Es la década de los ochenta en un pueblo de la costa italiana. El joven Elio, hijo de una familia de intelectuales, conoce a Oliver, un profesor universitario que realiza una pasantía durante el verano. En un entorno exquisito e idílico, tiene lugar una pasión desbocada, pero también la melancolía del amor fugaz.

Llena de referencias artísticas y literarias, la novela se estructura por capítulos que corresponden a las diferentes etapas y procesos por los que Elio y Oliver, desde sus distintas edades y emociones, viven el enamoramiento y la pasión.

Por Graciela Manjarrez

Ciudad de México, 27 de junio (LangostaLiteraria).- André Aciman construye su novela Llámame por tu nombre (Alfaguara, 2018) a partir de una premisa sencilla pero fundamental del género romántico: chico o chica conoce a chica o chico [inserte aquí una imposibilidad].

Es la década de los ochenta, Elio es un adolescente de 17 años, hijo de una familia de intelectuales, que verano tras verano cede su habitación a un universitario, previamente seleccionado, para hacer una pasantía. Es así como Oliver, 24 años, profesor en la Universidad de Columbia, llega a “B”, un pueblo idílico en la costa italiana. Entonces, Elio y Oliver se conocen.

Aciman estructura su novela a partir de cuatro capítulos. Los tres primeros corresponden a las diferentes etapas y procesos por los que Elio y Oliver, desde sus distintas edades y emociones, viven el enamoramiento y la pasión. El último corresponde a los restos que quedan de ese verano, de ese gran amor. No obstante, esta división capitular funciona como metáfora de la imposibilidad que los personajes se imponen a sí mismos.

Elio se desborda en emoción. Oliver la contiene. Elio da rienda suelta a su emoción y deseo, Oliver la sepulta con un ¡Luego!, un casi estribillo que promete todo y nada al mismo tiempo. Aciman nos lleva de la mano por el placer máximo de la palabra exacta y luego da un respiro con un punto y continuará.

Este avance revela de manera única la complejidad del personaje central de Llámame por tu nombre. Elio es y no es un adolescente. Como todo chico, su registro de emociones es bastante amplio, pasa de la alegría exacerbada a la tristeza infinita con sólo un gesto.

Su alta cultura, discurso y habilidades exquisitas le permite sostener conversaciones fluidas y desenvolverse con soltura en su entorno cercano: adultos sumamente educados que lo mismo discuten a Heráclito que citan a Dante. Y, sin embargo, las dudas sobre sí mismo lo asaltan. La incertidumbre lo quiebra; la frialdad lo abate; la tristeza lo lleva a aislarse; la curiosidad lo empuja a iniciar una relación erótica-amorosa con Oliver.

La crítica se ha preguntado si Llámame por tu nombre es un libro sesgado por la alta cultura. Sí, lo es. Pero el acierto de Aciman es que estas referencias culturales son el medio y no el fin. No son un mero intercambio de alusiones petulantes o idílicas, son el pretexto para que Oliver y Elio intimen. Las miradas cómplices, las risas nerviosas, los gestos sutiles en estos intercambios son los factores que despedazan los miedos, la culpa y los prejuicios.

El discurso artístico -que bien pudo ser otra cosa- permite la proximidad entre un ser humano y otro ser humano. Es durante la traducción de unos versos de Leopardi que Oliver se da cuenta de que tiene alguna oportunidad con el joven Elio:

“Durante semanas confundí su mirada fija con una hostilidad descarada. Estaba muy equivocado. Era simplemente la manera en la que un hombre tímido le aguanta la mirada a otro”. Así se pone en un segundo plano la edad y la cuestión del género.

Desde el principio de la novela lo que leemos es la historia de un primer gran amor. No hay más. De ahí que Llámame por tu nombre esté contada en primera persona. En un entorno exquisito, sublime, idílico y civilizado en exceso -que funciona a manera de locus amoenus– ocurre la pasión desbocada y loca del amor, pero también ocurre la nostalgia del amor que duró toda la vida y que sólo se vivió durante seis semanas.

Chico conoce a chico y, pese a sus dudas y miedos, determina enamorarse. No hay imposibilidad.

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