Foto: Óscar de la Borbolla

El amor es uno de los asuntos más pensados y repensados a lo largo de la historia, y no hay enfoque que no lo haya puesto su mira en él. Hoy, sin embargo, quisiera acometerlo desde un ángulo novedoso, novedoso al menos para mí, quisiera hablar del amor como la modalidad más humana que adquiere nuestro instinto más fuerte: el instinto de supervivencia. Y de ninguna manera estoy pensando en la reproducción, en la perpetuación de nuestra especie, sino, literalmente, en sobrevivir como individuos.

Nuestra historia instintiva es ahistórica y lo que propiamente llamamos historia no es sino el decorado con el que vamos disfrazando esos impulsos atávicos. En el nivel básico todos hacemos lo mismo: luchar por sobrevivir o, si se prefiere, mantenernos con vida. Y no sólo todos los seres humanos, sino todos los seres vivos y desde que comenzó la vida. Así, el primer organismo que hubo hace 3,800 millones de años, las bacterias unicelulares llamadas precariotas, tenían ya ese instinto de supervivencia que no consiste en otra cosa más que en agenciarse lo de afuera, en llevar adentro lo que está en el exterior. Ser vivo es ser un centro devorador.

Nosotros, descendientes de esas bacterias originarias, también necesitamos de lo otro y por ello lo queremos todo, todo para nosotros. Pero nosotros, por más que nos experimentemos como el centro del universo (así nos captamos) no podemos arramblar con todo y como, además, la educación nos enseña los límites, y los demás son rivales que también quisieran todo para ellos, hemos remodelado nuestro instinto de supervivencia cambiando el tenerlo todo por ser el centro de las miradas. Las pálidas facultades con las que nacemos van siendo agudizadas, desarrolladas, perfeccionadas por nuestro esfuerzo y terminamos apoderándonos de algún centro cuando, por fin, somos alguien.

Ser escritor, ser maestro, boxeador, bailarín, torero… hace que las miradas se dirijan a nosotros. No tenemos la desmesura de Alejandro Magno, Napoleón o Hitler de ambicionar ser los dueños del mundo, el centro de la humanidad; pero sí el jefe, la prima ballerina, el campeón mundial, el premio Nobel… sin embargo, es rara la conjunción de factores que podría llevarnos al centro de alguna de las muchas actividades que existen: talento, perseverancia y suerte. Y generalmente hay alguien más que está por encima de nosotros: un jefe más alto, un pintor más reconocido, un boxeador que, en pocas palabras, nos noquea.

Y sin embargo, hay una posibilidad de ser absolutamente el centro y, prácticamente, está al alcance de cualquiera: el amor. En cualquiera de las actividades que realizamos podemos ser sustituidos; en cualquiera de los logros que obtenemos podemos ser aventajados por otro. Sólo en el amor somos únicos e imprescindibles: no intercambiables, al menos mientras dure el amor. En el amor soy el centro de la vida del otro. Así, el instinto de supervivencia (necesitar lo otro), que se expresa como la aspiración de ser el centro de todos, se convierte modesta pero eficazmente en ser el centro de alguien. Y por eso nos gusta que nos quieran y, a veces, nos gusta tanto, que llegamos a depender completamente de ese otro particular que nos ama y lo necesitamos tanto que sin darnos cuenta también llegamos a amarlo.

Si no tuviéramos ese instinto de supervivencia, si no necesitáramos, no sólo no amaríamos, no nos moveríamos, no haríamos nada, el mundo entero nos sería indiferente. Es el hambre de sobrevivir; el hambre de seguir siendo lo que nos mantiene interesados en encontrarnos en el centro del mundo y en el centro de la vida de otra persona.

Cuando el instinto de sobrevivir amaina, el mundo se vuelve pálido y el amor deja de interesarnos. Estar vivo es querer seguir estando vivo, luchar por ser el centro de algo o de alguien. Cuando se pierde el interés en estar vivo, cuando no importa nada ya, estamos en la muerte. No la muerte como súbita desarticulación de nuestro organismo, sino esa muerte que es la pérdida del instinto de supervivencia: la muerte en vida: la indiferencia, el hastío de vivir, el desgano, el tedio, el fastidio. El amor es, en suma, esa extrema experiencia de sentirnos vivos y, por fin, en el centro. Y la muerte, volvernos excéntricos sin que ya nos importe.

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