“This is the end, my only
friend, the end”: The Doors

Nada cambiará.

Cuando todo termine, nada cambiará. Absolutamente nada. Tal vez algunos de nuestros hábitos, ciertas costumbres, pero nada más. La entraña será la misma. Por eso es entraña, que es la extensión oscura y rebelde del corazón que jamás cambia de tonalidad ni de profundidad, y esa profundidad no tiene piso ni límite. Es infinita. Esa no cambia. Los hombres nobles seguirán siendo nobles. Los hijos de puta seguirán siendo unos hijos de puta. Y ya está.

Nada cambiará.

Concedámonos, en todo caso, un cambio pasajero: ahora tenemos miedo. Tenemos miedo de acercarnos, de vernos, de tocarnos, de olernos, de reconocernos. Miedo al contagio que nos destrozaría los pulmones. Miedo en nuestras miradas cuando salimos ahora a las calles. Miedo cuando vemos a alguien que se acerca a cuatro, tres, a dos metros sin ninguna precaución y va directo a nosotros. Tenemos ganas de aventarlos o soltarles una patada o un golpe. ¡Lárgate! Miedo cuando vemos en la televisión las imágenes de cadáveres apilados en hospitales, de hordas rompiendo el cerco y entrando a tropel en reclamo de sus fiambres atrapados en un capullo de plástico que encierra la peste de nuestros días. Miedo a la gráfica de la muerte que nos muestra en su cima el brillo escarlata e implacable del demonio en el espejo de nuestras desgracias cotidianas. Miedo hacia dos tiempos: el del ciudadano que sufre porque tiene que salir a la selva, y hacia el gobernante que oculta porque tiene que mentir para sobrevivir. Ambas son necesidades básicas para la funcionalidad de esos mundos alternativos.

Pero el miedo es como la felicidad. Fugaces. Vienen, estremecen, y pronto se van.

Y después del miedo, ¿qué nos quedará? Seguiremos siendo exactamente los mismos. Un cambio de hábito no nos hará mejores o peores personas porque cada quién es mejor a su manera o peor a su conveniencia. El juego de intereses que es, en realidad, la vida, mantendrá su esencia: la sobrevivencia. ¿O acaso el secreto de la vida no es sobrevivir?

Sin hipocresías. Sin autoengaños. Los mismos de siempre. Los mismos hijos de puta de siempre.

*****

Es madrugada. 2:30. Me arden un poco los ojos.

Escucho a The Doors, por alguna razón que ni siquiera podría explicarme. Los disfruto mucho, sí. Love Her Madly. Fue un impulso, y Morrison ya nos declama.

El virus nos ha contagiado a todos, de una u otra forma. A algunos los manda a la tumba. A otros los envía al miedo, a la angustia, al insomnio, a la incertidumbre. El virus alimenta una duda que nos devora el corazón y que se pregunta, taladrando todos nuestros sentidos, carcajeándose de nuestra muy delgada y débil emocionalidad: ¿Moriré este año?

Hay noticias: ya hemos muerto un poco. Que nos movamos no significa por fuerza que estemos vivos. Estar realmente vivos es otra cosa. Hoy, el ataúd es nuestra propia casa. O la oficina detrás de un tapabocas que sirve pero que no sirve, de unos guantes de plástico que hacen sudar nuestras manos más por temor que por asfixiar los poros. Nuestra tumba la hacemos nosotros, ustedes, ellos, todos. Hablamos pero no estamos viviendo.

Pero no seamos fatalistas: saldremos de esta tumba algún día. Nos faltarán algunos, cierto, y con esa losa en la espalda tendremos que sobrevivir, si es que queremos sobrevivir.

Dolerá su ausencia injusta porque es una lucha dispareja: el virus es un enemigo invisible que no les dio oportunidad de defenderse. Leemos los reportes científicos: el cuerpo humano tiene una línea de defensa inicial – como en el futbol americano – que puede – solo podría- ser capaz de contener al virus. Y si no lo hace, habrá una segunda línea que podría – solo podría- detener, como linebakers, al maldito bicho, pero tarda unos 28 días en rehacerse, mientras al virus le bastan unos cuantos días para perforarte el sistema respiratorio y pulmones y reírse de esa tardanza corporal. Solo somos humanos. Simples humanos, al final del día. O de la vida.

Tenemos insomnio porque sentimos miedo.

Miedo de quedarnos dormidos, inermes, y despertar con el virus devorando nuestras células, nuestros músculos, nuestros tejidos. Rechazamos el sueño porque es caer en la inconsciencia, bajar el telón y apagar la luz, y creemos que así el monstruo se nos podría colar entre la oscuridad. Somos ilusos, en realidad. Siempre hemos sido ilusos ante la sabiduría de la muerte.

Hace algunas noches soñé que tenía coronavirus. No sentía miedo – el sueño también siente y ríe y duele y suda -. Vertían mis pruebas de sangre con otro líquido en un tubo de ensayo, los mezclaban, agitaban levemente y me decían: “Salió positivo”. Escuchaba impávido el veredicto. “Tomará estas dos pastillas cada tres horas”. Vale. Me levantaba y me largaba con el medicamento en la bolsa. Traía el antídoto. Entonces confirmé que en verdad era un sueño.

Cambian nuestros hábitos de momento. Obligados. Es temporal.

Cambian nuestras costumbres de momento. Obligadas. Es temporal.

Cambian nuestras sexualidades. Obligados. Es temporal.

Dos meses de encierro. Y lo que falta. Millones tenemos necesidades similares. Eso no cambia, aunque cada quién las busque, practique y sienta de manera distinta.

La llamé por teléfono una noche. Platicamos. Reímos. Dibujamos nuestros cuerpos, nuestras caricias, nuestros sexos. Comenzamos a masturbarnos y con palabras, frases y gemidos, terminamos casi al mismo tiempo. Gimió de la misma manera como cuando tiene un orgasmo entre nuestros sudores sin pudores. De alguna forma hay que vivir nuestra sexualidad en tiempos de cuarentena. Comemos. Bebemos. Soñamos. Amamos.

*****

Leer. Escribir. Trabajar desde casa. Ver series o películas. Llamar a los amigos. Terapia involuntaria. Que la noche no llegue tan rápido. Asumir la cuarentena bajo una filosofía que solo tiene dos puertas: la vives o la arriesgas.

Me asomo a la ventana de nuestros días sin tiempo, de nuestro reloj sin horas, de nuestro encierro temporal, y veo a familias caminando de la mano como si estuvieran en Chapultepec. Otros, corriendo sudorosos y salpicando sin ninguna precaución. Algunos más con raquetas en la mano para jugar squash en la cancha del frontón del fraccionamiento. Me dan ganas de gritarles: ¡Ningún lugar es seguro, cretinos! ¡Ni siquiera ustedes saben si tienen el virus o no lo tienen! Pero cedo en el intento. Sería inútil. La estupidez humana es infinita y universal. Esa es otra parte jodida de este bicho de mierda: además de ser invisible, no huele ni se manifiesta ni alerta. Puede estar allí, más cerca de lo que podríamos imaginar, sin que lo notemos siquiera.

Salgo ocasionalmente, unas 3 horas en total por semana. Al súper. A comprar comida. Y ya está. No más. Si se me antoja algo repentino, sobre todo, al caer la noche –soy tragón- me aguanto. Me da miedo ir a la tienda por unas galletas de canela o por un Gansito. Me encantan. Pero no me lo perdonaría: contagiarme por una debilidad mundana, por un par de minutos de flaquear, por un arrebato que podría costarme la vida. Hay que joderse.

Pero esto pasará. Algún día volveremos a la normalidad. De eso que nadie tenga duda. El ser humano es flexible al infortunio: es un animal que se adapta a guerras, terremotos, inundaciones, huracanes, plagas, pestes, se levanta, se sacude y a darle. Es nuestra naturaleza: levantarnos. Con o sin virus, quien quiera lamentarse de por vida, allí se quedará: en el agujero negro de su propia desgracia.

Pasarán los días del virus. De la peste. Del terror. Del miedo. De los pulmones perforados. De la muerte no, por supuesto, porque la muerte siempre será la estación final del tren: segura, impasable.

Pasarán los días de la peste y seguiremos siendo los mismos. Con diferentes hábitos, sí. Con otras costumbres, seguramente. Pero el corazón noble continuará siendo noble, y el hijo de puta seguirá siendo exactamente el mismo hijo de puta sin o con pandemia: el que lucra con la desgracia ajena, el gobernante que minimiza el riesgo de millones mientras él pontifica desde su palacio, el patrón que obliga a los trabajadores a laborar con el peligro de contagiarse, el que despide al obrero sin liquidación, el que prefiere tirar comida a regalarla, el que miente para proteger sus canalladas, el indiferente a la calamidad del prójimo, el que estornuda o tose sin ninguna precaución, el que se molesta cuando se le exige mantener la distancia, el farmacéutico que elevó el precio de los medicamentos o de alcohol o de gel desinfectante hasta en cuatrocientos o quinientos por ciento, el dueño del colegio privado que exige pago de mensualidades a tiempo, el gobierno que no perdona impuestos, el arrendador que pide renta completa, el que ignora medidas sanitarias, el que no dejará de ser, jamás, un hijo de puta.

La cuarentena pasará. Algún día. Pronto.

Será equivalente a una quinta estación del año.

Tendrá la fuerza para inocularnos miedo, pero no suficiente para cambiar nuestro corazón o entrañas. Permanecerá intacto el corazón porque es como un diamante: imposible modificar su esencia.

Pasará, todo, algún día. Y seguiremos siendo los mismos. Tal cuales. No nos engañemos.

 

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