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Maite Azuela

16/08/2016 - 12:03 am

En México guardo las faldas cortas

La desolación de deshacer la maleta es inversamente proporcional a la emoción de empilar vestidos limpios y perfectamente bien doblados para emprender un viaje. Pues sí, sacar ropa sucia y aventarla en el cesto hace evidente el regreso a la normalidad. Pero ese no es el único acto que me devuelve la consciencia de que […]

 La forma en la que vestimos, por superficial que parezca, define en cierta medida nuestra libertad de movimiento. Foto: Cuartoscuro.
La forma en la que vestimos, por superficial que parezca, define en cierta medida nuestra libertad de movimiento. Foto: Cuartoscuro.

La desolación de deshacer la maleta es inversamente proporcional a la emoción de empilar vestidos limpios y perfectamente bien doblados para emprender un viaje. Pues sí, sacar ropa sucia y aventarla en el cesto hace evidente el regreso a la normalidad. Pero ese no es el único acto que me devuelve la consciencia de que estoy de vuelta a la Ciudad de México, sino la inevitable reflexión de que todas las faldas cortas y los shorts deben quedar fuera de mi acceso, a pesar de que el calor aquí ameritaría salir a la calle vestida de verano. Pero solo de imaginar las miradas lascivas de algún transeúnte, continúo con la labor y dejo a un lado cualquier pieza de ropa que me quede arriba de las rodillas.

¿Cuántas mujeres se sentirán inhibidas para vestir ropa fresca? Seguramente esta reflexión cotidiana es una constante entre las mujeres que utilizan el transporte público para moverse en la ciudad. La forma en la que vestimos, por superficial que parezca, define en cierta medida nuestra libertad de movimiento. De niñas nos ponen faldas y nos instruyen para no levantar demasiado las piernas, evitar cualquier movimiento que exhiba lo que hay debajo de la falda y elegir juegos y deportes que en el recreo mantengan intachable nuestra condición pudorosa. Crecemos y aprendemos el costo de traer las piernas libres de ropa. De adolescentes y adultas enfrentamos reacciones diversas: el acoso pasivo de quienes no emiten palabra pero observan como si gritaran, los que no contienen la voz y “bromean” con alguna guarrada, los que incluso sienten derecho de insinuarse y los que de plano lanzan un asqueroso manoteo.

La pregunta no es menor, porque en otros países ese tipo de acoso no es una constante. Desde que inicia la primavera muchas mujeres y hombres visten ropa fresca y corta, sin que ello signifique la posibilidad de ser agredido. ¿Por qué en México no es así? De acuerdo con el estudio de 2015 realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo “El porqué de la relación entre género y transporte”, el 40 porciento de las mujeres entrevistadas en la ciudad de México, modifica su vestimenta para evitar algún tipo de violencia en el Sistema de Transporte Colectivo.

El acoso no ocurre sólo en el transporte público, seamos honestos. Ocurre en todas partes, en un centro comercial, en la recepción de una oficina de Polanco, en una librería del centro. La violencia que se ejerce en los espacios públicos adquiere dimensiones similares a la violencia que sucede puertas adentro. La enorme tolerancia social que hay al respecto de la chuleada o la piropeada, raya incluso en la incitación colectiva. No son solo los albañiles los que lanzan besos chiflados para convidar a los suyos al breve acoso, es común que, si un hombre no ha notado que una mujer entró de falda corta a comprar un café, otro con un buen codazo se encargue de alertarlo.

Lo interesante es que las medidas de prevención del acoso callejero están siempre enfocadas a las mujeres, a “protegerlas” a “empoderarlas”, pero no se destinan campañas de educación para hombres. El tema de la masculinidad contra el machismo está sumamente marginado. No vendría mal plantear las preguntas desde el origen de los acosadores ¿Qué hace que un hombre vea con morbo a una mujer de falda corta? ¿Qué lo lleva a sentir que tiene derecho a acosarla? Su educación, sus costumbres familiares, su pobre cultura. ¿Cuántos padres frente a sus hijos señalan a las mujeres y hacen aspavientos para inhibirlas? ¿Cuántos hijos de estos padres lo repiten? Es una práctica de manada que debería generar vergüenza en lugar de orgullo y sentido de pertenencia.

¿Será posible rediseñar campañas contra el acoso en las que se generen incentivos para no acosar y no sólo motivadores para denunciar? Tendríamos que apostar a que el acosador sienta que su conducta es reprobada hasta por sus más cercanos. Tendríamos que colocar la responsabilidad del acoso en el victimario, en su historia, en sus principios distorsionados. Tendríamos que cambiar la aspiración de ser un macho visible por la aspiración de ser un hombre de autodominio.

Por lo pronto.. las faldas cortas quedan reservadas para la siguiente maleta.

Maite Azuela
Analista Política y Activista por los derechos humanos y la rendición de cuentas. Maestra en Políticas Públicas por la Universidad de Concordia, Canadá. Colaboradora de Uno Noticias. Dirige la organización Dejemos de Hacernos Pendejos y forma parte de redes ciudadanas para el impulso de los derechos políticos y la defensa de los derechos humanos. Fue servidora pública durante una década y entre las instituciones para las que laboró están el Instituto Nacional Electoral (INE), el Instituto Electoral del Distrito Federal (IEDF) y el Instituto Nacional de Acceso a la Información Pública (INAI).

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