Como un paleontólogo que encuentra un hueso y reconstruye su historia de adelante hacia atrás, el novelista retoma un hecho verídico (el incendio en 1923 de “La Chinesca”, una comunidad de migrantes chinos que se ubicaba en la ciudad de Mexicali, Baja California) para contar la historia de Pi Ying, un anciano traficante de opio y alcohol, que resguarda a un dragón en su sótano. En la narrativa convergen cazadores de animales exóticos, mafioso chinos, un veterinario viudo, recolectores de fósiles y personajes reales como el empresario circense P.T. Barnum y el Presidente Abelardo L. Rodríguez.

Ciudad de México, 25 de mayo (SinEmbargo).– El escritor y dibujante mexicano Bernardo Fernández, conocido como Bef, se expresa a través de trazos y letras en sus numerosas historietas y novelas. Desde niño, su fascinación por la literatura de ficción lo llevó a crear situaciones imposibles, pero verosímiles.

“Por eso le llamamos ciencia ficción, porque está justificada con cosas que suceden en el universo real y que conocemos a través de la ciencia, pero con un giro imaginativo”, dice Bef y nos cuenta su proceso de investigación para crear historias mágicas, pero sólidas, como lo hizo en Ojos de lagarto.

Como un paleontólogo que encuentra un hueso y reconstruye su historia de adelante hacia atrás, el novelista retoma un hecho verídico (el incendio en 1923 de “La Chinesca”, una comunidad de migrantes chinos que se ubicaba en la ciudad de Mexicali, Baja California) para contar la historia de Pi Ying, un anciano traficante de opio y alcohol, que resguarda a un dragón en su sótano. En la narrativa convergen cazadores de animales exóticos, mafioso chinos, un veterinario viudo, recolectores de fósiles y personajes reales como el empresario circense P.T. Barnum y el Presidente Abelardo L. Rodríguez.

Bef visitó bibliotecas, buscó a un par de historiadores, leyó mucho sobre cultura y migración china en México, y sobre la historia de Mexicali para dotar a su narración de fuerza. “Seguía investigando y aparecían conexiones entre temas que aparentemente estaban totalmente separados”, confiesa.

Nos cuenta que, al igual que un pastel cuyo procedimiento siempre es el mismo, pero cambian los ingredientes, él también utilizó los elementos que más le apasionan: la criptozoología y los avistamientos de animales extraños o monstruos.

Bernardo Fernández destaca la importancia de la literatura de lo imaginado y del asombro en México. “En general en este país siempre hemos visto con desdén los subgéneros policiaco, horror, fantasía, ciencia ficción”, opina y busca reivindicar esta área justamente con una historia tan bien hecha que no pueda ser clasificada como un género menor. “Es un género que me divierte, me pone a volar las ideas como si hubiera musas alrededor”.

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–¿Cómo regresar a un género tan literario cuando es poco lo que se escribe así en México?

–En general la literatura de lo imaginado, del asombro no es muy común en México. Argentina tiene una tradición mucho más rica en literatura fantástica. Ahorita hay un montón de escritoras de literatura fantástica. México tiene una vocación hacia el realismo social muy fuerte. Ahora quizá por eso es que hay una gran cantidad de novela policiaca, pero en general en este país siempre hemos visto con desdén los subgéneros policiaco, horror, fantasía, ciencia ficción y muy específicamente a lo imaginativo. No sé la razón, yo creo incluso daría para una tesis de doctorado. Sin embargo, a mí me encantaba desde joven, desde niño novelas de aventuras, ciencia ficción, horror menos, pero novela policiaca y fantasía mucho. Es un género que me divierte, me pone a volar las ideas como si hubiera musas alrededor y me gusta mucho escribir.

–¿Por qué crees que en México no se explotan tanto los géneros de ficción?

–Lo entiendo en el cine porque es caro, pero nosotros no tenemos pretexto porque las palabras son baratas; te cuesta lo mismo teclear “narco” que “dragón”. Sospecho que es una herencia de Cervantes; creo tenía mucha animadversión por las novelas de caballería (que era la ficción de aquella época) y lo hereda a toda la tradición 500 años después. En general en Hispanoamérica hay poca propensión a la imaginación.

–Has mencionado en varias ocasiones que tu literatura es multifocal. ¿Esta característica se relaciona con las diversas disciplinas que realizas? ¿Tu vida también es multifocal? ¿Cómo se traduce esto a la hora de narrar?

–Sí, claro. Me parecería muy aburrido hacer una sola cosa. Sólo escribir novelas o sólo dibujar y no hacer más que dibujar, me aburriría mucho. Entonces tengo muchos intereses que se reflejan en lo que hago. Y por otro lado me interesa la narración multifocal porque ahora vivimos en un mundo en el que estás cambiando todo el tiempo de canal, todo el tiempo estás brincando; antes era el zapping y ahora brinca de una pantalla a otra. Entonces intento en la multifocalidad reflejar un poco eso de cómo tenemos la atención puesta en un montón de lugares al mismo tiempo. Concretamente en esta novela lo que me interesaba era cómo la historia se construye de muchas voces; incluso voces que pueden ser contradictorias entre ellas. Se cuenta de distinta manera la misma historia y eso me interesaba, por eso todas mis novelas son multifocales, en esa construcción como de la narrativa colectiva.

Bernardo Fernández. Foto: Nadia Virgilio, SinEmbargo.

–Respecto a los géneros a los que recurres en tu literatura, ¿tiene que ver con etapas de tu vida, hay algún género al que regreses en ciertos momentos o es aleatorio?

–No es que “regrese”, nunca he dejado la ciencia ficción. Lo primero que leí fue ciencia ficción. Una de las cosas que me gusta de escribir es que es un oficio que entre más viejito eres, mejor te haces. Al revés de los futbolistas, que cuando envejecen ya no patean igual el balón. Aquí entre más viejo, mejor te haces y aprendes todo el tiempo; acumulas experiencia y oficio y maneras de contar las historias.

Mi primera novela policiaca ganó un premio y eso me abrió las puertas del mundo editorial, pero siempre tengo este asunto de volver al asunto imaginativo. Todas las novelas policiacas tienen en algún punto una pequeña licencia imaginativa.

En Ojos de lagarto, que de las novelas que he escrito es la que ocupa un lugar más profundo en mi corazón, decidí soltar desaforadamente una historia sobre un dragón chino escondido en un sótano de un anciano en Mexicali en 1933, con la intención de eso, de contar una historia en la que no hubiera un límite a lo imaginado, en la que pudieran aparecer dragones, dinosaurios y hasta mamuts en pleno siglo XX. Mi intención era que estuviera tan bien contada que no se pudiera calificar de un asunto menor. Siempre se le acusa a la literatura de la imaginación de ser menor. Esa era mi idea: hacer algo que estuviera tan bien escrito que nadie pudiera decir que es literatura menor. Cuando era joven y decía que leía a Stephen King o a Ray Bradbury todo el mundo te levantaba la ceja.

En este caso concreto es como la construcción de un mundo muy parecido a este porque tiene un montón de registros históricos. La que desencadenó mi idea de esta novela fue un incendio en 1923, cuando se quemó el barrio chino de Mexicali y descubrieron que había un montón de chinos ilegales escondidos en unos sótanos que se intercomunicaban en casas de la llamada chinesca. Eso fue real. A partir de saber la historia de ese incendio, quise imaginar que fue provocado por un dragón y fue un poco como los paleontólogos, que se encuentran un hueso y reconstruyen la historia hacia adelante y hacia atrás. Tenía el incendio pero necesitaba saber cómo llegó este dragón a la chinesca. En esta fantasía histórica se mezclan hechos reales, muchos muy extraños; las cosas más extrañas que cuenta la novela fueron reales, junto a esa concesión de imaginar que hay dragones escupiendo fuego o que los había todavía en 1923.

 

–En la novela tienes planos narrativos distintos, ¿cómo fue el proceso para intercalarlos a fin de conservar la intención dramática?

–Era imaginar que estaba en medio la historia y alrededor tenía a varios personajes que iban contando lo mismo desde distintas circunstancias y momentos separados por mucho tiempo. Es como un coro que va juntándose en una sola melodía. Y además le añadía diversidad, todas estas voces a veces se contraponen o se contradicen, esto para tener una diversidad narrativa, que en última instancia lo que provocaba era que esta historia tuviera un montón de capas y texturas que se acomodaban en una estructura completa.

Hice una investigación muy acuciosa de todos los hechos históricos para en ese andamio que era ya muy sólido, poder sostener la historia y que este dragón no se cayera, estas capas narrativas ayudan a avanzar hacia el clímax de la historia justo construyendo tensión.

–¿Cómo balanceaste la parte fantástica con la histórica? ¿Cómo fue el proceso de investigación?

–Me tomó un año pero la mitad de ese tiempo o más estuve yendo a bibliotecas, investigando, busqué a un par de historiadores, leí mucho sobre cultura y migración china en México, sobre la historia de Mexicali. Aparecen varios personajes históricos que atraviesan la novela, a los que también tuve que investigar para darles solidez. No es una novela histórica, incluso al principio digo que todos los personajes son ficticios, aunque hayan sido reales. Es la parte que más me gusta: investigar. Yo seguía investigando y aparecían conexiones entre temas que aparentemente estaban totalmente separados, pero permitían unirlos dentro de la novela. Lo mismo hay mafiosos chinos, exploradores, cazadores de animales exóticos.

Justo con toda esta investigación, combinando personajes reales y sucesos reales con la ficción lo que da es este coctel. Yo pienso que escribir una novela es un poco como hacer un pastel. Todos los pasteles más o menos tienen el mismo principio, pero cada quien le pone los ingredientes que le gustan. Entonces yo fui buscando ingredientes que me gustaban mucho: criptozoología, avistamientos de animales extraños, apariciones de monstruos.

Es mi marca: si tú investigas mucho y es muy sólido lo que dices es mejor. Es muy visible en el cine, que se ve que el guionista no investiga. Aquí incluso me atrevo a elaborar una teoría de las reacciones que debe tener un animal en el estómago para producir fuego, por ejemplo.

Por eso le llamamos ciencia ficción, porque está justificada con cosas que suceden en el universo real y que conocemos a través de la ciencia, pero con un giro imaginativo. Es el “qué pasaría si hubiera animales gigantes, mega fauna, capaz de escupir fuego” y entonces lo justificas con una explicación científica y lo colocas en el centro de una aventura.

–¿A la hora de dibujar también haces un proceso de investigación?

–De documentación, hice por ejemplo una novela gráfica que se llama La calavera de cristal, que el guion era de Juan Villoro, que era sobre el tráfico de piezas arqueológicas mayas, entonces me documenté acerca de los pocos códices mayas que se conocen, por ejemplo. Esa parte me divierte mucho. Yo soy un científico frustrado; yo hubiera querido ser paleontólogo. Mi formación muy de diseñador gráfico, que también es un oficio bastante metódico. Lo primero es que tienes que hacer una investigación de qué es lo que tienes que comunicar visualmente antes de ponerte a proponer ideas gráficas. Entonces primero investigo y después me siento a generar las ideas.