Carlos Montemayor: Entre Epicuro y Séneca

27/02/2017 - 10:52 pm

Por Ramón Gerónimo

En el año 306 antes de cristo en el jardín de Epicuro se bebe y canta en torno a la vida. En “Apuntes del exilio” Carlos Montemayor nos dice como uno de sus más aventajados discípulos:

Comemos el pan, la carne, la fruta

y paladeamos el vino, el licor, el café;

cada hora es una fiesta que empieza

porque hemos llegado nosotros. (2014: 28)

55 años después de Cristo, Séneca recurre al género epistolar para decir:

La mayor parte de los mortales se queja, ¡Oh Paulino! de la malignidad de la

naturaleza porque nos engendra para un tiempo corto y porque este espacio

de tiempo que se nos concede, corre tan veloz y rápidamente que, con la

excepción de muy pocos, a los demás se les quita la vida cuando se están

preparando para ella. (1981: 381)

Por más claro que se tenga el destinatario de la carta, la escritura termina diluyéndose hasta llegar a las manos que no alcanzamos a imaginar. En el poema Montemayor toma el papel de Paulino y clama:

 

Era difícil, con el regocijo de la vida,

aceptar la muerte.

Sin tus nombres, sin tu aliento, descendí

a los infiernos

y buscar los cuerpos que amaba.

 

La presencia de la muerte perturba el poemario, pero también el recuento de la vida guía la mano del poeta. ¿Permanece estoico ante la posibilidad de la finitud?

La concepción dual de la realidad, nos ha orillado a crear divisiones inexistentes, a trazar fronteras donde no las hay, a reducir todo a términos binarios. La consecuencia son 2 antípodas supuestamente insalvables. Entre el Epicurismo y la escuela Estoica se dice hay una visión encontrada de la realidad. “Apuntes del exilio”, es un poemario donde la voz poética transcurre sobre estas dos escuelas sin ningún escollo. Muestra un poeta consumado en su aliento metafórico y rítmico, pero también deja entrever al hombre que con sapiencia encuentra la profundidad del pensamiento para intentar comprender la muerte.

Cómo si no existiera el diagnóstico de cáncer en el estómago, la inminencia de la parca, el desolador miedo del encuentro definitivo con el misterio, Montemayor canta en la fiesta por Doctorado Honoris Causa que le dio la Universidad Autónoma de Chihuahua.

El otrora defensor de los placeres del whisky, apenas puede paladear un trago, el estómago está desecho y después sabremos que el diagnóstico del tiempo de vida dado por el médico, tendría la exactitud de un reloj suizo.

Chihuahua es omnipresente en la obra de Montemayor en su poesía con los cantos que develan la infancia, la nostalgia de la vuelta a Parral. En las novelas de minería “Mal de piedra” y “Las minas del retorno” donde narra el drama humano y los hombres que terminan desfigurados emocionalmente como las minas en que hurgan. Las novelas sobre la guerrilla “Las armas del alba” y “Las mujeres del alba” textos donde reivindica el movimiento guerrillero, piezas fundamentales de la literatura mexicana, que laten como el recuerdo del asalto al cuartel de madera.

Apuntes del exilio entre muchos otros trazos tiene el de la idílica infancia. Su arte poética es un poema fundamental para acercarse a su obra:

Cuando mi hijo come fruta, o bebe agua, o se baña en un río,

sólo dice que come fruta, o bebe agua, o que se baña en el río.

Por eso ríe cuando leo mis poemas.

No comprende aún tantas palabras.

No comprende aún que las palabras no son las cosas.

Que en un poema quiero decir lo que nos rebasa a cada paso: (…)

Mas cierta vez, comiendo un persimonio de mi pueblo

dijo sin darse cuenta que sabía como a durazno y ciruela.

Porque desconocía esa fruta

no dijo lo que era, sino cómo era.

No comprende aún que así hablo yo,

que trato de comprender lo que desconozco

y que intento decirlo a pesar de todo,

como si ignorar fuese también una forma de comprender,

como si siempre recordara que la vida no es una frase, ni un nombre,

ni un verso que todos entienden.

Es, a mi modo, como decir,

que bebo agua, o como una fruta, o que me baño en un río.

aparecen ahí el problema del lenguaje y las cosas, la ensoñación por la infancia y la

percepción sensorial como el leimotiv de la memoria:, así sintetiza el descubrimiento

poético de su hijo por el habla poética.

En “Apuntes del exilio” reaparecen estos ecos de infancia, memoria y paisaje:

Esta mañana abro la puerta de la casa

y entra el aroma de las frutas que envasaba

mi madre. (p.35)

 

Seneca asumió la muerte conforme a su doctrina. Se fue sumergiendo a la tina y de manera precisa se cortó las venas. Primero desangrarse que ser contrario a la Virtud.

Permanecer incólume frente a la historia era su última y más fundamental enseñanza ante los estoicos. Desconozco -su familia también- si el poemario póstumo fue escrito con el conocimiento de Montemayor ante su muerte. Una lectura atenta nos dirá que si estaba enterado del inminente final. Para Seneca la muerte era superada si se vivió con dignidad. En ese sentido Montemayor también es un discípulo del pensador romano. Pero Montemayor se va de la vida cantando o más bien asume que ante la tensión vida-muerte, es el canto nuestra postura más estética y es la memoria la condición de la ética.

El inicio del poemario indica “He vuelto sin rencor a tu abrazo y al mundo” como se puede apreciar escribe desde el retorno. El poema no será un acontecimiento que se va descubriendo conforme avanza en su hechura, más bien, es el cuaderno de apuntes de quien como habíamos señalado “descendió” a los infiernos de preguntarse por la propia muerte, que la interrogante conlleva el tema de la despedida de aquello que amamos, más aún, la duda si volveremos a encontrarlos al otro lado del telón. Sin embargo, no hay rencor ni amargura en el recuerdo. Montemayor hace un canto de despedida donde por supuesto aparecer la pregunta de la finitud:

¿Hay algo eterno, entonces,

Que aguarda tras la caricia deseada (…)? (p.11)

La pregunta por la trascendencia la plantea entre la elección de caminar entre “una puerta de marfil y otra de viento y música” (10)

Se contraponen dos elementos: la puerta como símbolo del estado permanente de las cosas, como objeto que aguarda de una llave para ser abierta y acceder a los misterios de la muerte. La puerta como testamento sólido de vida. El viento y la música en cambio como elementos del cambio permanente, como la fugacidad de aquellas cosas que suceden en la vida y terminan por perderse. Sin embargo, ambos caminos apuntan a la construcción de la memoria. En ella reside el templo donde resguardamos nuestro paso existencial, pero también la fugacidad de los acontecimientos que de manera lenta se van tatuando en los recuerdos, sin que tengamos conciencia plena.

Casi al final del poemario, Montemayor descubre que la disyuntiva entre estos dos elementos, se resuelve:

Tu cuerpo era mi puerta de marfil

al iniciarse el instante

y la de viento y música, una y otra vez,

al sentirte. (60)

Si existe la posibilidad de la divinidad, reside en el cuerpo. Pero no visto como una entidad impoluta y distante, sino en el cuerpo como la balsa concreta que nos salva de la inmensidad de la tormenta. El cuerpo como faro de luz:

Pongo mis manos en tu cuerpo para saber

donde estoy

Pero también como la ventana a la eternidad, después del dantesco viaje al preguntarse por su propia muerte, Montemayor entiende que la reconciliación con el mundo y la única ventana al más allá donde pueda salvarse es el erotismo que se vincula a la raíz religiosa:

Ahora aquí, de vuelta,

Al poner mis manos en el calor de tu cuerpo,

Reconozco que la muerte y la vida llegan por

distintos senderos:

uno por la memoria, otra por la luz.

Pero no todo el paso de la luz es diáfano, recordemos las palabras de Eduardo Lizalde “la luz no muere sola arrastra en su desastre todo lo que ilumina” porque necesariamente la luz devela el misterio de las cosas. El apareamiento luz/sombra, vida/muerte como la marca que nos esculpe la existencia. Ante eso nos dice Montemayor:

La eternidad que nos ciega por la luz

De las cosas (25)

Si la luz enceguece no todo está perdido, quizá el tacto y la respiración sensorial sean el otro camino a la resurrección.

Montemayor; esa voz que no se apaga.

Los grandes poemas no iluminan enteramente la realidad, dejan un hueco para que caminemos a través del tacto y nos haga descubrir el perecedero caminar del tiempo sobre las cosas, el rostro íntimo de la naturaleza humana. Antonio Machado en su “Retrato” autobiográfico nos acerca a este misterio:

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

El casi nos detiene en la pregunta ¿Qué desea llevarse a la cita final el poeta? Y es justo la interrogante que me asaltó al leer Apuntes del exilio de Carlos Montemayor. Un poemario donde se escuchan los pasos de la despedida, guiados por un clima donde la noche desprende al poeta para verse desdoblado:

Atravieso lentamente la estancia

Y por fin abro la puerta y pregunto:

Pero soy yo el que llama,

Estoy ante mí, esperando afuera,

Expuesto a las lluvias y a los años.

De esta condición de verse a sí mismo, es la ensoñación quien le lleva al poeta a los rastros primigenios que le reconcilian con el mundo:

Esta mañana abro la puerta de la casa

Entra con el aire cálido de la huerta la risa

de mis hermanas.

De este halo luminoso el poeta hace recuento detallado del cuerpo de la amada “tu pubis húmedo, origen de lo que existe y desea existir” es un bálsamo para lo que implica la muerte. Si en “Finisterra” Montemayor cantaba con rabia y ansiedad que las cosas y los momentos de plena entrega no duraran para siempre, ahora con la cercanía de la muerte este grito se hace más fuerte y abismal, estamos ante un poemario de hondas raíces existencialistas, el Montemayor estoico de otros poemarios parece desangrarse de vida:

Acepté morir y vivir, perderte y buscarte.

Ahora, aquí, de vuelta,

Al poner mis manos en el calor de tu cuerpo,

reconozco que la muerte y vida

llegan por distintos Senderos:

Una por la memoria, otra por la luz”

Siguiendo el poema de Machado desconozco cuál será el equipaje y la muda de ropa que Montemayor se llevó en su partida, con nosotros se quedó su generosidad derramada en su obra y persona. Para los griegos había que realizar un viaje en la balsa de Caronte quien cobraba un óbolo por hacer su labor. Por eso bajo la lengua del difunto ponían una moneda.

Seguramente Montemayor también tuvo un verso bajo la lengua y por ello su obra resuena en nuestra memoria como voz que no se apaga.

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