“Mis padres nunca intentaron cultivarme a una edad temprana (ni a ninguna otra); como tampoco trataron de disuadirme de que lo hiciese. Ambos eran maestros de escuela, por lo tanto el arte (o quizá, para ser más exactos, la idea del arte) era algo respetado en mi casa”, relata Julian Barnes en Con los ojos abiertos: Ensayos sobre arte. 

Ciudad de México, 23 de febrero (SinEmbargo).– Considerado como una de las grandes revelaciones de la narrativa en los últimos tiempos, el inglés Julian Barnes presenta Con los ojos abiertos: Ensayos sobre arte.

Barnes es un convencido autodidacta que desprecia las clases de escritura creativa y para quien no vale la pena iniciar un libro si no se sabe cómo va a terminar, describe la periodista Mónica Maristain.

Por cortesía de Anagrama, SinEmbargo presenta a sus lectores un fragmento de Con los ojos bien abiertos, traducido por Cecilia Ceriani.

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Introducción

Hace algunos años un amigo periodista, destinado en París como corresponsal de una revista, se convirtió en apenas un par de años en padre de dos hijos. En cuanto los niños fueron capaces de fijar la mirada en algo, empezó a llevarlos al Louvre y a guiar con mimo sus retinas infantiles hacia las obras maestras de la pintura universal. No sé si también les pondría música clásica mientras estaban en el vientre de su madre, como hacen algunos futuros padres, pero más de una vez me ha dado por pensar en qué se convertirán esos niños cuando crezcan: si en potenciales directores del MoMA o en adultos carentes de toda sensibilidad visual, con una enorme aversión a las galerías de arte.

Mis padres nunca intentaron cultivarme a una edad temprana (ni a ninguna otra); como tampoco trataron de disuadirme de que lo hiciese. Ambos eran maestros de escuela, por lo tanto el arte (o quizá, para ser más exactos, la idea del arte) era algo respetado en mi casa. Había buenos libros en las estanterías e incluso había un piano en el salón, aunque jamás se tocó en toda mi infancia. Era un regalo que mi abuelo materno había hecho a mi madre, su adorada hija, cuando era una joven pianista, talentosa y prometedora. Sin embargo, sus estudios pianísticos se pararon en seco cuando tenía veintipocos años y tuvo que enfrentarse a una intrincada partitura de Scriabin. Tras intentar dominar la pieza y fracasar una y otra vez, comprendió que había alcanzado cierto nivel, pero que nunca pasaría de ahí. Dejó de tocar, de forma abrupta y definitiva. Aunque no logró deshacerse del piano, que la acompañó en cada mudanza, siguiéndola fielmente cuando se casó, cuando fue madre, cuando envejeció y cuando quedó viuda. Sobre la tapa del piano, a la que se le quitaba el polvo con regularidad, reposaba una pila de partituras, incluida la de Scriabin que mi madre había abandonado décadas atrás.

En cuanto a la pintura, en la casa había tres cuadros al óleo. Dos eran paisajes del Finisterre francés, pintados por uno de los assistants franceses de mi padre. En cierto modo, eran igual de engañosos que el piano, ya que el «tío Paul», como le llamábamos, no los había pintado precisamente en plein air, sino a partir de unas postales que había copiado (y magnificado). Todavía conservo sobre mi escritorio los originales de los que se sirvió (una de las postales está manchada de pintura roja). El tercer cuadro estaba colgado en el vestíbulo de casa y era un poco más auténtico. Era un óleo de un desnudo femenino, con un marco dorado; probablemente una intrascendente copia del siglo xix a partir de un original igual de intrascendente. Mis padres lo habían comprado en una subasta en las afueras de Londres, donde vivíamos. Sobre todo lo recuerdo porque me parecía carente de erotismo. Lo cual me resultaba extraño, puesto que casi todas las demás representaciones de mujeres desnudas me producían un efecto que yo consideraba poco saludable. Quizá fuese eso lo que provocaba el arte: tanta solemnidad despojaba a la vida de toda excitación.

Existían otras pruebas de que aquello pudiera ser el propósito y el efecto del arte: el soporífero teatro amateur al que nuestros padres nos llevaban a mi hermano y a mí una vez al año y los aburridos coloquios de arte que solían escuchar en la radio. A los doce o trece años yo era un pequeño y saludable filisteo del tipo que se nos da tan bien producir a los británicos,

Quimperlé (Finistère):

Le Pont fleuri

aficionado al deporte y a los cómics. Era incapaz de entonar una canción, no aprendí a tocar ningún instrumento, nunca estudié arte en el colegio y jamás participé en ninguna obra de teatro más allá de interpretar a uno de los tres Reyes Magos (no tenía que decir ni una sola palabra) cuando tenía siete años. Al principio solo consideraba la literatura como parte de mis tareas escolares y apenas vislumbraba las conexiones que tenía con la vida real, así que en general no era más que una asignatura sobre la que debía examinarme.

Una vez mis padres me llevaron a ver la Wallace Collection en Londres: más marcos dorados y más desnudos desprovistos de erotismo. Nos detuvimos largo rato ante uno de los cuadros más célebres del museo: El caballero sonriente de Frans Hals. Yo no tenía ni la más remota idea de por qué sonreía aquel hombre de ridículo bigote ni de por qué aquella obra era considerada interesante. Es probable que también me llevasen a la National Gallery, pero no lo recuerdo. No fue hasta el verano de 1964, mientras pasaba varias semanas en París al acabar el instituto y antes de entrar en la universidad, cuando empecé a ver pintura por voluntad propia. Aunque al Louvre debí de haber ido más por obligación, aquel museo enorme, oscuro y anticuado me impresionó sobremanera, quizá porque no iba nadie conmigo y no estaba sometido a la presión de simular respuesta alguna ante una determinada obra. El Museo Gustave Moreau, cerca de la Gare Saint-Lazare, había pasado a manos del Estado francés tras la muerte del pintor en 1898 y, dada la lobreguez y suciedad de las salas, no parecía que nadie se hubiese esmerado en preservarlo desde entonces. En el piso superior se encontraba el estudio de Moreau, de techos altos y enorme como un granero, que apenas lograba calentarse mínimamente con una estufa negra y maciza que seguramente sería la misma que usaba el pintor en su época. Del suelo al techo las paredes estaban atiborradas de cuadros mal iluminados y había unos grandes muebles de madera de cajones estrechos que podías abrir para estudiar cientos de bocetos preliminares. Yo no había visto nunca una obra de Moreau y no sabía nada de él (menos aún que era el único pintor contemporáneo de Flaubert a quien este admiraba incondicionalmente). Toda aquella obra me desconcertó: exótica, enjoyada y de un oscuro brillo, con una mezcla extraña de simbolismo accesible e inaccesible a la vez, del cual poco podía sacar yo en claro. Quizá fuese el misterio lo que me atrajo; y quizá admiré más a Moreau porque nadie me dijo que lo hiciese. Pero no hay duda de que fue allí donde me recuerdo observando por primera vez unos cuadros detenidamente, en lugar de permanecer ante ellos con una actitud pasiva y sumisa.

Y también me gustó Moreau porque era muy raro. En aquella etapa temprana como observador, me atraía un arte que fuese lo más transformador posible, de hecho creía que eso era el arte. Coger la vida y transformarla, mediante un proceso secreto y fascinante, en otra cosa: algo relacionado con la vida, pero más potente, más intenso y, preferentemente, más extraño. Entre los pintores del pasado me atrajeron artistas como El Greco y Tintoretto por sus formas alargadas y líquidas; El Bosco y Brueghel por su fantasía desbordante; Arcimboldo por sus ingeniosas y emblemáticas construcciones. Y entre los pintores del siglo XX (lo que llamamos arte moderno) me entusiasmaban prácticamente todos, siempre que transformaran la insulsa realidad en cubos y en fragmentos, en remolinos viscerales, salpicaduras intensas, en ingeniosas geometrías y construcciones enigmáticas. Si hubiera conocido a Apollinaire más allá de su obra poética (moderna y, por lo tanto, admirable), habría estado de acuerdo con sus alabanzas del cubismo, que consideraba una reacción «necesaria» y «noble» contra la «frivolidad contemporánea». Y en cuanto a la historia más amplia y extensa de la pintura, por supuesto que me daba cuenta de que Durero, Memling y Mantegna eran brillantes, pero sentía que, para el arte, el realismo era una especie de parámetro predeterminado.

Era un enfoque normal y normalmente romántico. Necesité ver mucha pintura antes de comprender que el realismo, lejos de constituir el campamento base para aquellos que se aventurasen a mayores alturas, podía ser igual de auténtico e incluso igual de raro; que también requería determinada elección, organización e imaginación, así que, a su manera, podía ser igual de transformador. También aprendí poco a poco que había pintores que dejas atrás con la edad (como los prerrafaelitas); pintores que aprendes a apreciar con la edad (Chardin); pintores que te pueden provocar suspiros de indiferencia durante toda la vida (Greuze); pintores que de pronto descubres tras años de no prestarles ninguna atención (Liotard, Hammershøi, Cassatt, Vallotton); pintores de reconocida grandeza, pero frente a los cuales siempre respondiste con cierta negligencia (Rubens); y pintores que, tengas la edad que tengas, seguirán siendo siempre, de un modo indómito y persistente, grandes maestros (Piero, Rembrandt, Degas). Y después, quizá el más lento de todos los progresos, me permití pensar, o mejor dicho ver, que no todo el arte moderno era maravilloso. Que algunas expresiones eran mejores que otras; que quizá Picasso podía ser un vanidoso, que Miró y Klee podían ser cursis, que Léger podía ser repetitivo, etcétera. Con el tiempo me di cuenta de que el arte moderno tenía puntos fuertes y puntos débiles y una obsolescencia programada exactamente igual que todos los demás movimientos artísticos. Lo cual, a decir verdad, lo hacía más interesante, en lugar de menos.

Aun así, en 1964, me di cuenta de que era «mi» movimiento. Y me consideraba afortunado de que algunos de los grandes nombres del arte moderno siguiesen con vida. Braque había muerto el año anterior, pero Picasso, su gran rival (en la vida y en el arte), seguía vivo; y también el hábil engatusador de Salvador Dalí, así como Magritte y Miró (y Giacometti y Calder y Kokoschka). Mientras alguno de sus exponentes continuara produciendo, el arte moderno no se sometería a los museos ni a la opinión académica. Algo que también podía aplicarse en 1964 a los demás creadores: T. S. Eliot y Ezra Pound estaban vivos; y también Stravinski, a quien vi dirigir la mitad de un concierto en el Royal Festival Hall de Londres. Esa sensación de que mi vida se superponía (un poco) con las suyas tuvo para mí una importancia que en aquel momento no comprendí en toda su magnitud porque todavía no sabía que me convertiría en escritor. Pero cualquiera que se propusiera dedicarse a la creación artística en la segunda mitad del siglo XX tenía que asumir el arte moderno, comprenderlo, digerirlo, estudiar cómo y por qué había cambiado las cosas y decidir en qué lugar te colocaba aquello, como un artista en ciernes posterior a los modernos. Podías (y debías) elegir seguir un camino propio, pero lo que no podías era optar simplemente por ignorar el movimiento moderno, fingir que jamás había tenido lugar. Además, hacia la década de 1960 las generaciones siguientes habían continuado con la experimentación. Surgió el arte posmoderno y el post-posmoderno y así hasta que acabaron por agotarse las etiquetas. Años más tarde un crítico literario de Nueva York me calificaría de «pre-posmoderno», etiqueta que todavía estoy intentando descifrar.

Aunque en su momento no fui consciente de ello, ahora me doy cuenta de que yo asimilé el arte moderno (y lo disfruté y me emocioné con él) más a través de la pintura que de la literatura. Parecía más fácil ver cómo la pintura se había ido alejando de una representación realista que verlo a través de la letra impresa. En un museo podías avanzar de una sala a otra leyendo lo que parecía ser una clara narrativa: de Courbet a Manet y a Monet y a Degas y a Cézanne y después a Braque y a Picasso, ¡y ya está! En la novela todo parecía más complicado y menos lineal, con más contramarchas. Si la primera gran novela europea fue Don Quijote, sus extraños acontecimientos, su ingenio y su prosa rebuscada también la convierten en una novela moderna, posmoderna y ejemplo de realismo mágico, todo ello al mismo tiempo. De igual modo, si la primera gran novela moderna fue Ulises, ¿cómo se explica que sus mejores partes fuesen las más realistas, las que reflejan más fielmente la vida cotidiana? No comprendía (todavía no me daba cuenta) que en todas las expresiones artísticas suelen darse dos cosas al mismo tiempo: el deseo de hacer algo nuevo y una conversación ininterrumpida con el pasado. Todos los grandes innovadores se fijan en los innovadores anteriores, en aquellos que les permitieron avanzar e intentar algo diferente, y son frecuentes las pinturas que homenajean a sus predecesoras.

Al mismo tiempo existe un progreso, a menudo torpe, pero siempre necesario. En el año 2000 la Royal Academy organizó una exposición titulada «1900: Arte en la encrucijada». Las obras estaban colgadas sin seguir un orden preferente ni el criterio dominante de comisario alguno. Era una muestra de lo que el público admiraba y compraba en aquel cambio de siglo, sin reparar en escuelas, afiliaciones, ni juicios críticos posteriores. Bouguereau y Lord Leighton estaban colgados junto a Degas y a Munch; obras de un academicismo inerte y de un figurativismo tedioso junto a la etérea libertad del impresionismo; un realismo diligente y didáctico al lado de un ferviente expresionismo; imágenes ligeramente porno y melosas y fantasías ingenuamente ajenas a su carga erótica junto a los intentos más vanguardistas de representar los cuerpos de forma veraz y con pinceladas recargadas. Si esa exposición hubiese tenido lugar en el mismísimo 1900 es fácil imaginar lo desconcertados e indignados que se habrían sentido los asistentes ante tamaño caos. Allí se evidenciaba la realidad cacofónica, superpuesta e irreconciliable que más tarde la historia del arte habría de discutir y simplificar, atribuyéndole vicios y virtudes, evaluando victorias y derrotas, censurando gustos dudosos. Mediante su deliberado propósito de no ser didáctica, aquella exposición dejaba una cosa bien clara: la «noble necesidad» del arte moderno.

Flaubert creía que era imposible explicar una forma de expresión artística usando términos ajenos a esa forma y que las grandes pinturas no necesitaban ser explicadas mediante palabras. Braque sostenía que un cuadro alcanzaba su estado ideal cuando no se decía nada al observarlo. Pero estamos muy lejos de alcanzar tal estado. Continuamos siendo unas criaturas irremediablemente locuaces a las que les encanta explicar las cosas, expresar opiniones, discutir. Nos ponen ante un cuadro y hablamos, cada uno a nuestro modo. Cuando Proust visitaba una exposición, le gustaba comentar los parecidos que encontraba entre los personajes de los cuadros y la gente que conocía en la vida real, algo que probablemente fuese un hábil recurso para evitar una confrontación estética directa. Pero raro es el cuadro que nos deje anonadados o impactados hasta el punto de sumirnos en un profundo silencio. Y si lo hace, es solo durante un breve instante antes de que queramos explicar y comprender ese silencio que nos ha sobrevenido.

En 2014 regresé al Museo Gustave Moreau por primera vez después de medio siglo. Seguía prácticamente igual a como lo recordaba: cavernoso, lúgubre y con las paredes atiborradas de cuadros. Habían jubilado la vieja estufa de hierro fundido, degradándola a rango de objeto decorativo; y vi que yo había olvidado que Moreau, cuando diseñó su casa, había destinado para sí mismo no uno sino dos estudios gigantescos, uno encima del otro, comunicados por una escalera de caracol de hierro. El museo continúa tercamente situado entre las atracciones turísticas menos visitadas de París. Y en el ínterin yo me había topado con la opinión que Degas había expresado sobre el lugar. Degas había estado planeando su propio museo, pero una visita a la rue de la Rochefoucauld le hizo cambiar de idea. Al salir del museo, comentó: «Qué lugar más siniestro […] tiene aire de panteón familiar […]. Todos esos cuadros amontonados parecían un catálogo enciclopédico o un Gradus ad Parnassum.»

Durante mi segunda visita, yo mismo estaba impresionado de no haber salido huyendo de allí cuando fui a aquel museo de joven. Me repetía para mis adentros que los cincuenta años que llevaba observando pintura me permitirían apreciar mejor a Moreau en la actualidad. Pero volví a ver un lugar a escala del cinemascope y las tonalidades de un tecnicolor desvaído; la misma altura de miras, repetición temática y elocuencia solemne de la sexualidad. (Moreau le dijo en una ocasión a Degas: «¿De verdad cree usted que logrará un resurgimiento de la pintura recurriendo a la danza?» Y Degas respondió: «¿Y usted? ¿Cree que lo hará recurriendo a la joyería?») Aunque algunos aspectos técnicos despertaron mi admiración (sobre todo el innovador recurso de Moreau de añadir dibujos y trazos decorativos en tinta negra superponiéndolos a la superficie pintada al óleo), después de un par de horas seguía intentando comprender su arte sin lograrlo. El Flaubert que admiraba a Gustave Moreau era el Flaubert de Salambó más que el de Madame Bovary. Aquel había sido y continuaba siendo un arte erudito, había surgido del estudio académico y había acabado por convertirse también en objeto de estudio académico sin dar la impresión de haber pasado jamás por una etapa intermedia en la que estuviese cargado de vida, de fuego y de pasión. Y si en algún momento del pasado me había parecido de una rareza interesante, entonces ya no me resultaba tan raro.

La primera vez que escribí sobre arte fue en un capítulo que dediqué a La balsa de la Medusa de Géricault en mi novela Una historia del mundo en diez capítulos y medio (1989). Desde entonces nunca me planteé un proyecto concreto, pero me di cuenta, al reunir estos escritos, de que sin querer había estado rememorando aquella narración que tímidamente empecé a leer allá por la década de 1960: la narración de cómo el arte (sobre todo el arte francés) avanzó desde el romanticismo al realismo hasta desembocar en el arte moderno. La etapa central de este periodo (aproximadamente de 1850 a 1920) continúa fascinándome por ser una época de enorme franqueza combinada con un replanteamiento fundamental de las formas artísticas. Creo que todavía tenemos mucho que aprender de esa época. Y si estaba en lo cierto cuando de niño pensaba que aquel desnudo que había en casa de mis padres era insulso, me equivocaba sin embargo en mis conclusiones acerca de la solemnidad del arte. El arte no solo capta y refleja la excitación, la emoción que encierra la vida. A veces va incluso más allá: el arte es esa emoción.

Fragmento del libro Con los ojos bien abiertos, de Julian Barnes. Cortesía otorgada bajo el permiso de Anagrama.

-Con información de Mónica Maristain.