Esta novela corta, publicada en 2010, recurre al western para hablar de la estigmatización y exclusión de comportamientos sexuales no convencionales, en un entorno cultural en donde abunda el odio, sobra la violencia (física y simbólica) y hace tanta falta la tolerancia hacia la disidencia sexual y de género.

Janeth, personaje trans que ejerce la prostitución, le confiesa sus memorias a Andréi; una cruda reflexión sobre la hipocresía: “Algunos me imaginan desnuda, acariciando mi verga, besándola: es lo que rechazan, sus deseos de adentro. Alcanzarían mi cara con los puños para vengar el tambaleo, la cuerda floja de sus deseos. Los que ocultan y dicen frenar sus pasiones no tienen sexo, ni género y mucho menos humanidad”.

A continuación, te presentamos el tercer ensayo de la serie “Juárez con Jota”.

Por Carlos Urani Montiel 

Ciudad Juárez, Chihuahua, 21 de septiembre (JuaritosLiterario).- Las entregas faltantes, pertenecientes a esta decena de ensayos, se ocupan de obras literarias compuestas en nuestro siglo; es más, las siete pasaron a la estampa en esta década. Las letras juarenses, ciertamente, se han mostrado cautas frente a la homosexualidad, recelosas ante la diversidad de identidades de género. En contraparte, desde los años 90, e incluso antes, el teatro en Juárez, más cercano a las pulsiones citadinas y próximo a la realidad que se transpira en las calles, cuestiona roles tradicionales y concepciones del ser en su relación vital y carnal con otros y sus semejantes. Pensemos, por ejemplo, en las piezas de Antonio Zúñiga y en la dirección de Octavio Trías. Explorar lo acontecido en las puestas en escena o en la dramaturgia de frontera acerca de las comunidades homo, bi, trans e inter daría materia para otra serie de textos críticos. Porque, estoy convencido, llegará el día en que termine los diez aquí anunciados.

En tanto, me ocupo de Los días y el polvo, libro firmado por Diego Ordaz en Las Cruces, Nuevo México, en 2010. Me interesa resaltar, como clave interpretativa de esta novela corta y fragmentaria, los dispositivos de contención que atentan a la sexualidad y degeneración de los personajes principales.[1] El índice puesto sobre el género matiza lecturas y funciona a diferentes escalas.

Si, por un lado, la estigmatización y exclusión de comportamientos sexuales no convencionales operan en el universo ficcional construido por el autor, la manera en que se hila la novela –o sea, el ensamblaje de los distintos niveles de realidad urdidos, friccionados y contrapuestos– es una forma de representación y resistencia localizada en un entorno cultural en donde abunda el odio, sobra la violencia (tanto física, simbólica, así como la escritura que se regodea en ella) y hace tanta falta la tolerancia hacia la disidencia sexual y de género.

Escritor juarense nacido en Parral en 1979 –y ay de aquel que cuestione su identidad fronteriza–, Diego Ordaz presume en su haber un par de libros que, bajo el pequeño formato de bolsillo (aun más compactos cuando él mismo los sostiene), encierran la palabra exacta, la que fue meditada, tachonada, traducida y restaurada, para transmitir la oración certera, el mensaje (en apariencia y simulando ser) unívoco y claro. Mucho antes del cuentario Permutaciones para el estertor del mundo (Brown Buffalo Press, 2017), Puentelibre Editores, proyecto en el que Diego participaba, inauguró la colección Novela como nube con su opera prima, editada por Rosario Sanmiguel y publicada en junio de 2011.

Los días y el polvo recurre al western como un correlato para enfocarse en la interlocución directa entre Andréi y Janeth, quienes se alternan la palabra para contarse –en un tono íntimo, casi confesional– sus memorias, imaginaciones y recelos. La ambientación del viejo oeste resulta efectiva en la medida en que las historias enmarcadas en el condado de Áyawo sirven de punto de fuga a una realidad citadina que oprime y apremia. Once Upon a Time in Hollywood, de Quentin Tarantino, se vale del mismo artilugio.

Se ha dicho por ahí que la novela “se niega a sí misma y reflexiona sobre sí”, pero me parece errónea la afirmación, ya que no se niega, aunque sí es autorreferencial, en el sentido de que hay personajes conscientes del proyecto de composición de una obra narrativa, “esas boberías” que Andréi apunta en su libreta. La confusión se origina por la carencia de una secuencia o trama lineal que destantea a primera vista; no obstante, una lectura más atenta (la segunda, en mi caso) esclarece el tema principal de Los días y el polvo: la escritura misma; es decir, el ejercicio literario no negado ni desacreditado, sino anclado a un contexto que lo cuestiona y lo pone contra las cuerdas, tensionando sus implicaciones éticas (morales), estéticas (artísticas) y profesionales (ser escritor). De ahí que el epígrafe aluda a los titubeos del pintor Medina –protagonista de Dejemos hablar al viento, de Onetti– cuando es cuestionado sobre la utilidad de su arte: “Por qué no hace cuadros para mostrarle a la humanidad el peligro de las bombas atómicas”.

Si la historia escrita por Diego no arranca (o lo intenta varias veces), es porque el narrador principal, Andréi, discierne sobre la pertinencia de la materia y la elección del sujeto de trabajo: “Sería ruin aprovecharme de su historia. Qué me importa, quién soy yo para narrar de secuestros, de abusos sobre la Fonsi y las demás muchachas de la vecindad”. ¿Cuál es la función del intelectual en una zona vulnerable o de alto riesgo? ¿Por qué un escritor decide asumir, desde el silencio y privilegio, la voz del desaparecido? “Ya habrá trabajadores sociales, reporteros, estadistas, defensores de derechos humanos que hablarán de todo esto sin preocupaciones estéticas, sin pretensiones protagonistas, sin intentar sacar algún provecho”. Andréi se empeña y opta por el artificio: “Sueño con ser tan agudo que mis sentidos precisen el mundo, como para narrarlo”. La dialéctica entre el cuello y la soga, extendida hacia la del gatillo y la bala, son las partes con mayores vueles literarios de un texto que evita guiñar a las desgracias.

Escritor juarense nacido en Parral en 1979, Diego Ordaz presume en su haber un par de libros bajo el pequeño formato de bolsillo. Foto: Especial

En junio de 2011, en el Museo de Arqueología de El Chamizal, el profesor y escritor Ricardo Vigueras comenzó la presentación de la “novelita deliciosa” de Diego con un llamado para “agradecer a una prostituta el estar todos hoy aquí”. Al leer esto, pensé que se referiría a las mismas páginas del texto, a Janeth, personaje trans que ejerce dicho oficio y sobre quien recae un gran peso narrativo, pero no. Vigueras contó la anécdota de una chica que evitó el fusilamiento de Marcial Lafuente Estefanía, prolífico autor español de libros vaqueros, de esos que aún se consiguen en los puestos de periódicos. También ensalzó “la prosa poética, la iconografía del western y la memoria sentimental” de El Paso del Norte. Nada se dijo sobre los habitantes de Los días y el polvo.

Vislumbro el meollo del asunto, y la parte más atractiva de la novela, por la que recomiendo su lectura y celebro el anuncio de su reedición por el sello editorial de la UACJ. La técnica y experimentación narrativas corren en paralelo a las disidencias sexogenéricas de los protagonistas: ya sea en épocas rememoradas (Andréi-Valeriano y Janeth-Ezequiel) o en el tiempo presente del relato (Andréi-Janeth y las chicas de la vecindad). Los procesos de subjetivación y singularización de cada figura, opuestos a modelos dominantes o binarios, también encuentran cauce en una narrativa que reinventa su estructura (cuatro veces aparece el primer capítulo; tan solo una, el segundo), y busca asideros en historias enmarcadas, como la del pistolero vengador o el tóxico matrimonio entre Julieta y Godínez.

Por otra parte, la escisión sexual, asociada a una fuerza laboral que se ve noche a noche amenazada, constituye una identidad colectiva de resguardo y lucha, por lo que intuyo en ella un posicionamiento político ante dispositivos que reprimen prácticas de lucro –en este caso la prostitución– y permiten la desaparición de cuerpos, una vez vaciados de legalidad y derechos. Este tema también permea la narrativa de Diego, dando sentido al balido de borregas (“Todas somos presas, todos se sienten lobos por la noche), a las trocas y al auto blanco que acecha “este foserío que llaman ciudad”. El descontento y desencanto disuelven expectativas, pero abren paso a una reflexión descarnada sobre la hipocresía, en voz de Janeth:

“Algunos me imaginan desnuda, Andréi, acariciando mi verga, besándola: es lo que rechazan, sus deseos de adentro, los de de veras, no se parecen a su decir ante amigos y familia”. Esos hombres anhelan su lengua y su sexo; sin remordimiento ni agravio, “alcanzarían mi cara con los puños para vengar el tambaleo, la cuerda floja de sus deseos”. Sin embargo, Janeth sabe que el conflicto no se reduce a una cuestión de opuestos: “Ellas también desnuda me desean, femenina, con mis senos en su boca y mi falo en sus vaginas mientras mi flaca cadera hace movimientos circulares. Cualquiera viene a mí, cualquiera, Andréi”. Todxs la culpan. “Prueban y vuelven o quisieran volver”. Janeth se reconoce “igual que muchas, que todas y todos: he aprendido todo lo bueno y todo lo malo, pero sigo siendo la misma, lo mismo”. Los malos, continúa, “los que ocultan y dicen frenar sus pasiones” no tienen sexo, ni género y mucho menos humanidad. Pero en el mundo, concluye a quien le dicen poeta, “cabe toda la miseria, cabemos todos”, incluso el degenere y la disidencia. ¿Lo apuntaste, Andréi?

[1] Cabe aclarar la connotación positiva del degenerado o degenerada, tal como la utiliza Gabriela González Ortuño en su artículo sobre las “Teorías de la disidencia sexual”: personas transexuales o travestidas, cuya desavenencia se enfoca “en la desmarcación de las pautas de género tradicionales” (2016). A pesar de que las llamadas “locas fuertes” se caracterizan por ser biológicamente varones, “han decidido mostrar su preferencia por vestirse de mujer sin renunciar a algunas características consideradas masculinas como el tono de voz o el vello corporal”.