Lo relevante es, entonces, que tras seis meses o casi un año de aprendizaje acerca del virus, la gran certeza que podemos tener es que el cubrebocas es nuestra forma más segura de protección si tenemos que salir de nuestras casas. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro.

Tengo una buena relación, cercana a la amistad, con un par de otorrinos. Ambos trabajan en hospitales COVID-19. Por cuestiones de salud, he hablado con un médico internista varias ocasiones en los últimos meses. Su consultorio también está en un hospital COVID-19. Varias personas entre mi familia cercana y conocidos han terminado en un hospital a lo largo del confinamiento (desde fracturas hasta visitas al cardiólogo). Todos, fueron a hospitales COVID. Una de mis cuñadas trabaja en un laboratorio de estudios médicos.

Por fortuna, ninguno de los mencionados anteriormente se ha contagiado. Tampoco lo han hecho amigos muy cercanos que van al súper cada semana, otros que prefieren comprar en mercados y unos más que necesitan ir a sus oficinas. Por suerte y porque, a lo largo de este año, hemos aprendido muchas cosas sobre la enfermedad que nos ha ensombrecido el panorama durante ya mucho tiempo.

Quizá el aprendizaje más importante para las personas de a pie, quienes no entendemos del comportamiento de las moléculas y estamos muy lejos de ser los que descubran el nuevo tratamiento o la vacuna salvadora, es que se puede prevenir el contagio. Basta con contar con algo de suerte (sí, es imposible negarlo) y medidas preventivas (que ayudan a convocar a la diosa Fortuna).

Hemos aprendido, pues, gracias a muchísimos estudios a los que es sencillo acceder si uno tiene la paciencia y las ganas de enterarse, que la carga viral es importante. Aunque suene obvio, un virus no es lo mismo que cientos de virus, que miles de virus, que millones de virus. De hecho, hasta podría (nótese el condicional) ser positivo estar expuesto a cargas pequeñas de virus toda vez que el cuerpo estaría en condiciones de pelear contra el invasor con una amplia ventaja y, a la larga (esto sigue siendo especulativo pero con sustento), generar cierto tipo de inmunidad. En este sentido, lo importante es reducir la carga viral en caso de contagio.

También hemos aprendido que, a diferencia de lo que se nos dijo al principio del confinamiento, es poco probable contagiarse por contacto con superficies. No entraré a detalle en la explicación pues no soy un científico y hay muchas cosas que se me escapan pero también existe mucha información al respecto. Eso no implica, por supuesto, que no siga siendo relevante el lavado de manos y demás precauciones sanitarias que, incluso sin COVID-19, son recomendables.

Sabemos, por la experiencia con otros países y por los múltiples experimentos que se hacen que, si el contagio se da, principalmente, por la vía aérea (aerosoles, gotas, gotitas, gototas y demás), las forma más efectiva de protección es el cubrebocas, mascarilla, barbijo o como se le quiera llamar. Es la mejor manera de prevenir el contagio propio y de evitar esparcir el virus si uno es el enfermo. Cada una de las personas que mencioné en el primer párrafo, lleva la mitad de su cara cubierta, si no todo el día, sí mientras está fuera de su casa. Protege y se protege. Claro que, a ello, se debe sumar la distancia social y evitar ciertas prácticas irresponsables.

Lo relevante es, entonces, que tras seis meses o casi un año de aprendizaje acerca del virus, la gran certeza que podemos tener es que el cubrebocas es nuestra forma más segura de protección si tenemos que salir de nuestras casas, si precisamos ciertos niveles de convivencia, si no podemos hacer del encierro nuestro modo de vida cotidiano. El cubrebocas, primero; el resto de las precauciones después.

Hay casos en los que el cálculo político pasa de lo mezquino a lo criminal. Si en febrero o marzo no se tenía la certidumbre respecto a las mascarillas que hoy se tiene, podría justificarse el discurso sanitario en nuestro país. Hoy en día, es insostenible. No importa que la curva se esté aplanando, si lo hace en forma de una inmensa meseta que acumula ya más de 75 mil muertos oficiales. Y se siguen sumando.

Es cierto, la especulación con los hubieras siempre tiene algo de incierto. No hay forma de garantizar cuál habría sido el comportamiento exacto si se hubieran repartido mascarillas de forma masiva al inicio de la pandemia. La clave está en “el comportamiento exacto” porque los instrumentos de medición, la estadística y sus aplicaciones sí son capaces de revelarnos cosas. Entre ellas, la verdaderamente relevante: si se hubieran utilizado los cubrebocas, si se hubiera hecho una enorme campaña promoviendo su uso, si se hubiera dado el ejemplo, es casi un hecho incontrovertible que el impacto de la enfermedad habría sido menor. Más aún: hacer ese esfuerzo hoy en día sigue siendo relevante: su impacto se traduce en un menor número de contagios y, en consecuencia, un menor número de muertos.

Es una lástima que, por las razones que sean (y se pueden argumentar muchas y algunas hasta sonarán sensatas), hoy tengamos más muertos de los que habríamos tenido si todos usáramos mascarillas y mañana tendremos más. Y eso, por devastador que sea, es el mayor aprendizaje de este año.