“Es sabido que ella está casada con José María Rioboó, amigo personal del Presidente y asesor del mismo en varios temas. Ya muchos han señalado este potencial conflicto de intereses”. Foto: Cuartoscuro

Escribí en este espacio, hace algunas semanas, los problemas que acarrea el gobernar a partir de símbolos. Más en concreto, de actos simbólicos que representan más de lo que significan. Puede ser muy efectista el asunto del coche blanco del Presidente o la falta de un avión presidencial pero, en términos concretos, sirve poco para mejorar la gobernabilidad. Como ejemplos de lo anterior hay por doquier, no los repetiré ahora.

Me ocupo, sin embargo, del asunto particular de la nueva Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: Yasmín Esquivel Mossa. No la conozco e ignoro si tiene las calificaciones necesarias para ocupar dicho puesto. Supongo, sin conceder, que los tiene; que su carrera como abogada le da las credenciales suficientes para aspirar a un puesto en el máximo tribunal del país.

El problema son los símbolos.

Es sabido que ella está casada con José María Rioboó, amigo personal del Presidente y asesor del mismo en varios temas. Ya muchos han señalado este potencial conflicto de intereses: que el Presidente tenga injerencia en el poder judicial que, por la forma en que está conformado nuestro estado, debería ser por completo independiente de los otros dos poderes. Si ya es preocupante que el legislativo parezca acatar los mandatos presidenciales, mucho más lo es el que existan formas de presionar al poder judicial.

Nunca he creído que AMLO sea ingenuo. Por el contrario, sabe moverse bien en los terrenos políticos y es capaz de anticipar reacciones a cada uno de los actos que lleva a cabo. Sabe, entonces, que lo normal es que se señale el asunto de la elección de la nueva ministra. El simple hecho de haberla propuesto en la terna para ocupar el puesto ya tenía algo de escandaloso. Algo que se volvió inmenso al ser elegida con los votos de, sobra decirlo, la bancada de Morena y los de los senadores que fueron convencidos.

¿Y los símbolos? Se resquebrajan. La simple sospecha de que exista un conflicto de intereses es un conflicto de intereses. Impulsar a la abogada también lo es. El mensaje que se está mandando es claro: la voluntad del presidente vale más que cualquier posible conflicto. Ya no es un asunto de utilizar un coche sin blindaje o trivialidades de ese tipo. Ahora se ha dado una muestra de poder con la que el Presidente demuestra que poco le importa la opinión pública. Mucho menos, el asunto de los símbolos cuando éstos no operan a su favor. Quizá confía mucho en los datos de aprobación que tiene. Su confianza está fundada. Sin embargo, para muchos de los que creímos en su proyecto, los símbolos positivos son apenas eso: una representación que no sirve para mucho. Y los negativos son peores: la muestra más contundente de que el cambio prometido no se llevará a cabo.

Ojalá me equivoque.