Los escritores mexicanos parecen vivir en una torre de marfil, dice. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Los escritores mexicanos parecen vivir en una torre de marfil, dice. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 25 de mayo (SinEmbargo).- Hotel de arraigo (Alfaguara), la nueva novela del escritor vasco Imanol Caneyada, está enmarcada en ese género difuso y discutible de lo que se conoció como narcoliteratura en los recientes y aciagos años del sangriento sexenio calderonista.

Al escritor nacido en San Sebastián en 1968 y afincado en México desde hace 26 años no le molesta la etiqueta, prefiere traducir su historia de violencia y corrupción a la responsabilidad que, según su punto de vista, tiene un autor cuando se trata de narrar la historia circundante.

No los pajaritos ni los poemas de amor. Sí esas tremendas circunstancias sociales que han hecho de México un país abismal, lleno de desesperanza.

Habitante de Sonora, amante del desierto que proporciona “el paisaje más bello del mundo”, Imanol Caneyada lleva a sus personajes a una ciudad sin nombre, azotada por el secuestro, la extorsión, la policía corrupta y los contrastes sociales.

Arnulfo Lizárraga, un agente del Grupo Antisecuestros, lucha por sacar adelante a una típica familia de clase media, llena de frustraciones y problemas de comunicación, sumida de lleno en el consumismo y la ansiedad por el estatus.

Gabriel García, hijo único de un empresario cercano a los círculos de poder, es un adolescente que vive aburrido, obsesionado con grabar con el teléfono celular sus encuentros sexuales y organizar fiestas donde cunden los excesos de drogas y alcohol.

Tras ser acusado de tener nexos criminales, Arnulfo es degradado y termina como custodio en un hotel de arraigo de la Policía Judicial, al mismo tiempo que Gabriel es secuestrado… En este momento, sus vidas se entrecruzan en una vorágine de traición y violencia que amenaza con salirse de control a cada instante.

La sinopsis promete sangre y silencio. Racimos de dudas en torno a si es posible pensar una vida distinta, una organización social diferente, en un mundo y por tanto un país ávido de dinero, superficial y oscuro.

Caneyada ha colaborado en diferentes publicaciones como Replicante, La Otra, 10/4, Shandy y Pez Banana. Con su libro de relatos La nariz roja de Stalin obtuvo el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández en el 2011; también ha publicado el libro de cuentos La ciudad antes del alba y las novelas Tardarás un rato en morir, Las paredes desnudas, Un camello en el ojo de la aguja y Espectáculo para avestruces.

Nació en San Sebastián, España, pero vive hace 26 años en México. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Nació en San Sebastián, España, pero vive hace 26 años en México. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–Cuando salió Noticias de un secuestro, de Gabriel García Márquez, hace ya unos cuantos años, entonces el secuestro era una noticia…

–Pues sí. El secuestro, el asesinato, la violación, la trata de personas, todos los rostros de la violencia en el continente latinoamericano, ya son cotidianos. Una cotidianeidad peligrosa para la percepción de la realidad.

–Una cotidianeidad que es la materia prima de tu novela Hotel de arraigo

–La intención era construir esta realidad violenta a la que vemos como espectadores a partir de personajes cotidianos, para entender cómo vamos tejiendo la sociedad en la que vivimos. Estos actores de la violencia tienen un día a día y en esos actos mínimos, en esas relaciones aparentemente normales, se construye esta realidad tan atroz. Somos cómplices y partícipes de ese dolor y de ese sufrimiento que no se imponen desde afuera.

–¿Es una novela para despertar el miedo?

–Es una novela para que entendamos que no es suficiente el miedo, precisamente porque nos puede pasar a nosotros. No son hechos aislados. Intento plantear la pregunta y la inquietud de que si no volvemos a ser colectivos, si no volvemos a ser comunidad, a mirarnos al rostro, a creer en el barrio, en el entramado social más inmediato que tenemos, vamos a ser individuos indefensos, aislados y hasta que nos pase algo recién vamos a gritar pidiendo auxilio.

–Los personajes son muy poco empáticos, ven la realidad desde afuera, ¿eso es fruto de la violencia?

–No creo que la violencia nos haya convertido en seres tan poco empáticos. Creo más bien al revés. La escalada de la violencia tiene que ver con el hecho de habernos encerrado en nuestras individualidades, con buscar una satisfacción inmediata a nuestras necesidades materiales y olvidarnos de la existencia del otro. Cuando no puedes ponerte en los zapatos del otro es muy fácil ejercer la violencia. Cada vez estamos más inmersos en un mundo virtual donde no hay consecuencias.

–¿A qué le llamas mundo virtual?

–A las redes sociales, a las fotografías, a los videos. Al discurso que construimos en una realidad que es indolora e incolora. Podemos presenciar el video de una decapitación e inmediatamente después otro chistoso donde alguien se cae de una silla. En este discurso virtual nada es grave, nada tiene consecuencias.

–¿Como novelista te sientes obligado a hablar de esto?

–Me siento obligado como persona, como ciudadano. Los alemanes llevan 70 años hablando y haciendo cine sobre el Holocausto. Los españoles también escriben sobre la Guerra Civil, a veces desde perspectivas un poco ñoñas como en los últimos tiempos. Los argentinos tienen todavía la necesidad de preguntarse por qué la sociedad tuvo la necesidad de ser cómplice de la dictadura brutal que vivieron. Los mexicanos, en cambio, siento que el escritor está instalado en una torre de marfil donde sus preocupaciones van más allá de la realidad circundante. Como si no tuviera la necesidad de reflexionar acerca de esta realidad violenta, donde los desaparecidos ya superan la cantidad de desaparecidos que hubo por ejemplo en la dictadura argentina y donde se vive un estado de guerra civil como la que vivió España. No podemos seguir pensando que esto está sucediendo en otra parte. Quienes cortan las cabezas y secuestran cual monstruos genocidas se criaron en nuestras familias, se educaron en nuestras escuelas.

La escalada de la violencia tiene que ver con el hecho de habernos encerrado en nuestras individualidades, afirma el escritor. Francisco Cañedo, SinEmbargo

La escalada de la violencia tiene que ver con el hecho de habernos encerrado en nuestras individualidades, afirma el escritor. Francisco Cañedo, SinEmbargo

–¿La ficción puede ponerse al servicio de esta denuncia?

–Sí, porque la ficción humaniza. Los hechos en las noticias se ven a través de un filtro estadístico, numérico. La literatura puede darle rostro a esos números.

Hotel de arraigo es también una novela sobre el cuerpo humano…

–Sí, de hecho hay todo un capítulo dedicado a un dedo. Creo que eso tiene que ver con la obsesión de la sociedad por la juventud, como si eso fuera un objetivo en sí para darle un sentido a la existencia. Me parece terrible que los proyectos de vida de muchas personas alcancen para tener dos arrugas menos o para mirarse en el espejo y encontrar una satisfacción efímera. El cuerpo en México es también una metáfora de lo maltrecho que está el cuerpo social en nuestro país. Un cuerpo desmembrado, con las cabezas decapitadas, que no puede lograr armonía. Si queremos recuperar la esperanza debemos pensar que no somos cuerpos separados, sino que formamos parte de una sociedad.

–¿Qué es primero para México: la esperanza o la conciencia cívica?

–Urge recuperar la conciencia cívica. Llevo 26 años de vida en México y me tocó una sociedad muy diferente. También por los referentes históricos conozco una sociedad que en los ’60, por ejemplo, fue capaz de articular un discurso basado en la esperanza y la utopía, que fue reprimido brutalmente. Ahí empezó el despertar de la conciencia social en nuestro país. En los ’90, este afán por crear instituciones ciudadanos traía un discurso que nos marcaba un rumbo para una sociedad mejor. De pronto, de 15 años para acá, cada vez hay más ciudadanos en México y lo que hay es un cúmulo de consumidores compulsivos. Somos uno de los mercados más consumidores del mundo, cualquier basura que nos avienta nos tragamos. Somos un embudo al que le entra toda la chatarra que se hace en el mundo. Todas las trasnacionales están aquí, es muy rentable este país, a pesar de la gran pobreza que existe.

–¿Esa descomposición fue progresiva?

–Siento que en el 2000 pensamos que ya habíamos logrado algo. Esa es una fecha importante en México para entender lo que está pasando. No nos dimos cuenta de que el 2000 era un punto de partida y no de llegada. El desencanto fue tal que bajamos los brazos.

–¿Ubicarías a Hotel de arraigo en lo que se conoce como narcoliteratura?

–No me molesta la etiqueta, aunque no está el narcotráfico presente. Sí es una novela negra en el sentido de los fundadores del género, como Raymond Chandler. Me gustaría pensar que tiene algo de Patricia Highsmith, una autora que adoro. Sí es una novela del crimen, como la define Chandler.

–Esta novela del crimen tiene una prosa muy seca…

–Creo que cuando uno concibe una novela negra lo hace desde el lenguaje. Efectivamente, es un lenguaje seco, característico, incluso a veces telegráfico, muy vertiginoso, que va muy de la mano con el género. Lo cinematográfico siempre está muy presente cuando escribo.

–Es una novela triste

–Sí. Me ha dejado la necesidad de seguir explorando otras posibilidades, pero también la tristeza de que difícilmente salgas de esa sensación de inutilidad que propone la escritura. Es verdad que te dices: la literatura puede ser una trinchera, tal vez estoy aportando algo, pero al día siguiente sobreviene esa sensación de vacío y crees que no aportas nada, que por qué estás metiendo el palo en la sangre, en la herida, ¿para qué? Soy obsesivo, corrijo mucho, me parece fundamental crear personajes y si tengo algún talento ese es meterme en la piel de mis personajes y hablar desde esa perspectiva.