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Sandra Lorenzano

19/11/2023 - 12:02 am

Sumergirse en el silencio

“Es que no hay un solo tipo de silencio: el silencio puede ser condena o búsqueda, sombra o luz”.

¿Han sentido alguna vez la tentación de huir del ruido que nos rodea, del palabrerío inútil y violento? ¿No han pensado nunca en escapar de las voces que buscan justificar lo injustificable -como los bombardeos sobre inocentes, los crímenes contra quienes tienen otro color de piel, otra religión, otro cuerpo, una manera diferente de amar- o aquellas que pretenden cancelar derechos conseguidos tras décadas de lucha? ¿No han querido esconderse del balbuceo agresivo y banal que tantas veces resuena en las calles, en las redes sociales, en quienes tienen un pedacito de poder, incluso el más insignificante? ¿No han sentido, como yo, la necesidad de sumergirse en el silencio?

¿Me dejan hablarles de mi obsesión por el silencio; de mi necesidad de silencio y a la vez de la inquietud que me provoca? Pero tal vez ustedes se pregunten de qué hablo cuando hablo de silencio. Mientras escribo, suena fuera la sirena de una ambulancia, el motor de los autos que cruzan avenida Insurgentes, la escoba hecha de ramas con la que un hombre mayor despeja de hojas la calle todos los días a las 6 de la mañana. En un rato sonarán los pregones que hacen de ésta una ciudad inmensa que, sin embargo, tiene memoria cotidiana de barrio en las voces del vendedor de tamales, del camotero, del afilador, del repartidos de gas (con ese grito que recuerda lo mismo al canto cardenche que a los cantores sardos). ¿De qué hablo entonces cuando hablo de silencio? Podría decir que justamente de lo contrario de lo que vivo mientras escribo estas líneas. Pero no es así, o no solamente. ¿No te molesta el ruido?, me preguntaban mucho cuando me mudé a esta casa, y yo siempre respondía que en realidad el ruido me hacía compañía; en especial durante la pandemia era un modo de recordarme que no importaba cuán intensos fueran los tumultos interiores o los miedos que yo estuviera viviendo, aún había vida allí afuera, había aire y sol y abrazos y niños y proyectos. Y especialmente en mi balcón: pájaros y jacarandas. El ruido del afuera me ayudaba a refugiarme en mi silencio interior.

Es que no hay un solo tipo de silencio: el silencio puede ser condena o búsqueda, sombra o luz. Puede ser brutal imposición o encuentro íntimo. Recuerdo los relatos de quienes, encerrados por regímenes criminales, ante la prohibición de hablar buscaron maneras de comunicarse, a pesar de todo: pequeños golpes en el piso, a modo de clave morse, o mensajes escritos en pedacitos de papel higiénico y dejados entre los ladrillos para que fueran leídos por alguien más, como lo cuentan quienes pasaron por los feroces centros clandestinos de detención de las dictaduras argentina, chilena o uruguaya. Recuerdo la historia de los versos grabados en las cortezas de los árboles, o transmitidos de boca en boca para que no se perdieran para siempre en las aterradoras condiciones de reclusión creadas por el estalinismo, según lo cuenta Monika Zgustova en su imprescindible libro Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg, 2017), en el que reúne el testimonio de vida y solidaridad de nueve mujeres sobrevivientes a estos infiernos en la tierra. Se tratan todos ellos de esfuerzos amorosos y dolidos por romper el silenciamiento impuesto por el terror.

¿Cómo no recordar el grito de protagonista de la película “Ruido” de Natalia Beristáin? Una madre -protagonizada por Julieta Egurrola- que busca a su hija desaparecida, en el sangrante México de hoy. De pronto un primer plano nos muestra su grito, un grito de angustia, de desesperación, de impotencia. Pero su rostro aparece sin sonido. ¿Será que no queremos escucharla? Miramos una desgarradora imagen silenciosa que resulta más atronadora que cualquier ruido que pudiera acompañarla.

Frente a éstos, hay otros silencios: silencios luminosos; silencios no de muerte sino de vida. Porque sólo a partir del silencio podemos recuperar una lengua ajena al crimen, y ajena también a la banalidad que ha invadido lo cotidiano. Ni la lengua cómplice ni la lengua del vacío. El silencio del que hablo ahora es equilibrio y paz, es poesía. Silencio para encontrarse a una misma y a los demás, para reconocer la continuidad entre el mundo y el yo. Silencio que deja que el afuera hable dentro de mí. A ese espacio, que cada uno de nosotros puede encontrar por diferentes caminos, se refiere el hermoso libro de Pablo D’Ors, Biografía del silencio. Publicado en 2012, se trata del testimonio del filósofo y sacerdote español, vinculado al budismo zen, en torno a su experiencia con la meditación. Sus páginas son en realidad una reflexión sobre el ser humano y su compromiso con el entorno. No son religiosas en sentido estricto sino profundamente éticas, que me recuerdan a aquellas otras del israelí Amoz Os, a las que siempre vuelvo y que llevan por título, Contra el fanatismo (Siruela, 2004). Ambos pensadores aluden -desde lugares diferentes- a una realidad en que el yo es tan responsable de sí mismo como de aquellos que lo rodean. No se trata del silencio para escapar, sino del silencio que nos lleva a ser conscientes, empáticos, comprometidos.

El silencio puede así no ser carencia de palabras sino el vértigo final de todas las palabras; como el blanco del disco cromático reúne todos los colores, el silencio guarda en sí todos los sonidos… Silencio de la angustia de la búsqueda, pero sobre todo silencio de quien ha encontrado, de quien ha rozado lo inefable. Silencio de la página en blanco y silencio de la biblioteca de Babel y todas las páginas escritas. Silencio como pasado y silencio como futuro; como recuerdo y como deseo.

El silencio que surge de las ruinas busca de este modo convertirse en silencio esperanzado. Ése es el que me importa.

Y como dice el melancólico y sabio príncipe Hamlet, “Lo demás es silencio”.

Sandra Lorenzano
Es "argen-mex" por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, sus libros más recientes son "Herida fecunda" (Premio Málaga de Ensayo, 2023), "Abismos, quise decir" (Premio Clemencia Isaura de Poesía, 2023), y la novela "El día que no fue" (Alfaguara). Académica de la UNAM, se desempeña como Directora del Centro de Estudios Mexicanos UNAM-Cuba. Es además, desde 2022, presidenta de la Asamblea Consultiva del Conapred (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación). sandralorenzano.net

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