Ante el terremoto que afectó la Ciudad de México y estados aledaños el pasado 19 de septiembre, surgieron héroes sin capa, héroes reales que se manifestaron en la sociedad y que demostraron que la unión que caracteriza a los mexicanos en los momentos de crisis es capaz de ponernos a todos de pie. Este es un libro que rinde un homenaje a todos los mexicanos que recopila las historias más fervientes del acontecimiento. Un porcentaje de las ganancias recaudadas por este libro será donado a la Cruz Roja Mexicana.

Ciudad de México, 20 de enero (SinEmbargo).- Los sismos del 7 y el 19 de septiembre de 2017 dejaron una estela de tragedia y dolor a su paso. Pero no sólo eso: las trepidaciones activaron camaradería, solidaridad, ayuda y trabajo en equipo. Miles de mexicanos se volcaron a las calles a tender la mano al prójimo, al vecino sin nombre, al desconocido que lo necesitaba. De los escombros brotó la bondad. Son esas historias las que reúne Estamos de pie, a fin de traer a la luz a los ciudadanos heroicos, aquellos que dejaron todo para ayudar a quien había perdido lo suyo.

Cincuenta historias de individuos ordinarios que, ante la enorme necesidad, se convirtieron en héroes extraordinarios. Desde las personas que salvaron perros, gatos y pericos hasta los perros que salvaron a hombres, mujeres y niños; desde la niña que conmovió a miles con unos dibujos hasta la diseñadora que recolectó y donó 400 000 pesos con las estampas de una perrita; desde el rescatista que lleva más de cuarenta años salvando vidas hasta el voluntario de la Cruz Roja con más de cinco décadas de servicio.

Un libro de héroes anónimos. Foto: Especial

El sismo —ese fenómeno natural para el que nunca estaremos suficientemente preparados— nos demostró que México aguanta: que llevamos la resistencia tatuada en el alma, que gracias a las personas comunes y a su tremenda capacidad de ayudar al otro, estamos de pie. Incluye textos de Elena Poniatowska, Héctor Zagal, Benito Taibo, Mónica Lavín y Héctor de Mauleón

Fragmento del libro Estamos de pie 19S. Historias de grandeza mexicana, Estefanía Camacho Jiménez, © 2017 PLANETA M.R. Cortesía otorgada por Grupo Planeta México.

EL AMIGO ARGENTINO

El extranjero que levantó la voz para ayudar a los mexicanos

La Ciudad de México vivió algo que jamás pensó ver de nuevo: confiar en desconocidos. Eso era Alex para los vecinos de la cuadra que, en medio del ruido y los llantos, lo escuchaban obedientes: un perfecto desconocido. Le pusieron atención porque confiaban en él. Jamás lo habían visto en la calle de Jalapa de la Roma Norte, aunque se sentía como si todo este tiempo le hubieran dado los buenos días. Alex dejó de suplicar cuando vio sobre él las miradas de todos. Fue cuando los rasgos de su rostro regresaron a su lugar, por fin un poco relajados. Ni siquiera se presentó ante estas personas que lo miraban perplejos. Qué descortés no presentarse antes de gritarles histérico. Las palabras que expulsó segundos antes y que lo dejaron jadeante fueron: “¡Por favor! Ya no suban, está muy peligroso, está ladeado y si siguen subiendo, eso se va a colapsar. ¡No entren por sus cosas, no vale la pena!”. Su ideal nunca fue conocer de esta forma a sus vecinos de enfrente. Nunca pensó que, de entre todos los problemas que aquejan a los residentes de una cuadra, sería esta la causa por la cual le hablaría a los habitantes de Villajalapa, el edificio en riesgo de colapsar. Y es que Alejandro cruzó la calle con intenciones de atropello como las de un toro desbocado. Fue desde su residencia enfrente del edificio que observaba, dos horas después del sismo, cómo la gente permanecía fuera de sus hogares por temor al Villajalapa. Dos mujeres, residentes del inmueble, preparaban emocionalmente a una joven que debía entrar en un departamento por un perrito. Y el hombre que habitaba en el primer piso se quedó justo bajo el edificio, afuera, con una botella de tequila. Parecía un anárquico campus de universidad. Tuvo que contarles, sin detalles, del horror que había visto calles atrás. No gritaba por gritar, sino por lo que vio en esas calles: un edificio caer, y él estaba cerca de otros a quienes les pudo haber gritado que se alejaran del lugar. La culpa le iba a durar un mes más, al menos, así como el recuerdo de una nube blanca, con olor a yeso, devorando a la gente.