nuevas olas y variantes. También, porque llega la temporada invernal y, con ella, varias infecciones respiratorias. Varios podrían decirme, y con razón, que hace tres, cuatro o más años no me parapetaba tras un pedazo de tela por miedo a la influenza, la gripa o el catarro. Tienen razón. Y, a veces, la pasaba bastante mal. Al menos, ahora ya sé cómo evitarlas. Sin embargo, no es ése mi principal argumento. Voy por partes.

El primero de todos es que no quiero contagiarme de COVID. No quiero que nos pase ni a mí ni a mi familia. Tampoco a los demás. Podré ser calificado de medroso pero estoy convencido de que no debemos permitir más mutaciones del virus. También de que el COVID largo es peligroso. Además, tampoco quiero contagiarme de otras enfermedades respiratorias. No sólo por la incomodidad que significan sino porque, imaginando el escenario benigno en que un día cualquiera, alguno de los miembros de esta familia amanezca moqueando por un catarrito sin importancia, sería una mala idea no hacerse una prueba COVID. Hacerse muchas es caro, implica tiempo, obliga a dar seguimiento a algo que bien podría haber pasado con paracetamol. Es, empero, necesario hacerlo. Ya no sólo por uno, sino porque sería muy irresponsable presentarme a clases en medio de estornudos sin saber si tengo o no al bicho dentro; más, incluso, considerando que mis alumnos no usan cubrebocas.

Así pues, acudo al llamado de los especialistas en quienes confío y me resigno a una temporada invernal con la cara cubierta. Si algo nos ha enseñado el confinamiento es que bien podemos resistir a ciertas incomodidades sin hacer dramas innecesarios. Hoy por hoy, sigo viéndolo como la mejor de las opciones.

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Jorge Alberto Gudiño Hernández es escritor. Recientemente ha publicado la serie policiaca del excomandante Zuzunaga: “Tus dos muertos”, “Siete son tus razones” y “La velocidad de tu sombra”. Estas novelas se suman a “Los trenes nunca van hacia el este”, “Con amor, tu hija”, “Instrucciones para mudar un pueblo” y “Justo después del miedo”.
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