“Por lo general me acostaba a media noche muy agotada, pero me despertaba continuamente sobresaltada por el miedo y la horrible sensación de abrir los ojos y ver un fusil apuntándome a la cara”, escribe Victoria Eugenia Henao, la esposa del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, en el libro Pablo Escobar: mi vida y mi cárcel. 

Ciudad de México, 16 de febrero (SinEmbargo).– Cuando conoció a Pablo Escobar Gaviria, con solo 13 años, Victoria Eugenia Henao, mejor conocida como “La Tata”, ignoraba que su vida estaba a punto de convertirse en una pesadilla terrible, y que jamás dejarían de señalarla con el dedo por ser la mujer con la que se casó y tuvo dos hijos el mayor narcotraficante de todos los tiempos.

Esta es la primera vez en desde que se casó con Pablo Escobar en 1976 y cuando ella tenía sólo 15 años, que “La Tata” habla con todo detalle de su vida con el hombre que mantuvo a Colombia en un puño.

Para realizar Pablo Escobar: mi vida y mi cárcel, Victoria Henao se sumergió durante dos años en su memoria; recordó cada uno de los horribles episodios que vivió con quien, a partir de 1982, aplicó a la sociedad colombiana una estrategia de terror en la que cabían asesinatos de políticos, periodistas y defensores de derechos humanos, mientras seguía inundando el mundo de cocaína.

Por cortesía de Grupo Planeta y en exclusiva para los lectores de SinEmbargo, se presenta a continuación el Capítulo 1 de este libro: “La despedida final”.

***

LA DESPEDIDA FINAL 

Han pasado veinticinco años desde aquel doloroso momento, y cada vez que lo recuerdo se me hace un nudo en la garganta. Es mediados de agosto de 1993 y Pablo, nuestros hijos Manuela y Juan Pablo y su novia Andrea estamos escondidos en una caleta conocida como la casa azul. Mi marido y yo sabemos que la despedida final habrá de llegar más temprano que tarde porque nuestra situación es insostenible. En los últimos días le hemos dado largas a la decisión y buscamos cualquier excusa —como mi cumpleaños número 33 que está próximo, o una posible visita familiar— para evadir lo inevitable. Por aquellos días, más que nunca, la muerte asoma a la vuelta de la esquina.

La casa azul está situada en el sector de El Poblado, por la ruta Las Palmas, y desde allí se aprecia una hermosa vista de Medellín. Pablo había llegado a comienzos de agosto anterior, luego de escapar por enésima vez de la feroz cacería de las autoridades y de sus enemigos, el grupo clandestino Perseguidos por Pablo Escobar, los Pepes, que por poco lo localizan en una de las tres caletas que él frecuentaba por el Belén Aguas Frías, en las comunas suroccidentales de la capital de Antioquia.

Pero el nuevo escondrijo no estaba listo del todo y por eso Pablo se empecinó en contratar un obrero que pintara las paredes del azul claro que tanto le gustaba. El afán de que la caleta estuviera impecable y con sabor a hogar lo llevó a descuidar su propia seguridad y a correr el riesgo de permitir que un extraño hiciera el trabajo durante dos semanas, mientras él permanecía encerrado en una habitación.

Ya en ese momento mi marido se había quedado prácticamente solo, pues su otrora poderoso ejército había desaparecido. Tras fugarse de la cárcel de La Catedral en julio de 1992, sus enemigos habían eliminado uno a uno a sus hombres de confianza y otros, para salvarse, lo abandonaron y se entregaron a la justicia. Ahora contaba con Gladys y su esposo, el Gordo, una pareja de confianza que colaboraba en algunos menesteres de la casa, así como con Alfonso León Puerta, el Angelito, uno de los últimos sicarios que lo acompañaba y quien hacía las veces de guardaespaldas y mensajero.

En agosto de 1993, cuenta Victoria Henao, “mi marido y yo sabemos que la despedida final habrá de llegar más temprano que tarde porque nuestra situación es insostenible. En los últimos días le hemos dado largas a la decisión y buscamos cualquier excusa —como mi cumpleaños número 33 que está próximo, o una posible visita familiar— para evadir lo inevitable”. Foto: Especial

Manuela, Andrea, Juan Pablo y yo llegamos a la casa azul con vendas en los ojos, luego de permanecer escondidos durante varias semanas en una caleta situada también por el sector de Belén Aguas Frías. Una vez que estuvimos reunidos en el nuevo refugio, me sorprendí cuando Pablo hizo un relato de la manera como había sido pintada la vivienda.

—Pablo, estás loco, cómo hacés eso, por Dios —fue lo único que supe decirle, y él me miró con una risa socarrona.

Es que el color azul claro siempre fue una obsesión de mi marido: así estaba pintada la pequeña habitación que ocupó durante su niñez en la finca de sus padres en la vereda El Tablazo, municipio de Rionegro, oriente de Antioquia. Los rastros de azul claro aún se notan en un pequeño cuarto a la entrada de la casa. Años después, a finales de los sesenta, cuando los Escobar Gaviria llegaron al barrio La Paz de Envigado, donde habríamos de conocernos, Pablo pintó de azul claro su habitación, así como los entrepaños que hacían las veces de biblioteca. Más adelante, cuando ya era muy adinerado, hizo pintar de azul claro un sector de la hacienda Nápoles conocido como Nápoles viejo y un campero Jeep Nissan Patrol en el que solía pasear por los alrededores del municipio de Puerto Triunfo. Obviamente, en su ropero no podían faltar varias camisas y camisetas de ese color. También recuerdo que le encantaban los tonos azul claro del cuadro La marina, pintado por el artista de Yarumal, Antioquia, Francisco Antonio Cano, que yo había comprado y que estuvo expuesto en una de las paredes del edificio Mónaco.

La casa azul sería nuestro último escondite, al que se accedía después de pasar dos puertas: la primera, corrediza, accionada a control remoto y pintada de color verde oscuro para que se confundiera con los árboles y la vegetación. Una vez que ingresaba, el visitante no podía bajar de su vehículo porque se encontraba de frente con un enorme perro pastor alemán y un ganso furioso de plumaje blanco al que le decíamos Palomo. Ese animal había llegado a la casa azul porque —según Pablo— era más peligroso que un perro y había que alimentarlo desde lejos porque era muy irascible. El Gordo compró el ganso en la plaza minorista de Medellín por treinta mil pesos.

Después de pasar la puerta verde y de sortear al perro y al ganso, se abría un segundo portón, azul oscuro, de tres metros de altura. Alrededor del lugar se levantaban postes con alambre de púas que conformaban una especie de barrera para entorpecer la eventual llegada de intrusos.

Nuestra habitación era oscura y desapacible y estaba compuesta por una cama matrimonial con mesitas de noche a lado y lado, y varios libros, entre ellos El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino; Vivir, amar y aprender, de Leo Buscaglia; y Tus zonas erróneas, de Wayne Dyer. Allí también se encontraba un texto sobre ejercicios para la memoria, que Pablo me regaló y lo tuve conmigo durante mucho tiempo porque la dedicatoria que escribió era muy divertida: “Para mi burrita Victoria, que de lo único que se acuerda es de mí”. A veces, antes de quedarme dormida, Pablo se sentaba a la cabecera y yo leía frases que él escuchaba en silencio.

Por lo general me acostaba a media noche muy agotada, pero me despertaba continuamente sobresaltada por el miedo y la horrible sensación de abrir los ojos y ver un fusil apuntándome a la cara, como había sucedido en numerosas ocasiones. Esta pesadilla de levantarme asustada, de no poder conciliar el sueño profundamente, habría de acompañarme hasta el año 2015 cuando logré superar este trauma, luego de más de dos décadas de intenso trabajo con especialistas de varias disciplinas y retiros espirituales.

Entre tanto, y como era su costumbre desde hacía años, Pablo llegaba a dormir a la madrugada, casi siempre después de las cuatro de la mañana. Pero a diferencia de otras épocas en que las trasnochadas tenían que ver con sus negocios o sus mujeres, el otrora poderoso jefe del cártel de Medellín debía esperar el amanecer porque le tocaba hacer la guardia de su propia caleta.

Mientras mi marido dormía profundamente, me levantaba a las siete de la mañana para bañar y darle el desayuno a Manuela. Luego, hacia las diez, encarnaba el papel de profesora de español, para que la niña, que entonces tenía nueve años y cursaba cuarto de primaria, no se retrasara académicamente. Andrea le enseñaba matemáticas, geografía, historia y estética. Mientras tanto, a Juan Pablo le enviaban copia de los cuadernos del mejor alumno de su antiguo colegio, así como una lista de las tareas y ejercicios que debía desarrollar en cada materia. Esa fue la única manera que se me ocurrió para no interrumpir del todo la educación de mis hijos, pues desde hacía cerca de seis años habían dejado de asistir a un colegio normal.

Recuerdo que la educación de Manuela y Juan Pablo se complicó el día que Pablo me citó a la hacienda Nápoles y me notificó que por razones de seguridad no podían volver al colegio.

—Lo que me estás diciendo es imposible, míster. Eso no va a ocurrir; la educación de nuestros hijos está por encima de cualquier cosa —le dije, pero su respuesta me dejó sin argumentos.

—Tata, aceptas mi decisión o ¿prefieres ver a tus hijos desaparecidos, secuestrados o muertos?

Parar en seco y cancelar los estudios de Manuela y Juan Pablo era impensable y me parecía una locura aceptar que la guerra nos arrebataba el único espacio que mis hijos tenían para aprender, para comunicarse con chicos de su edad. En ese momento me quedé aturdida y le dije a Pablo:

—Míster, prestame el teléfono que tienes instalado en el Jeep, porque voy a encontrar la solución a este problema.

Llamé a la directora de la escuela de niñas de La Paz y le pedí ayuda porque sabía que tenía buenas conexiones y podría lograr que Manuela y Juan Pablo estudiaran en casa, autorizados por la Secretaría de Educación de Medellín. Presentamos los documentos necesarios y en un mes y medio Manuela tenía seis profesores que le enseñaban inglés, español, matemáticas, educación cívica, teatro, canto y cultura general. El caso de Juan Pablo lo resolví con varios maestros que me habían dado clase en el Liceo La Paz —donde estudié bachillerato— y aceptaron ir a nuestro departamento a dictarle clases de varias materias. Ellos tenían que llenar quincenalmente las boletas que enviaba la Secretaría de Educación para legalizar los avances académicos.

“Pablo llegaba a dormir a la madrugada, casi siempre después de las cuatro de la mañana. Pero a diferencia de otras épocas en que las trasnochadas tenían que ver con sus negocios o sus mujeres, el otrora poderoso jefe del cártel de Medellín debía esperar el amanecer porque le tocaba hacer la guardia de su propia caleta”, narra “La Tata” en el libro Pablo Escobar: mi vida y mi cárcel.Foto: Especial

Mientras vivimos en departamentos o casas el asunto era manejable, pero en la clandestinidad —que fue la mayoría del tiempo— las cosas se complicaban demasiado y por eso Andrea y yo debíamos hacer el papel de profesoras. Como sucedía en la casa azul, donde me encargaba de darle una clase diaria a la niña.

Una vez que terminaba la improvisada cátedra, sobre las once de la mañana me iba a la cocina a prepararle a Pablo el desayuno-almuerzo, que invariablemente consistía en arroz, huevo frito, carne de res asada, rebanadas fritas de plátano maduro, arepa, ensalada —de remolacha, principalmente, con un poquito de tomate picado, limón y sal—, y un vaso de leche, según él vital para fortalecer los huesos. Aparte de su menú diario, de vez en cuando le encantaba comer pequeñas porciones de arroz con leche, banano, mazamorra y arepa de mote con quesito y mantequilla.

Con todo, casi siempre Pablo fue cuidadoso del exceso de comida y mantener su peso era prioritario, aunque la vanidad lo llevaba a controlarlo de una manera muy curiosa: una vez que se levantaba poco antes del mediodía, sacaba una cuerda de un cajón, se medía la cintura y hacía un nudo en el tope; al día siguiente repetía la operación y confirmaba si el nudo seguía en el mismo sitio o había que correrlo hacia adelante o hacia atrás. Pese a su obsesión con el peso, era evidente que en esta última etapa de su vida estaba pasado de kilos debido al estrés y la soledad.

La rutina de Pablo seguía luego con la lectura de los periódicos El Tiempo, El Colombiano y El Espectador, que Gladys o el Gordo salían a comprar todas las mañanas; los ojeaba y estaba pendiente del reloj para no perderse los noticieros de televisión de las 12:30 del mediodía. Era muy molesto porque cambiaba de canal constantemente pues no quería perderse las noticias que hablaban sobre él. De acuerdo con la gravedad de lo que dijeran los informativos, Pablo y yo nos sentábamos a conversar sobre los pasos que deberíamos dar con respecto a nuestra seguridad y la de nuestros hijos.

Ya en ese momento la guerra había pasado a un segundo plano porque Pablo había perdido la capacidad de ordenar atentados terroristas y ahora casi todo lo que decían sobre él estaba relacionado con su eventual segundo sometimiento a la justicia, con las condiciones de seguridad que exigía, así como la garantía de que nosotros viajáramos a otra nación en calidad de exiliados.

La casa azul tenía un estacionamiento espacioso en el que podían estacionarse hasta una decena de vehículos, pero ante la escasez de visitas se convirtió en una especie de zona de recreación, un espacio multiusos que además servía de cancha de futbol y de basquetbol. Dado que los días eran largos y las noches eternas, y como no podíamos salir, nos vimos forzados a inventar un mundo ideal. Por eso, con alguna frecuencia y para aprovechar el sol, nos poníamos el traje de baño y nos bañábamos con una manguera que tenía buena presión. A Pablo le encantaba disfrutar de esos instantes porque lo relajaban. Esa era otra manera de escapar de nuestra dura realidad.

La rutina diaria incluía sostenerle el espejo para afeitarse. Luego le hacía la manicura y la pedicura. Ahora bien, durante los años en que compartimos la vida en familia, siempre fui la peluquera de mi marido. Muchas veces le dije que conocía personas capacitadas que podían ir a casa a cortarle el pelo, pero nunca aceptó. Menos mal que Pablo tenía un estilo definido de corte, fácil de hacer. Recuerdo que a medida que yo iba quitando, él se alisaba con una peineta negra y luego cogía entre los dedos algunos pedacitos de pelo que sentía que le sobraban y me decía: “Corte aquí, mi amor”. Debo reconocer que el resultado no era el mejor y el cabello de mi marido se veía trasquilado, disparejo, pero él se sentía cómodo así.

Hasta el último día que estuvimos juntos y aun en los peores momentos, Pablo mantuvo una costumbre que se convirtió en una desesperante manía: bañarse y lavarse los dientes durante cerca de dos horas. Todos los días. No exagero. Durante ese tiempo, que parecía eterno, usaba el hilo dental y lo pasaba diente por diente muchas veces, con toda la calma del mundo, y luego se cepillaba infinidad de ocasiones con un cepillo Pro para niños.

—Míster, dejá de ser tan exagerado… dos horas para bañarse y lavarse los dientes es demasiado.

—Tata, debo cuidarlos mucho porque no tengo la posibilidad de ir a un odontólogo… no puedo imaginar siquiera que me dé un dolor de muela.

En efecto, Pablo nunca tuvo problemas con su dentadura, pero yo sí. Una de esas veces fue justamente en la casa azul, un día que amanecí con un terrible dolor de muela. Ir con mi odontólogo de cabecera era inevitable y muy contra su voluntad mi marido no tuvo otra opción que aceptar. Claro, bajar a la ciudad era muy arriesgado, pero al mismo tiempo lo veía como una oportunidad para tomar un poco de aire, ver gente, observar algo distinto a las cuatro paredes de la caleta donde estábamos escondidos.

La visita al odontólogo en el centro comercial San Diego, en el suroriente de Medellín, también incluía a Manuela y a Andrea, que al menos por un rato se distraían del duro encierro. Las tres salíamos de la casa con anteojos negros y pañoletas y caminábamos con la mirada hacia abajo para que nadie nos reconociera. Y mientras el odontólogo hacía su trabajo, Andrea caminaba con Manuela por los alrededores, pero muertas del susto. La sensación de zozobra por esos pocos minutos de libertad era muy fuerte porque sentíamos que seríamos secuestradas o que alguien llegaría a atacarnos a balazos. No podía estar tranquila un segundo.

No es errado afirmar que quien más sufría con el encierro era Manuela. La niña quería ir con la abuela Nora, con sus primos, con sus amiguitas del colegio, ir a montar a caballo, en fin, hacer las cosas normales de una menor de su edad, pero su padre era estricto en mantenernos alejados del mundo exterior por cuestiones de seguridad. Solo excepcionalmente y cuando Manuela llegaba al límite de la desesperación, Pablo accedía a dejarla ir el fin de semana con una de sus profesoras.

Por esa razón, entre todos debíamos esforzarnos para hacerle más llevadero el día a día a la niña. Una de las cosas que se nos ocurrió fue pegar estrellas fluorescentes en el techo de nuestra habitación para que Manuela las viera cuando se acostara en la cama con Pablo y conmigo. Ella era especialmente cariñosa con su papá y de vez en cuando, antes de quedarse dormida, le decía: “Cuando no pueda verte o no estés conmigo, papá, ¿te puedo buscar en las estrellas mirando al cielo?”.

Apenas se quedaba dormida la pasábamos a una cama improvisada al lado de la nuestra. Así se sentía acompañada. En muchas ocasiones también, en las madrugadas, y cuando la zozobra hacía trizas la tranquilidad en la casa, Manuela y Pablo iban a la cocina a freír mortadela en una cacerola y la comían con arroz y Coca Cola. Hoy todavía ella conserva esa costumbre y de vez en cuando le pide a alguien que venga de visita a Buenos Aires desde Colombia, que le traiga mortadela de esa marca porque acá no se consigue. Nunca olvidó que la comía con refresco al lado de su papá.

Recuerdo que una vez, mirando las noches estrelladas en la casa azul, descubrimos con Manuela un astro de color azul cobalto, muy especial, que sobresalía en el firmamento. Veinticinco años después esa estrella aún acompaña a mi hija a cada lugar donde se encuentre; y en sus noches de insomnio, en la soledad del balcón de su casa, con el dolor que lleva en lo más profundo de su corazón, siempre la busca para hablar con Pablo.

Aun cuando Pablo siempre fue muy callado, yo sentía la soledad de mi marido. Se le notaba cierta impotencia por haberse quedado solo, sin en quien confiar. ¿Cuándo debíamos salir corriendo de nuevo? No lo sabíamos. Solo estábamos pendientes de unas muy pocas posibilidades: entregarse —proceso de negociación que estaba en manos de uno de sus abogados, quien mantenía contacto directo con la fiscalía y con algunos funcionarios del gobierno del presidente César Gaviria— y que nosotros saliéramos del país.

Por aquellos días de incertidumbre Pablo me dijo que estaba pensando hacer los arreglos necesarios para traer a su madre, a quien no veía hacía varios meses y extrañaba. Se trataba de una operación riesgosa y era necesario traerla con los ojos vendados, pero se empecinó en llevarla a cabo con un par de hombres de su entera confianza, al tiempo que empezó a preparar una habitación de la casa azul para hospedarla.

Fragmento del libro Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar, de Victoria Eugenia Henao. Planeta, © 2019. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.