En la parálisis que ahora vivimos todo esto se ve cuestionado. Foto: Dennis Miranda, Instagram dennis_miranda93

Tiempos extraños que nos hacen aturdirnos de series, saturarnos de comentarios inútiles en las redes, sumergirnos en el Face hasta la ignominia, execrar a la 4T, quejarnos de la crisis mundial que nos priva de todo, deprimirnos, enojarnos, frustrarnos e instalarnos en el lloriqueo y la desgracia; curiosamente este lamentable encierro es el ámbito en el que los artistas, los que realmente lo son, viven siempre. La reclusión, lejos de ser una pesadilla, es un paraíso en el que el creador encuentra la fortaleza interior, la cualidad, los momentos privilegiados que requiere para poder concebir su obra.

Mientras las calles se vacían y la naturaleza intenta recuperar los espacios perdidos, el artista mira a través de su ventana. La ciudad en calma se asemeja al espacio en el que habita. Las horas que pasa transitando de un muro a otro, de un boceto a otro, reproducen la existencia más allá de su taller. Alguien camina en la acera de enfrente. Más tarde, una enfermera huye de sus agresores. En la esquina una pareja discute. En algún momento un organillero hace sonar sus notas desafinadas, ¿a dónde irá, veloz y fatigada la golondrina que de aquí se va?

Los demonios de cada día expulsan a su musa. La renta, la luz, el gas, la beca del Fonca, la comida. Hoy, los otros, los de afuera se le parecen. Viven en una disyuntiva, administrar el tedio vital, perder el trabajo, cerrar el negocio, soportar la angustia de vivir al día y no poder satisfacer ni lo más mínimo de sus necesidades.

¿Cómo soportar una situación así? Muchos como él, se amanecieron considerando los posibles desenlaces de esta crisis. ¿El fin del arte? El artista piensa en ello continuamente. Los mercados tiemblan, se caen. Son metáfora del cansancio de un sistema que engulle todo y ahora reposa indigesto. El arte renunció a su valor más elevado, terminó convertido en un commodity: símbolo de opulencia para quien puede pagarlo, decoración banal, compradores y coleccionistas obsesionados con las rúbricas. El artista ha contribuido a ello porque, ¿quién quiere ser pobre? Todos hemos construido este mundo ávido, eternamente insatisfecho.

Hoy no es un día para trabajar. Duelen las neuronas, la desazón desgasta. El mundo esta parado. Al revisar algunos de los catálogos entre las mil exposiciones de la industria cultural (museos, bienales, ferias, exposiciones universales etc.), llama la atención la urgencia por romper records de taquilla. Los precios alcanzados por ciertos artistas, los absurdos costos de los museos diseñados por los dioses arquitectos, las superlativas cifras alcanzadas por obras en subastas. En los últimos tiempos el mundo del arte, como llamamos a esa gran “cadena alimenticia”, se ha saturado de un montón de intermediarios que generan bienes impresionantes con el trabajo del artista.

En la parálisis que ahora vivimos todo esto se ve cuestionado. Lo único que parece seguir en pie más allá de los mercados, de los intereses masificados, de las negociaciones de ventas, es la entereza de quien, siendo artista, ve pasar un día más. A lo largo de la historia son muchos los que han tenido que lidiar entre la ambición del éxito y la tranquilidad económica o entregarse a una labor exhaustiva aún sin saber a dónde llegará su trabajo.

Andrei Rublev fue el pintor de iconos más celebre de su época. En su juventud, tuvo que lidiar con el dilema entre la ambición por ser una estrella o el anhelo por plasmar el misterio de lo sagrado. Podemos imaginar la vida de un joven impetuoso, con un talento desbordante como el que tuviera un Miguel Ángel, encerrado en un monasterio en Rusia con montañas de nieve bloqueando la salida. Desolación, angustia, eran los estados por los que transitaba Rublev. ¿Ser un pintor famoso? Largarse de Rusia y vivir en Europa, Italia, ¿por qué no?, o entregarse a la noche oscura del misterio. La historia del arte nos permite conocer el final de sus tribulaciones. Las magnificas obras que dejó son la muestra de que su encierro bien valió la pena. Rublev representa la ambición humana transformada en el gesto de lo sagrado.

La película Van Gogh, del director Maurice Piallat, es testimonio de la genialidad de dos artistas. Por un lado, Piallat logra una obra maestra en sí misma. Los momentos de un artista que lejos de ser víctima del mundo, consideró que tenía la capacidad para salvarlo a través del arte, Van Gogh lo creyó sinceramente. Para él cada flor, un paisaje, la pequeña calle de Arles, sus viejos zapatos, significaban un encuentro, el milagro de la existencia. Por eso pintó rastros de lo que consideraba el verdadero sentido de la vida. En las cosas nimias, en los detalles que se nos escapan, supo encontrar la dicha y la grandeza del ser humano. Su aislamiento al sur de Francia implicó salirse del mundo que lo contaminaba de apetitos burgueses, de compensaciones inmediatas.

Mark Rothko pasó la mayor parte de su vida encerrado en su estudio de la calle Bowery de Nueva York. No podía faltar el whisky ni las óperas de Mozart, mientras las bocanadas del humo de sus cigarros se colaban en los universos por él representados. Rothko supo de dignidad como ningún artista. Rechazó que su obra fuera colocada en el comedor del rascacielos Seagram de Nueva York. No quería ser exhibido como una frivolidad más. Su trabajo aspiró a una realidad más elevada. Desesperado, salvó sus cuadros de perderse entre las conversaciones triviales y los elegantes platillos deglutidos por una sociedad hambrienta de consumo. Devolvió el cheque con el pago total, que para esa época lo convertía en el artista mejor pagado vivo de la historia. Paradójicamente esa serie de murales se encuentra cautiva en un museo hoy cerrado, la Tate Britain. Es la prueba de vida de un melancólico que jamás aceptaría el fracaso o la frustración como bandera. Convirtió la nostalgia y la desesperanza en insumos de la creación artística. Rothko exigió del mundo lo que él le daba. Deseó profundamente que el arte fuera un vínculo para la espiritualidad de cada ser humano. Frente a sus murales, hoy se puede aspirar al gozo profundo más allá de la materia, en la materia.

En el documental de Gerhard Richter painting, a los 79 años, el artista fue filmado confinado en su estudio mientras producía su obra. Enormes lienzos abstractos en los que usa brochas de color que luego son deconstruidas, casi borradas, para abordar lo inédito. El enigma de su obra se hace presente sin revelarse, no hay manera. Richter lleva una vida monacal encerrado en su creación. Difícilmente podríamos imaginarlo atrapado en la trivialidad. Le cuesta hablar, hacer declaraciones públicas no es lo suyo. Su timidez parece no corresponder con el poder de su obra y con la incomodidad que expresa cada vez que la cámara invade su espacio. Sus cuadros se venden en mercados secundarios y subastas arriba de los 40 millones de euros. Cuando se le menciona el asunto, muestra de nuevo su incomprensión. No parece muy entusiasmado cuando escucha esas cifras. Sabe que ese es el mercado que vende, compra, inventa y destruye a un artista con una voracidad increíble. Richter lleva más de cuarenta años instalado en la celebridad, a pesar de sí mismo. Al final del documental se muestra arrepentido por haber permitido que alguien entrara a perturbar su intimidad. Su encierro es un privilegio que no quiere compartir con nadie. Con un sarcástico sentido del humor, menciona que siente como si lo hubiéramos invadido en su auscultación con el proctólogo.

Cuando pase la pandemia, el arte seguirá como testimonio de los alcances individuales logrados durante el encierro. Podemos estar tranquilos, volverán las grandes exposiciones, ferias, bienales, ventas millonarias, las filas de los museos recuperarán su longitud absurda. Pero habrá que detenerse a meditar un poco más en que el arte sin duda es lo mejor del ser humano. Es la impronta que el creador entrega al mundo, su legado. Habla por él y por todos nosotros. El artista es un visionario de lo que se oculta a los demás, ¿privilegio o condena? Su destino es el aislamiento que le permite entrañar una realidad distinta. Por eso, después de esta pandemia todo puede ocurrir menos que la creación se acabe. Hoy, sin remedio nos encerramos en nuestros espacios, tenemos la oportunidad de derrochar nuestras capacidades, drenarlas o llevarlas a crear mundos por nosotros insospechados.

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