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Latinoamérica 21

21/07/2022 - 12:03 am

La victoria de Petro y los retos de la nueva ola rosada en América Latina

La segunda ola rosada fracasará si no hace autocrítica y adaptaciones de la primera, tendrá peores resultados y una corta duración.

El exguerrillero Gustavo Petro y su esposa Verónica Alcocer celebran ante sus partidarios después de ganar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Bogotá, Colombia, el domingo 19 de junio de 2022.
“La segunda ola rosada fracasará si no hace autocrítica y adaptaciones de la primera, tendrá peores resultados y una corta duración”. Foto: Fernando Vergara, AP

Por Fabricio Pereira da Silva*

La elección de Gustavo Petro como Presidente de Colombia confirmó una segunda ola rosada en América Latina y según los últimos sondeos, Luiz Inácio Lula da Silva ganará las elecciones de octubre en Brasil.

Las elecciones brasileñas a estas alturas se han polarizado definitivamente entre Lula y Bolsonaro. La pregunta es cómo y cuándo Bolsonaro intentará su golpe. Si será antes o después de las elecciones, y qué alcance tendrá. En cualquier caso, es poco probable que los eventuales disturbios policiales y militares, y las muestras de violencia de los fascistas y milicianos partidarios de Bolsonaro impidan la celebración de las elecciones o la investidura de Lula. Todo indica que los próximos meses serán de angustia y violencia, pero que la democracia saldrá victoriosa. Al menos momentáneamente, porque está claro que el bolsonarismo seguirá vivo.

Así, a principios de 2023, casi toda la región volverá a estar gobernada por partidos y movimientos de la izquierda del espectro político. Esto incluirá a países que no participaron en la primera ola rosada, como México, Colombia y Perú. Es muy posible que más adelante la izquierda vuelva al poder en Uruguay y Ecuador. 

Esta nueva ola, sin embargo, debe entenderse como un nuevo momento -no como una continuación del primero– del ciclo de gobiernos de izquierda en la región durante la década de 2000 y la primera mitad de 2010. Ese ciclo se agotó a mediados de la década de 2010, dando paso a un avance de los gobiernos de extrema derecha y de centro derecha, que ahora termina antes de consolidarse.

Los retos de esta nueva ola

El contexto global que se vive hoy en día es muy diferente al de principios del siglo XXI, marcado por el llamado “boom de las materias primas”. Ahora, la situación es de crisis, agravada por la pandemia y la guerra de Ucrania, y una probable recesión el próximo año. La segunda ola rosada fracasará si no hace autocrítica y adaptaciones de la primera, tendrá peores resultados y una corta duración. No puede ser “más de lo mismo” en un contexto peor que se ha transformado considerablemente.

Evidentemente, las sociedades latinoamericanas tampoco son las mismas que las de hace dos décadas. Se caracterizan por más desempleo, subempleo, precarización, “uberización”. Están atravesadas por los valores neoliberales, el espíritu empresarial y el consumismo. El avance de las denominaciones religiosas neopentecostales está relacionado con esto, y es de no poca relevancia en este panorama. Sus economías están reprimarizadas y orientadas a la exportación de productos de la agroindustria (o en el mejor de los casos a las “maquiladoras”), con vastas regiones cada vez más entregadas a las actividades económicas ilegales, a los paramilitares, a la devastación y al acaparamiento de tierras.

En este contexto, además de la urgencia de las crecientes y urgentes inversiones sociales, esta segunda ola rosada podría reanudar activamente la integración regional, con mayor énfasis en la integración productiva y en la circulación de personas. Buscar enfrentar conjuntamente temas como la crisis climática, la devastación de la Amazonía, la superación definitiva de la pandemia, incluso temas como la reducción del neoextractivismo y la dependencia en el campo del conocimiento y la tecnología. 

Los movimientos sociales emergentes (mucho más fuertes en la región que hace dos décadas) podrían encontrar en estos gobiernos no agentes para instrumentalizarlos o silenciarlos, sino espacios democráticos para condensar sus múltiples demandas, derivadas de múltiples formas de opresión. En este sentido, estos gobiernos podrían fomentar versiones más radicales y decisivas de la democratización y el reparto del poder.

¿Será posible todo esto? ¿Y sería deseable para estas fuerzas de la izquierda que van a regresar a ocupar los gobiernos? Temo que no. 

La clave está en la movilización popular

Por lo tanto, es difícil imaginar que todo esto pueda ocurrir sin movilizaciones populares. En este sentido, existe un mayor potencial en países donde los ciclos de movilización precedieron a la llegada de la izquierda al poder, como Chile y Colombia.

Aun así, el Gobierno de Gabriel Boric comienza a dar señales de retroceso y parálisis en Chile (con la aprobación de la nueva Constitución amenazada). Y no se podría esperar tanto de Petro en Colombia, después de sus movimientos de moderación para llegar como favorito a estas elecciones – profundizados para asegurar su victoria por un corto margen en la segunda vuelta. El Gobierno de Petro hará mucho si democratiza la política colombiana -ya ha comenzado a hacerlo al “normalizar” a la izquierda, ahora desvinculada de la guerrilla y de la violencia en el imaginario de ese país-.

La nueva ola en el Brasil de Lula

En Brasil, se puede esperar menos. Un frente amplio se configura en este momento para derrotar al fascismo y a las amenazas reales del derrocamiento definitivo de la democracia brasileña -en proceso de desmantelamiento desde el golpe parlamentario de 2016 que derrocó a Dilma Rousseff-.

Así, en principio, el nuevo Gobierno se presentará como un intento de reconstrucción democrática e institucional, y una reanudación de la agenda (en peores condiciones) de reducción del hambre, la pobreza, el desempleo y la reactivación económica, que caracterizó a los primeros gobiernos de Lula.

Algunas novedades podrían venir de las movilizaciones ecologistas, feministas, afrodescendientes, LGBTQIA+ e indígenas, hoy mucho más fuertes en Brasil que en la primera elección de Lula en 2002. En estos ámbitos habrá que presentar nuevas propuestas y formas de actuar. Pero, de nuevo, la clave está en las calles.

Más allá de las movilizaciones visibles, nunca se puede predecir lo que puede generar una mecha en las movilizaciones callejeras como el estallido social chileno. Al analista social siempre le resultará difícil observar los movimientos subterráneos que conducen a un fenómeno así, hasta que se produzca. 

Sin embargo, sin movilizaciones populares que empujen a los gobiernos, el retorno de la izquierda en Brasil y otras partes de la región será probablemente efímero, configurando un ciclo más frágil que el anterior.

*Profesor de Ciencia Política de la Univ. Fed. del Estado de Rio de Janeiro (UNIRIO). Vicedirector de Wirapuru, Revista Latinoamericana de Estudios de las Ideas. Postdoctorado en el Inst. de Est. Avanzados de la Univ. de Santiago de Chile.

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