Una persona pasea a una niña en el parque México (CdMx) en donde el acceso de juegos infantiles ha sido prohibido como medida de prevención ante la pandemia de coronavirus. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

Tres historias. Desde la ventana de mi estudio puedo ver un parque. Es de los que tienen canchas de básquet y aparatos para hacer ejercicios de diferentes épocas. También de los que, a determinadas horas, se llenan de perros con sus respectivos dueños. Para ser justo, debo decir que, si antes se hacían corros de hasta treinta personas balanceando bolsitas de caca mientras sus animales retozaban con otros, ahora conservan una mayor distancia. No sucede lo mismo en la cancha de básquet.

Antier, para no ir más lejos, había dos partidos en simultáneo. Cada uno ocupaba la mitad de la cancha. En la oriental, una típica disputa de tres contra tres. En la opuesta, un cinco contra cinco un tanto apretado. Algunos de los jugadores traían tapabocas, en su mayoría lo traían mal puesto. Daba igual. La bola pasaba de una mano a la otra. Sudaban. Usaban el antebrazo para enjugar los sudores. Palmeaban sus espaldas o chocaban las manos cuando una jugada salía bien. Transitando entre las dos canchas, un muchacho con claros signos de retraso. Se limitaba a recorrer la línea que parte por la mitad los dos hemisferios que, en este caso, eran dos mundos separados. Se paraba cada tanto, la boca abierta, un pálpito de emoción cuando uno de los jugadores lo veía. Al terminar el partido occidental, varios se abrazaron, muchos se despidieron, algunos más se pusieron, ahora sí, su tapabocas. El que era claramente hermano del deambulante lo tomó por la mano y se lo llevó consigo. Unos pasos después, compartieron agua de la misma botella.

Ayer por la mañana, otra escena en esa misma cancha. Ahora estaban reunidas una veintena de personas en la línea de base mientras el instructor les explicaba cómo iban a correr de una esquina a la otra, hacer algunas sentadillas, seguir hasta el siguiente vértice para dar un par de brincos, llegar a la línea de media cancha, correr al centro, tomar un balón, botarlo mientras se acercan a la canasta y tirar. Hubo quien optó por ponerse el cubrebocas en la frente, como banda para contener el sudor. De nuevo, balones pasando de mano en mano, gritos, loas y despedidas afectuosas al final de la sesión.

Salgamos de la cancha. La madre de un par de compañeros de mis hijos es divorciada. Así que los niños viven unos días con ella y otros con el papá. Él está trabajando mucho pues su empresa se dedica a productos de limpieza. Así que va a la fábrica dado que hay un incremento considerable en los pedidos. Ella vive con su novio quien, a su vez, tiene un hijo que pasa una semana con él y otra con su mamá. El novio también sale a trabajar. Ella ha podido trasladar el trabajo a su casa pero va al súper y a hacer compras varias. Le contó a sus amigas en una videollamada que hoy se reunirán en su casa (no la del novio) ella y sus hijos, su hermana y los suyos y una amiga de la hermana con sus propios vástagos. No considera que haya problema pues todos han estado cuidándose.

Un amigo fue al súper antier. Me contó que ya se ha implementado en algunos la modalidad del sentido en los pasillos. Con el fin de no toparse de frente con nadie, las tiendas sugieren una sola dirección para circular. Sobra decir que pocos la respetan. Como si se tratara de estacionamientos donde se suelen ignorar las flechas. De poco le valió discutir. Además, no es cómodo hacerlo con cubrebocas.

Me queda claro que muchas personas deben salir para trabajar. Eso es innegable toda vez que no cualquier oficio se puede ejercer a distancia. Me dejan de quedar claras las reuniones de esparcimiento. Sí, todos estamos hartos del encierro. Sí, sería bueno salir a jugar básquet, beis, fut o a las trais. También reunirnos con otros. Sobre todo si tenemos niños para que se junten con sus amigos y se entretengan. Sería bueno. Si no lo hacemos es porque le tenemos mucho respeto a la pandemia. Mucho más ahora en que los números de contagios y muertes crecen de forma importante y que, a diferencia de hace algunas semanas, cada vez escuchamos historias que nos resultan más cercanas. Recluirse, entonces, es lo que suena lógico. No para los demás, asumo, a quienes no consigo encasillar en el rango de la valentía, el escepticismo o la simple estulticia.