Rodada en 2018 y con la colaboración de mucha gente -desde jóvenes de las comunidades en las que grababan hasta su madre, en el papel de una doctora-, Valadez se mostró más que satisfecha con su primera película, que cumple lo que busca como cineasta: “El cine de autor y el arte deben cuestionar la realidad y hacernos preguntas, aunque no las pueda responder”.

Por Alicia García de Francisco

Madrid, 27 nov (EFE).- Se llevó el Premio Horizontes en el Festival de San Sebastián y ha sido galardonada en certámenes como el de Sundance, Zúrich, Tesalónica o Morelia. Con este currículum, Sin señas particulares, un duro filme sobre la violencia en México, llega este viernes a las salas españolas.

Fernanda Valadez debuta como directora con esta película que parte de la realidad para construir una ficción sobrecogedora y con un punto de vista diferente para contar una historia sobre inmigración ilegal, sobre búsqueda de oportunidades y sobre desesperación.

La realizadora narra la película desde los ojos de Magdalena, una mujer que busca a su hijo, desaparecido cuando trataba de cruzar la frontera de México a Estados Unidos. En su recorrido se encuentra con Miguel, un joven deportado desde EU, que hace el trayecto inverso.

Valadez empezó a escribir el guion en 2012. Primero hizo un cortometraje, una especie de “exploración” para ver cómo contar una historia que a ella no le ha sucedido, la desaparición de un ser querido, explicaba a EFE en una entrevista tras presentar su película en San Sebastián.

Desde ese 2012 han sucedido muchas cosas en México y la realizadora, junto a la productora Astrid Rondero -“Esta película es tanto mía como de ella”, asegura Valadez- encontraron en el cine su manera de “procesar esa violencia que nunca disminuyó”, que solo “ha tomado distintas formas”.

“2020 ha sido el año más violento a pesar de la pandemia”, asegura Valadez, que precisa que “la situación ha evolucionado, pero en términos de muerte sigue igual o peor”.

Su objetivo con “Sin señas particulares” era “beber de la realidad pero convertirla en una historia sencilla en términos estructurales y emotiva”.

La realidad de la que bebieron fueron especialmente dos hechos concretos, que les inspiraron pero no están recreados en el filme: las dos masacres de San Fernando, en Tamaulipas, en 2010 y 2011. Estos dos hechos les “hicieron despertar”, reconoce Valadez.

Para rodar, decidió hacerlo en su Guanajuato natal, donde la situación era mucho más segura.

“Guanajuato expulsa a muchos migrantes, esa es una realidad, pero era bastante seguro hasta hace unos años, por eso queríamos filmar la película allí”, explicó Valadez, que recordó que pasado un tiempo, porque tardaron en conseguir la financiación para la película, “Guanajuato se convirtió en el nuevo Tamaulipas”.

Es un ejemplo de cómo la violencia ha ido moviéndose por México y cambiando. Ahora, “atraviesa todas las clases sociales”.

Y aunque aseguró que hay zonas de México donde se puede hacer una vida “relativamente normal, sin miedo a balaseras”, reconoció que durante el rodaje el equipo tuvo que estar muy protegido por las autoridades del Estado.

En Guanajuato situaron la mayor parte de la historia del camino de Magdalena (Mercedes Hernández) y Miguel (David Illescas), que se mueven por un territorio lleno de policías y rodeado de las mafias que se aprovechan de los migrantes.

Pero también se rodaron escenas en la misma frontera, como si fuera un documental. Fue el caso de la entrada de Miguel en México.

Se rodó sin permiso porque los trámites burocráticos se eternizaban. Así que se redujo el equipo a lo absolutamente indispensable, es decir, la directora, la responsable de fotografía y el actor.

En el lado mexicano de la frontera les esperaba Rondero, con todos los papeles que demostraban que estaban filmando una película, por si había problemas.

Una película que se pudo poner en pie gracias principalmente a la ayuda del Fondo de cine de calidad de México, ahora desaparecido. “No entiendo a este Gobierno de izquierda (de Andrés Manuel López Obrador) que tanto nos entusiasmó y que está tomando unos recortes brutales a la cultura”, lamentó Valadez.

Rodada en 2018 y con la colaboración de mucha gente -desde jóvenes de las comunidades en las que grababan hasta su madre, en el papel de una doctora-, Valadez se mostró más que satisfecha con su primera película, que cumple lo que busca como cineasta: “El cine de autor y el arte deben cuestionar la realidad y hacernos preguntas, aunque no las pueda responder”.