"Jurar amor eterno es un lugar común, trabajarlo durante años para cuidar los intereses del otro, también, pero, a la larga, resulta más valioso".

“Jurar amor eterno es un lugar común, trabajarlo durante años para cuidar los intereses del otro, también, pero, a la larga, resulta más valioso”. Foto: Diego Simón Sánchez, Cuartoscuro

Todos conocemos una historia similar: en un noviazgo, en un matrimonio, en una relación de amistad o cualquier otra, uno de los integrantes le jura amor eterno al otro y, después, lo maltrata. Como consecuencia de dicho maltrato, llega un aparente arrepentimiento acompañado de un montón de palabras para convencer a su interlocutor que el cariño existe, que todo fue un error o un malentendido. La muestra más contundente de que el agresor está hablando con la verdad es una nueva serie de promesas. Ya no sólo es la declaración de ese amor perdurable que nadie debe poner en duda, ahora, para demostrarlo a cabalidad, ofrece cambiar, llena el futuro de expectativas, ennumera todo lo que hará, lo que dará, lo que será y demás dulzuras. Sobra decir que es muy probable que vuelva a fallar, que la violencia se precipite de nuevo, que incumpla con lo prometido. Entonces reiniciará el ciclo. La diferencia será que el otro le creerá menos, cada vez menos, hasta que, a fuerza de sólo decir y no hacer la credibilidad de quien suelta discursos y promesas por doquier terminará por los suelos.

Hace tiempo sabemos, gracias a refranes, experiencias propias e historias conocidas, que los hechos y las palabras no siempre son compatibles. Prometer es barato, cumplir es caro. Jurar amor eterno es un lugar común, trabajarlo durante años para cuidar los intereses del otro, también, pero, a la larga, resulta más valioso. Las canciones románticas y mucha poesía amorosa dan cuenta de ello. Bajar la Luna y las estrellas es imposible, decirlo resulta tentador.

El problema, a largo plazo, es no ser capaz de cumplir. No pensemos ya en la Luna y las estrellas, sino en una estabilidad a largo plazo, en la que se compartan proyectos comunes cargados de cariño. En otras palabras, luchar por la misma causa. A la larga, construir la verosimilitud a fuerza de acciones y no de promesas.

Sobra decir que éste es un problema que se extiende más allá de lo romántico. Todo político, casi por fuerza, promete cambios, ofrece mejoras, vende la idea de un futuro ideal. Todo político miente en alguna medida. Ninguno es capaz de gobernar para llegar a ese mundo idealizado pero muchos lo intentan. Sabemos, también, que las intenciones no bastan. A veces pueden aplaudirse pero, volviendo a la analogía originaria, sería un mal pretexto asegurarle a un esposo engañado “que ella no tenía la intención de tener media docena de amantes pero las circunstancias lo propiciaron” o, peor aún que él sí es diferente a todos los hombres que antaño la maltrataron.

Es cierto, las buenas intenciones son plausibles pero no suficientes. Mucho menos, cuando los hechos las contradicen. Se me ocurre que una de las formas más sencillas de no faltar a las promesas sería no hacerlas. Al menos, no habría engaño. La propaganda se puede volver en contra de quien la emite de una forma muy sencilla. Nadie es inmune a los vuelcos de la vida. Es, pues, una salida fácil pero no resulta suficiente.

Se requiere, en cambio, de hechos concretos. Muchos. Algunos de bajo perfil, es cierto, de ésos que modifican el presente de manera muy paulatina, sin aspavientos. Otros, en cambio, contundentes a más no poder. Lo simbólico sigue teniendo una importancia radical a la hora de apuntalar los discursos y las promesas.

Y eso debería entenderlo quien promete. Aunque quién sabe, en una de ésas, mientras se disculpa por una nueva infidelidad, el marido golpeador sabe, desde el momento en que las emite, que sus promesas son falsas, que recaerá de nuevo, que todo es pura palabrería. Y, quizá, en su fuero interno incluso sonría ante la credulidad del otro. A fin de cuentas, de seguro ya se convenció de ser dueño de la verdad.

Ojalá pronto nos acostumbremos a exigir hechos y a ya no conformarnos con palabras, incluso aunque no sean mentiras.