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Tomás Calvillo Unna

22/05/2024 - 12:04 am

Huéspedes de la perdida promesa

“La hipnosis programada cumple su función y distribuye los roles de héroes y villanos aclamados”.

“El caminante”. Pintura: Tomás Calvillo Unna

I

En estas bajadas y subidas del ánimo
ante la crucial evidencia
de llegar a una meta
que ya no existe;
ha sido tanta la alharaca,
en cada momento,
que un tufo de agotamiento invade
y cuestiona el confort ofrecido
del mundo moderno,
que ya se retira
entre graves balbuceos.

II

Los agujeros se multiplican
en la sociedad de los hábitos:
los patines rotos de la infancia
aparecen con mayor frecuencia
en los sótanos del enojo.
Los tiempos cruzados
irrumpen sin ton ni son.
Una suerte de insensatez
celebra su agosto en la multitud
que habita el digital imperio.

III

La hipnosis programada
cumple su función
y distribuye los roles
de héroes y villanos aclamados
por fanáticos que se multiplican.
Las crueldad de guerras ajenas, cimbran,
mientras las propias se ignoran:
los estudiantes con su karma
de ser la enjundia de las ideologías
y propaganda en turno, gritan.

IV

Y a pesar de todo ello
la sapiencia del camino se conserva.
Es el paisaje: el alma de su resistencia;
los árboles gitanos
que leen la mano del cielo;
las palmeras que guardan
el eco de los océanos;
las aves que anidan
en la imaginación de sus cantos;
las persistentes abejas
en los orificios de las piedras,
diseñando su estrategias para todos,
no solo para ellas;
los órganos, orgullosos arquitectos,
que amurallan el último manantial:
el humilde saludo de las hierbas
a orillas del hilo de agua
del desaparecido río;
el verde fosforescente de una copa,
su meditación milenaria,
que las aves propagan
en los límites de la gasolinera,
donde se comercian
las escrituras del averno
y la herencia de su oquedad.

V

La serpentina de asfalto,
fugaz rutina del tráfico
permite contemplar
el fructífero silencio:
absortos,
en un segundo
se bifurcan los caminos,
cuando menos se espera;
los ojos bien abiertos
y la enigmática suerte.

La muerte, en espera,
tomándonos de los hombros,
la destreza para decirle -todavía No-,
al pretendido accidente
sorteado con la mirada fija en el destino;
las siluetas de las montañas
como testigos.

VI

No lejos,
los costales de arena
para levantar paredes y hábitos,
y conservar
los polvos de la prudencia.

Apolillada nuestra memoria,
a tientas,
trata de asir
la vagabunda mente.

VII

La fe en el camino,
a pesar de todo.
NaraTipa NaraTipa NaraTipa:
cuyas sandalias se humedecen
en el Amajac:
el oráculo de la imaginación
al sabernos huéspedes
y nómadas,
de la perdida promesa.

Rendija

La penitenciaría del lenguaje político: con las palabras envenenadas, hieren día a día la integridad de la nación; el odio recíproco se disemina, es la expresión de una carencia profunda. La crueldad permea todos los rincones del país, la epidemia de la narcocultura que se exalta; la imbecilidad del ego en su máxima expresión; la ceguera del alma colectiva, que carcome nuestro país, desde el pináculo del poder, hasta las esquinas y callejones de las ciudades: un fractal siniestro, la pérdida del sentido mismo del vivir.

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