Llega a las librerías el segundo libro de La muerte del comendador, culminación de la obra más ambiciosa del célebre autor nipón en los últimos años. Los dos volúmenes ofrecen una exploración de las manías y formas de narrar que han convertido a Murakami en uno de los autores más importantes de este siglo.

Por Francés Miró, para eldiario.es

Ciudad de México, 26 de enero (SinEmbargo/eldiario.es).- Haruki Murakami tiene fama de no ser profeta en su tierra. Puede que sea un tropo labrado durante años entre la crítica literaria, que ha considerado que su éxito mundial y su renuncia al estilo tradicional nipón y al idioma, son signos de un autor que prefiere exportar su talento. Y puede también que sea una fama buscada: él mismo afirma ser un marginado en el panorama literario de su país y se ha curtido en la imagen de literato adoptado e influenciado por una cultura ajena.

Sin embargo, su obra Los años de peregrinación se convirtió en la novela más vendida en Japón el año de su publicación. Y cuando en 2017 publicó La muerte del comendador, repitió el fenómeno editorial, superando la marca de su anterior récord a nivel de ventas. Tampoco se le desprecia en el ámbito intelectual de forma unánime: su obra se estudia en las universidades como parte esencial de la literatura de este siglo y él se siente cercano al ámbito universitario. Su último gesto fue donar todos sus manuscritos, de un valor incalculable, a la Universidad de Tokio, pública y habitualmente situada en los rankings educativos como la más prestigiosa del país.

Por mucho que sigamos repitiendo lo contrario, a Murakami lo leen en casa y en el resto del mundo. Eterno candidato al premio Nobel, ahora revalida la vigencia de su estilo con la segunda parte de su novela más ambiciosa en años: La muerte del comendador Libro 2, publicada por Tusquets en castellano, y traducida por Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. Conclusión de la historia de un retratista que un buen día recibe un extraño encargo. Dos novelas que exploran muchas de las ambiciones, manías y temáticas que vertebran su obra. Repasamos algunas.

Portada de ‘La muerte del comendador libro 1’. Ilustración de David de las Heras. Foto: eldiario.es

NO ES FÁCIL SER UNO MISMO

Sexo, soledad y Mozart: cinco claves para entender a Murakami a través de su último bestseller La muerte del comendador se inicia con una huida en toda regla. El protagonista, un retratista que vive un buen momento profesional, no es capaz de afrontar el divorcio con la mujer con la que llevaba seis años casado. Sabe que, probablemente, nunca ha apostado por su relación tanto como ella. Pero no es capaz de gestionar la decepción consigo mismo. Así que un día comprará un coche de segunda mano y se pasará semanas recorriendo Japón. Sin lugar al que ir ni al que volver.

Un buen día, un viejo amigo le dice que quiere alquilar la casa de campo de su padre, que era pintor. Y nuestro protagonista encuentra un lugar en el que, por un tiempo, quedarse. Porque por muchas vueltas que dé, por muchos viajes que haga, siempre lleva el mismo equipaje. Él mismo.

Solitario en una casa perdida entre bosques y montañas, el retratista empieza una búsqueda de sí mismo. De lo que es para con su pasado y presente, de lo que significó para él una adolescencia prematura debido al fallecimiento de su hermana, de lo que significa ser artista, de lo que quiere expresar con sus retratos…

Pues la exploración interior, la búsqueda de significado de un paisaje emocional de compleja interpretación, es una constante en muchos personajes de Haruki Murakami. Les conocemos en plena etapa de cambio vital  y con ellos iniciamos el ejercicio de enfrentarse al espejo, aceptar lo que son y aspirar a ser otros. Como hicimos con el publicista de La caza del carnero salvaje, cuyo desarrollo se asemeja al de este retratista. Pero con una reflexión constante sobre la memoria y la identidad en épocas decisivas, como le ocurría a Tsukuru Tazaki, protagonista de Los años de peregrinación del chico sin color. En su prosa, lo que éramos influye en lo que somos, pero no tiene por qué decidir lo que seremos. Depende de nosotros.

CULTURA, CULTURA, CULTURA

Las artes en sus muchas formas y vertientes y cómo influyen en nuestra forma de ver la vida, son una constante en el universo murakamiano. Una que motiva, conduce o cambia radicalmente el desarrollo de la trama. La impregna en todos los sentidos. Sin ir más lejos, La muerte del comendador que da título a las dos últimas novelas del autor nipón, es también un cuadro.

El protagonista lo encuentra escondido en una buhardilla de la casa del pintor. En él se retrata una violenta escena del Don Giovanni de Mozart. La ópera, de hecho, sustituye al jazz en esta historia, pero Murakami sigue fiel a sus filias: la música en su obra ha creado todo un culto a su alrededor. Ya fuere por las presencias de John Coltrane o Duke Ellington en Kafka en la orilla, por los Debussy, Brahms y Chopin que se escuchan en Sputnik mi amor o por los Beatles de Tokio Blues. Existen extensos recopilatorios de vídeos con las canciones que suenan en sus libros en Youtube. Hay todo tipo de playlists en Spotify. El propio autor ha dirigido programas musicales de radio y regentó un local de jazz en su juventud. Incluso se han escrito magníficos ensayos sobre el tema.

No es menos relevante cómo se filtran sus referentes literarios en una obra que se impregna de Kafka, odia a Mishima, suena a Salinger y se lee tan rápido como a Scott Fitzgerald. De hecho, él mismo ha reconocido que El gran Gatsby es una inspiración esencial de La muerte del comendador.

En esta ocasión, además, se suma una reflexión en torno al lamento del artista, incapaz de comprender qué le motiva a serlo. Inútil ante el hecho de expresar con su obra algo que ni él mismo comprende.

La muerte del comendador 2. Foto: Tusquets

OTRA FORMA DE ENTENDER LA VIDA

En japonés existe un concepto bellísimo para describir lo que, en multitud de ocasiones, se respira en la prosa de Murakami: mono no aware. “El término (物の哀れ) es un concepto básico de las artes japonesas, especialmente de la literatura, que suele traducirse como empatía”, describe Laura Tomàs, cocreadora de la web especializada japonismo.com, en un artículo sobre esta idea. “Hace referencia a la sensibilidad o capacidad de sorprenderse o conmoverse, de sentir cierta melancolía ante lo efímero”, explica.

Sus descripciones, a veces vagas, otras minuciosas hasta la locura, atienden siempre al detalle más nimio cargado de un significado difícilmente aprehensible. Toda una tradición cultural nipona, presente en gran medida en la filosofía del haiku clásico, que permanece viva en su literatura.

El sosiego, la tranquilidad y el intento de captar la esencia de los momentos más breves de la vida no es solo algo que persigan sus letras, es que en su última novela es algo que busca desesperadamente el propio protagonista. Obligado a alejarse de la ciudad y refugiarse en una casa perdida en el monte, el retratista se sorprenderá conmoviéndose por todo aquello que antes le pasaba inadvertido. Como si siempre subyaciese un significado oculto en aquello que vemos.

UN FANTASMA EN TU CAMA

Sexo, soledad y Mozart: cinco claves para entender a Murakami a través de su último ‘bestseller’ En este sentido, La muerte del comendador explora otra de las tesis últimas de la literatura de Haruki Murakami: el significado real nunca es el evidente. En su obra, conocer a los demás da vértigo y sus personajes son, muchas veces, personas asustadas ante la certeza de conocer a los demás más allá de su fachada. De abrirse a los demás. De compartir sus demonios.

Y justo ahí, cuando se habla de lo que subyace, dentro y fuera de nuestra realidad, se nos presentan dos elementos fundamentales de la mente murakamiana: el sexo y la fantasía.

El primero es evidente en La muerte del comendador. La obra, de hecho, fue censurada en Hong Kong y terminó declarada públicamente como “indecente”, siendo solo aceptada su distribución como material para adultos. El protagonista de su última novela tiene con el sexo una relación de necesidad, aparente normalidad y obsesión adolescente. Y su desarrollo está asociado, de distintas formas, con largas y descriptivas escenas de sexo. Algo que el autor entiende como una forma de acercarse a los demás. Corriendo el riesgo de descubrir la verdad de personas que creías conocer.

En cuanto al segundo, la fantasía se filtra en la mayoría de su obra en un terreno expresivo muy parecido al del sexo. Ya fueren las ciudades subterráneas de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, los gatos parlanchines de Nakata en Kafka en la orilla o los mundos paralelos de 1Q84: todos estos elementos hablan de lo que no se ve a simple vista, pero existe y afecta a nuestra vida.

En La muerte del comendador, pronto aparece un elemento disruptivo: un ‘hombre sin rostro’ que acecha los sueños del protagonista para exigirle un retrato que le prometió. Otra promesa rota en un mundo de fantasmas y apariencias.

MÁS HOMBRES SIN MUJERES

El último bestseller del eterno candidato al Nobel empieza, como decíamos, con una huida. Un divorcio mal gestionado emocionalmente llevará al protagonista a evaluar la relación con su expareja, con el recuerdo de su hermana fallecida y con dos mujeres a las que conocerá cuando decida perderse en las montañas.

En Hombres sin mujeres, ya compuso una compleja tesis sobre la necesidad del hombre heterosexual moderno de refrendar su condición casi en cualquier aspecto de su vida. De proyectar en él sus inquietudes, frustraciones y rabias. “Variaciones sobre el tema de hombres abandonados por mujeres o privados de su presencia. Mujeres que entran y salen de la vida de aquellos, sin posibilidad alguna de comunicación o armisticio, sin segundas oportunidades”, explicaba el también escritor Carlos Zanón en su crítica del libro. Subyacía la tóxica incapacidad del hombre blanco heterosexual para procesar el abandono.

La masculinidad frágil, uno de los temas más explorados de su obra, se estudia aquí a través de un personaje que no acepta su ruptura. De la misma forma que la ausencia de una mujer motivaba Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Pero Murakami ha decidido desterrar la idea de la femme fatale y la mujer que hiere el sentimiento y orgullo del hombre para ser, así, culpada por todos sus males. Un motivo recurrente que planea sobre mucha literatura vestigial de prematuros lectores de Bukowski, que en La muerte del comendador, carga sus tintas en ellos. En hombres con dificultades para empatizar, gestionar sus emociones y vehicular de forma positiva sus preocupaciones. Hombres que tienen que cambiar.

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Fragmento de La muerte del comendador 2, de Haruki Murakami, con autorización de Tusquets/Planeta

Me gustan tanto las cosas que se ven como las que no se ven

El domingo también hizo un día espléndido, apenas soplaba el viento y bajo el resplandeciente sol otoñal brillaban las hojas multicolores de los árboles. Unos pajarillos de pecho blanco volaban de rama en rama y picoteaban certeros los frutos rojos del bosque. Me senté en la terraza y me deleité en la contemplación del paisaje. El esplendor de la naturaleza se ofrecía por igual a ricos y pobres, sin hacer distinciones. Como el tiempo… No, tal vez el tiempo no. Quizá la gente rica tiene la opción de comprar tiempo con su dinero.

A las diez en punto apareció por la cuesta el Toyota Prius azul claro. Shoko Akikawa llevaba un fino jersey beige de cuello vuelto y unos pantalones estrechos de algodón de color verde claro. Lucía una modesta cadena de oro. Su peinado era casi perfecto, como la semana anterior, y cuando movía la cabeza, dejaba al descubierto su elegante cuello. Llevaba un bolso de ante colgado en bandolera y unos zapatos marrones tipo náutico. Vestía de manera sencilla, pero se notaba que cuidaba todos los detalles. Sin duda, tenía el pecho bonito y, según la información de carácter íntimo aportada por su sobrina, no se ponía relleno en el sujetador. Sus pechos me atraían, aunque solo fuera desde una perspectiva puramente estética.

Marie Akikawa, por su parte, vestía ropa informal distinta a la del día anterior: unos vaqueros rectos gastados y zapatillas Converse blancas. Los pantalones tenían unos cuantos agujeros (hechos a propósito, obviamente). Llevaba un cortavientos ligero de color gris sobre los hombros y una gruesa camisa de cuadros como de leñador. Al igual que la semana anterior, en su pecho no se notaba ninguna redondez y tenía la misma cara de mal humor, como la de un gato al que le han retirado el plato antes de que terminara de comer.

Preparé té y lo serví en el salón. Les mostré los tres bocetos que había hecho el domingo anterior. A Shoko parecieron gustarle.

—Producen una impresión muy viva —dijo—. Reflejan a Marie mejor que una foto.

—¿Me los vas a dar? —preguntó Marie.

—Por supuesto —contesté—, pero cuando termine el cuadro. Quizá los necesite hasta entonces.

—¡Marie! —exclamó su tía con un gesto de preocupación—. ¿Qué dices? ¿De verdad no le importa?

—No, no me importa. Una vez terminado el retrato ya no me harán falta.

—¿Los usas como referencia? —me preguntó Marie. Negué con la cabeza.

—No. Digamos que los he pintado para entenderte de una forma tridimensional. Sobre el lienzo pintaré algo distinto, creo.

—¿Ya tienes en la cabeza la imagen que vas a pintar?

—No, todavía no. A partir de ahora vamos a pensar en ella juntos.

—¿Necesitas entenderme de forma tridimensional?

—Sí —respondí—. Un lienzo es una superficie plana, pero un retrato debe estar pintado en tres dimensiones. ¿Lo entiendes?

Marie puso cara de extrañeza. Supuse que, al oír la palabra tridimensional, había pensado en la redondez de su pecho. De hecho, lanzó una mirada furtiva al de su tía, que describía una hermosa curva bajo su fino jersey. Después me miró a la cara.

—¿Qué hay que hacer para dibujar así de bien?

—¿Te refieres al boceto? Marie asintió.

—Sí, al boceto, a los croquis.

—Practicar. Cuanto más se practica, mejor salen las cosas.

—Pues a mí me parece que mucha gente no mejora nada por mucho que practique. No le faltaba razón. Había estudiado en la Facultad de Bellas Artes y muchos de mis compañeros no mejoraban en absoluto por mucho que practicasen. Aunque uno se empeñe, lo que de verdad cuenta son nuestras habilidades naturales. Pero si empezaba a hablar de eso, la conversación terminaría por írseme de las manos y no acabaría nunca.

—Eso no significa que no haga falta practicar. Hay talentos y cualidades que solo emergen cuando uno practica. Shoko asintió con cierto entusiasmo al escuchar mis palabras. Marie, por su parte, se limitó a torcer un poco la boca, como si dudase de lo que le decía.

—Quieres mejorar tus dibujos, ¿verdad? —le pregunté. Marie asintió de nuevo inclinando la cabeza.

—Me gustan tanto las cosas que se ven como las que no se ven.

La miré a los ojos, brillaban de una forma especial. No entendí a qué se refería, pero, más que sus palabras, me llamó la atención el brillo de sus ojos.

—Qué cosas más extrañas dices —intervino Shoko—. Parece un acertijo.

Marie no contestó. Se limitó a contemplar sus manos en silencio, y cuando levantó la cara, ya había desaparecido ese brillo especial de sus ojos. Apenas había durado un instante.

Marie y yo nos metimos en el estudio. Shoko sacó de su bolso el mismo libro grueso en edición de bolsillo de la semana anterior (pensé que era el mismo por el aspecto) y enseguida se acomodó en el sofá para empezar a leer. Parecía entusiasmada y me intrigaba saber qué libro era, pero me contuve y no se lo pregunté.

Marie y yo nos sentamos uno de cara al otro a unos dos metros de distancia, como habíamos hecho una semana antes. En esta ocasión, sin embargo, tenía delante de mí un caballete con un lienzo, si bien aún no había cogido ningún pincel ni ningún tubo de pintura. Por el momento, me limitaba a mirar alternativamente a Marie y al lienzo vacío, pensaba cómo trasladar allí tridimensionalmente su imagen. Necesitaba una “historia”. No bastaba con plasmar la imagen en el cuadro. Solo con eso no se hacía un retrato. Para mí, en ese momento, lo más importante era encontrar una historia y empezar a dibujarla.

Sentado en la banqueta, observé la cara de Marie durante mucho tiempo y ella no apartó la mirada en ningún momento. Me miraba directamente a los ojos, casi sin pestañear. No era una mirada desafiante, pero sí transmitía la decisión de no echarse atrás. La gente se llevaba una impresión equivocada de ella debido a sus rasgos nobles y proporcionados de muñeca, pero en realidad era una niña con un carácter fuerte. Tenía su propia forma de hacer las cosas, sin titubear. Una vez que había trazado una línea recta frente a ella, ya no se desviaba con facilidad.

Al observarla con detenimiento me di cuenta de que había algo en sus ojos que me recordaba a los de Menshiki. Ya me había dado esa impresión, pero ese rasgo suyo en común volvió a sorprenderme. Era un brillo extraño. Podría decir que semejante a una “llama congelada en un instante”. Producía calor y, al mismo tiempo, transmitía calma. Parecía una joya muy especial con una fuente de luz oculta en su interior. Donde dos fuerzas luchaban fervorosamente, una por salir y expandirse y otra que se recluía y tendía a mirar hacia dentro.

Pero si pensaba eso, era porque Menshiki me había hablado con anterioridad de la posibilidad de que Marie fuera su hija biológica. Quizá por eso buscaba a propósito un rasgo común entre ellos.

Fuera como fuese, tenía que plasmar en el lienzo ese brillo especial de sus ojos, que era la característica central de su expresión, lo que hacía que se tambalease su fisonomía casi perfecta. Sin embargo, aún no era capaz de encontrar el contexto que me permitiera hacerlo. Si no lo lograba, esa cálida luz solo parecería una joya gélida. Tenía que descubrir de dónde procedía el calor que había en el fondo de su mirada y hacia dónde iba realmente.

Después de mirar alternativamente su cara y el lienzo me resigné. Aparté el caballete a un lado y tomé aire varias veces despacio.

Hablemos de algo —propuse al fin.

—Vale —dijo ella—. ¿De qué?

—Me gustaría saber algo más de ti, si no te importa.

—¿Por ejemplo?

—Pues… ¿Cómo es tu padre?

Marie torció ligeramente la boca.

—No le entiendo.

—¿Por qué? ¿No habláis?

—Casi no le veo.

—¿Trabaja mucho?

—No sé gran cosa de su trabajo, pero creo que no le intereso demasiado.

—¿No le interesas?

—Lo deja todo en manos de mi tía. No hice ningún comentario.

—¿Te acuerdas de tu madre? —continué—. Me contaste que cuando murió tenías seis años.

—Solo me acuerdo de ella a trocitos.

—¿A trocitos?

—Desapareció de mi vida en un instante y yo no entendía entonces lo que significa la muerte de una persona. Pensaba que solo había desaparecido, como el humo que se escapa por una rendija.

Se produjo un silencio y, al cabo de un rato, continuó.

—No recuerdo el antes y el después, porque desapareció de repente y no entendí bien la razón de su muerte.

—¿Estabas confusa?

—Un muro muy alto separa el tiempo en que estaba mi madre y el tiempo a partir del cual desapareció. Son dos tiempos que no se conectan. Volvió a quedarse callada un rato mientras se mordisqueaba los labios.

—¿Entiendes esa sensación? —me preguntó al fin.

—Creo que sí. Mi hermana pequeña murió con doce años. Ya te lo he contado, ¿verdad? Asintió.

—Tenía una malformación congénita en una de las válvulas del corazón. Se sometió a varias operaciones muy complicadas y en un principio todo fue bien, pero por alguna razón no llegaron a solucionar el problema. Digamos que vivió siempre con una bomba de relojería dentro de su cuerpo. En la familia siempre nos pusimos en el peor de los casos y no nos pilló por sorpresa como te pudo suceder a ti con tu madre.

—No os pilló por sorpresa…

—Me refiero a que no fue algo inesperado, como cuando de repente en un día soleado suena un trueno a lo lejos y a nadie se le había ocurrido que pudiera suceder.

—Pillar por sorpresa —volvió a repetir, como si de ese modo archivase la expresión en algún compartimento de su cabeza.

—Hasta cierto punto era previsible —continué—, y, a pesar de todo, cuando sufrió el ataque repentino y murió en el mismo día, el hecho de estar preparados ante la posibilidad de perderla no nos sirvió de nada. Yo me quedé literalmente petrificado. No solo yo, en realidad. Nos pasó a todos lo mismo.

—¿Te cambió mucho aquello?

—Sí, cambió muchas cosas. Lo cambió todo, de hecho, tanto dentro como fuera de mí. El tiempo empezó a transcurrir de otra manera y, como tú dices, ya no fui capaz de conectar lo que había pasado antes de su muerte y lo que había pasado después. Marie me miró fijamente durante unos diez segundos y después dijo:

—Tu hermana era muy importante para ti, ¿verdad? Asentí.

—Sí, era muy importante para mí. Marie agachó la cabeza como sumida en sus recuerdos, y solo volvió a levantarla al cabo de un rato.

—Tengo la memoria dividida y ya no me acuerdo bien de mi madre. No recuerdo cómo era, su cara, las cosas que me decía. Mi padre tampoco cuenta muchas cosas de ella.

Lo único que yo sabía de la madre de Marie era lo que Menshiki me había contado con todo lujo de detalles sobre su último encuentro sexual, sobre su apasionado intercambio en el sofá de su oficina que, tal vez, significó la concepción de Marie. Pero, lógicamente, no podía hablarle de eso.

—De todos modos, algún recuerdo conservarás. Viviste con ella hasta que tuviste seis años.

—Solo el olor —dijo Marie.

—¿Su olor?

—No, el olor de la lluvia.

—¿El olor de la lluvia?

—Llovía. Llovía tan fuerte que se oía cómo las gotas golpeaban el suelo. Sin embargo, mi madre caminaba sin paraguas. Íbamos de la mano bajo la lluvia. Creo recordar que era verano.

—¿Una de esas tormentas de verano?

—Puede ser. Notaba el olor que desprende el asfalto quemado por el sol cuando se moja de repente. Recuerdo ese olor. Estábamos en una especie de mirador en lo alto de la montaña y mi madre cantaba una canción.

—¿Qué canción?

—No recuerdo la melodía, pero sí la letra. Decía algo así como que al otro lado del río se extendía bajo el sol una gran pradera verde, pero a este lado no dejaba de llover… ¿La has oído alguna vez? No me sonaba de nada.

—Creo que no. Marie se encogió ligeramente de hombros.

—Se lo he preguntado a mucha gente, pero nadie la conoce. ¿Por qué será? ¿Me la habré inventado?

—Tal vez la inventó para ti en ese momento. Me miró a los ojos y sonrió.

—Nunca lo había pensado. De ser así sería maravilloso, ¿no crees? Creo que esa fue la primera vez que la vi sonreír. Como si una densa nube se hubiese partido en dos para dejar pasar un rayo de sol que iluminase la tierra prometida.

—¿Sabrías identificar ese lugar que aparece en tu recuerdo? —le pregunté.

—Es posible —dijo—. No estoy segura del todo, pero creo que sí.

—Conservar en la memoria una imagen así, un paisaje como ese, es algo precioso.

Marie se limitó a asentir.

Durante un rato estuvimos escuchando los cantos de los pájaros, al otro lado de la ventana lucía un espléndido sol de otoño. No había rastro de nubes y cada uno estaba abstraído en sus propios pensamientos.

—¿Y ese cuadro que está de cara a la pared? —me preguntó Marie al cabo de un rato.

Se refería al retrato del hombre del Subaru Forester blanco (aún inconcluso). Estaba apoyado de cara a la pared para no tener que mirarlo.

—Es un cuadro a medio hacer. El retrato de un hombre. No lo he terminado.

—¿Puedo verlo?

—Sí, pero ten en cuenta que aún no es más que un boceto.

Cogí el lienzo y lo coloqué en el caballete. Marie se levantó de la silla, se acercó y lo contempló con los brazos cruzados. Al enfrentarse al cuadro, sus ojos recuperaron el mismo e intenso brillo de antes. Apretó los labios. Había pintado el cuadro utilizando tan solo el rojo, el verde y el negro; el retratado aún no tenía un contorno bien definido. Su figura dibujada a carboncillo había quedado oculta bajo el color, como si rechazase adquirir una consistencia real, más presencia de la que ya tenía, como si de algún modo no admitiese más color. Sin embargo, yo sabía que estaba allí. Había atrapado el fundamento de su existencia, como los peces caídos en la red invisible de un pescador aún sumergida en el fondo del mar. Yo intentaba descubrir el modo de sacarle de allí, pero él me lo impedía, y en ese tira y afloja el retrato había quedado interrumpido.

—¿Lo vas a dejar así? —me preguntó Marie.

—De momento sí. A partir de aquí, no sé cómo avanzar.

—Parece que ya está terminado —dijo ella en un tono tranquilo. Me levanté y me acerqué para contemplar el cuadro desde su perspectiva. ¿Acaso veía la figura del hombre latente en la oscuridad?

—¿Quieres decir que ya no hace falta añadir nada? —le pregunté.

—Sí. A mí me parece que está bien así. Contuve la respiración. Sus palabras eran casi idénticas a las del hombre del Subaru Forester blanco: “Déjalo así. No lo toques más”.

—¿Y qué te hace pensar eso? —insistí.

Marie no dijo nada durante un rato. Se concentró de nuevo en el cuadro, extendió los brazos y después se llevó las manos a las mejillas como si quisiera refrescarse.

—Ya tiene suficiente fuerza —dijo al fin.

—¿Suficiente fuerza?

—Eso creo.

—¿Una fuerza positiva? No contestó a mi pregunta. Aún tenía las manos en las mejillas.

—¿Conoces bien a este hombre? Negué con la cabeza.

—No. En realidad, no le conozco de nada. Es una persona con la que me crucé por casualidad en una ciudad lejana durante un largo viaje. No hablé con él e ignoro su nombre.

—No sé si la fuerza es buena o es mala. Tal vez depende del momento. Como esas cosas que se ven distintas en función del ángulo desde el que las mires.

—Y te parece que es mejor dejarlo así, ¿verdad? Me miró a los ojos.

—Si pintas algo más y no funciona, ¿qué vas a hacer? ¿Qué vas a hacer si de repente alarga su mano para agarrarte? Tenía razón, pensé. Si de allí resultaba algo malo, malvado incluso, y alargaba su mano hacia mí, ¿qué podría hacer yo? Bajé el cuadro del caballete y lo dejé en el mismo sitio de cara a la pared. Solo con quitarlo de en medio me dio la impresión de que la tensión en el estudio disminuía. Tal vez debería haberlo envuelto bien y haberlo guardado en el desván como había hecho Tomohiko Amada con La muerte del comendador.

—Entonces, ¿ese cuadro de ahí qué te parece? —le pregunté señalando el lienzo de Tomohiko Amada colgado en la pared.

—Me gusta —dijo sin titubear—. ¿Quién lo ha pintado?

—Tomohiko Amada, el dueño de esta casa.

—Ese cuadro quiere decir algo. Es como un pájaro que quiere escapar de la estrecha jaula donde lo han encerrado. De nuevo me miró a los ojos.

—¿Pájaro? ¿Qué clase de pájaro?

—No llego a ver al pájaro ni la jaula. Es solo una sensación. Tal vez se trata de algo demasiado complicado para mí.

—No solo para ti. A mí también me resulta muy difícil, pero tienes razón. En el cuadro hay un grito, una súplica que el autor quiere desesperadamente que oiga la gente. Yo también lo noto, pero soy incapaz de comprender qué quiere transmitir en realidad.

—Alguien mata a alguien. Con un sentimiento muy fuerte.

—Eso es. El hombre joven le clava la espada al otro, que parece muy sorprendido por el hecho de estar a punto de morir asesinado. La gente de alrededor contiene el aliento al ver cómo se desarrollan las cosas.

—¿Hay asesinatos que se puedan considerar buenos? Reflexioné sobre su pregunta.

—No lo sé. Juzgar si algo es correcto o no depende solo de criterios morales. Hay mucha gente, por ejemplo, que considera la pena de muerte una especie de asesinato socialmente correcto. Ese mismo razonamiento, pensé, se podía aplicar a ciertos homicidios.

—Pero a pesar de que se asesine a una persona y salga mucha sangre —dijo Marie después de un silencio—, no transmite opresión. Es como si el cuadro intentara transportarme a un lugar distinto, un lugar donde no existe un criterio sobre lo que es correcto y lo que no lo es.

Aquel día no usé el pincel ni una sola vez. Estuve hablando con Marie en el estudio inundado de luz. Mientras hablábamos memoricé cada uno de sus gestos, sus cambios de expresión. Tenerlos almacenados en la memoria me serviría para transformarlos después en la sangre y en la carne del retrato que le iba a pintar.

—Hoy no has pintado nada —dijo Marie.

—Hay días así —traté de explicarme—. Algunas cosas te roban el tiempo y otras te lo dan. Es importante que el tiempo se convierta en tu aliado.

No dijo nada más. Tan solo me miraba a los ojos como si observara el interior de una casa con la cara pegada a la ventana. A buen seguro, pensaba en el sentido del tiempo. Cuando sonaron las señales horarias de las doce del mediodía salimos del estudio y fuimos al salón. Shoko, sentada en el sofá con sus gafas de pasta negras, estaba concentrada en la lectura del libro. Tan concentrada, de hecho, que apenas parecía respirar.

—¿Qué libro está leyendo? —le pregunté, incapaz de resistir por más tiempo.

—Si le digo la verdad, tengo una superstición —dijo con una sonrisa mientras colocaba el marcapáginas—. Si le revelo el título del libro que estoy leyendo, por alguna razón seré incapaz de leerlo hasta el final. Siempre que lo hago sucede algo inesperado y ya no puedo continuar. A lo mejor le suena extraño, pero le aseguro que es así. Por eso nunca le digo a nadie el título del libro que estoy leyendo, pero en cuanto lo termine lo haré encantada.

—Como quiera, por supuesto. La he visto tan entusiasmada que he sentido curiosidad.

—Es un libro muy interesante. Cuando empiezo no puedo parar, y por eso he decidido leerlo solo cuando vengo aquí. Así se me pasan las dos horas volando.

—Mi tía lee mucho —dijo Marie.

—No tengo otra cosa que hacer y la lectura ha terminado por convertirse en el centro de mi vida.

—¿No trabaja usted? Se quitó las gafas y se acarició entre las cejas para hacer desaparecer una arruga.

—Una vez por semana como voluntaria en la biblioteca. Antes trabajaba en un hospital universitario privado en Tokio. Era la secretaria del director, pero lo dejé cuando me mudé aquí.

—Se vino cuando murió la madre de Marie, ¿verdad?

—Solo tenía intención de pasar una temporada con ellos, pero después de vivir con Marie ya no me resultó fácil marcharme, y aquí sigo. Si mi hermano volviera a casarse, regresaría a Tokio enseguida.

—Pues yo me iría contigo —dijo Marie.

Shoko sonrió ligeramente, pero no dijo nada.

—Si no les va mal, las invito a comer. Puedo preparar algo rápido, pasta y una ensalada.

Shoko mostró ciertos reparos, pero Marie parecía entusiasmada.

—¿Y por qué no? Aunque volvamos a casa, papá no está.

—No se preocupe. Haré algo sencillo. Ya tengo preparada la salsa y me da igual cocinar para mí solo o para tres.

—¿De verdad no le importa? —preguntó Shoko, cautelosa.

—Por supuesto que no, no se preocupe. Como, desayuno y ceno solo todos los días, y de vez en cuando me gusta disfrutar de un poco de compañía. Marie miró a su tía directamente a los ojos.

—En ese caso —dijo Shoko—, aceptamos su invitación con mucho gusto. ¿De verdad no es molestia?

—En absoluto. Siéntase como en casa. Fuimos al comedor. Marie y Shoko se sentaron a la mesa y yo me dirigí a la cocina para hervir agua y calentar la salsa de espárragos y beicon. Preparé también una ensalada de lechuga, tomate, cebolla y pimiento. Cuando el agua hirvió, eché la pasta, y mientras se cocía piqué un poco de perejil. Saqué té frío de la nevera y lo serví en vasos. Marie y Shoko miraban extrañadas cómo me manejaba en la cocina. Shoko me preguntó si me podía ayudar en algo. Le dije que no, que se quedase tranquilamente sentada. No había tanto que hacer, después de todo.

—Se le ve a usted muy acostumbrado —dijo admirada.

—Lo hago todos los días.

Cocinar no representaba para mí ninguna molestia. Siempre me habían gustado los trabajos manuales, ya fuera cocinar, la carpintería, arreglar una bici o cuidar del jardín. Lo que no se me daba bien en absoluto era el pensamiento abstracto o matemático. Para una mente simple como la mía, los juegos mentales como el shogi, el ajedrez o incluso los puzzles eran agotadores. Cuando lo tuve todo listo, me senté con ellas y empezamos a comer.

Se trataba solo de una comida informal un domingo despejado de otoño. Shoko me parecía la compañía ideal para compartir mesa en un día así. Tenía una conversación animada, sentido del humor, era inteligente y sociable. En la mesa mostraba unos modales exquisitos, pero sin darse aires. Se notaba que se había criado en una familia educada y había estudiado en colegios buenos. Marie, por su parte, apenas habló. Delegó la conversación en manos de su tía y se concentró en la comida. Shoko me pidió la receta de la salsa.

Cuando estábamos a punto de terminar, sonó el timbre de la puerta. No me resultó muy difícil imaginar quién era. De hecho, me parecía haber oído un poco antes el potente rugido del Jaguar. El ruido había alcanzado esa capa intermedia entre la conciencia y la inconsciencia. El ruido de ese motor estaba en las antípodas del silencioso Toyota Prius. Quizá por eso el sonido del timbre no me sorprendió.

—Disculpen —dije.

Dejé la servilleta encima de la mesa y fui hasta la entrada. Era incapaz de imaginar qué ocurriría a partir de ese momento.