“Cuando pasé al lado de un cadáver, me di cuenta que de ahí salía el llanto que escuché”, escriben Abril Espinosa e Iván Lara en Rostros en la oscuridad: Hospitales

Ciudad de México, 2 de marzo (SinEmbargo).– Rostros en la oscuridad lleva en el título su antítesis. Las pamboleras, los pacientes de hospitales, las víctimas de la violencia, los migrantes… todos encuentran un poco de luz en las páginas.

El proyecto editorial nació con “punch” y arrojo. Ahora es una realidad: más de una decena de libros respaldan el trabajo de Melchor López Hernández, Karla Santamaría y Adán Magaña. Uno de ellos, el más reciente, es Hospitales.

Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte la presentación y el primer capítulo de Rostros en la oscuridad: Hospitales.

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PRESENTACIÓN

Sobre las historias de maltrato a los pacientes hospitalizados, ¿alguien ha pensado en todo lo que se requiere para que los médicos ejerzan un buen servicio? Si has estado internado en un hospital, te has preguntado: ¿Sería mejor morir en casa o bajo el techo de Terapia Intensiva? Cuando una persona fallece en el hospital: ¿es culpa del médico insensible o del paciente imprudente? ¿Quién decide si vives o mueres? ¿Quiénes velan por ti mientras te recuperas: los vivos o los muertos? ¿Qué sucede después de la muerte?

Rostros en la Oscuridad. Hospitales es una recopilación de testimonios sobre diversos actores involucrados en el ejercicio de la medicina: pacientes, médicos, enfermeras, familiares, estudiantes, entre otros. Estas historias permiten adentrarnos y entender una manifestación de la realidad: la vida dentro de los hospitales.

Tendemos a contemplar la tragedia solo cuando se manifiesta. Es decir, nos interesamos en la baja calidad de un servicio cuando alguna persona cercana a nosotros sufre las consecuencias de éste; exigimos la destitución del funcionario hasta que sus actos nos afectan directamente. Creemos que la vida en los hospitales psiquiátricos es como la muestran en las películas. Nada más lejano de la realidad. Quizá si nos acercamos a esta situación entenderíamos que los problemas no solo provienen de las enfermedades, y entonces haríamos algo para cambiarlo.

Según Gaíza Gastón, construimos nuestra existencia a partir del otro: nos reconocemos cuando sabemos que no somos otro; no somos otro porque somos uno mismo. Esa percepción de la identidad parece que desaparece poco a poco en la actualidad. Si miras alrededor, podrás darte cuenta de lo que hablamos.

Al asistir al médico, le preguntaste a la señora que esperaba su consulta a lado de ti: “¿Cómo está?”. Pero cuántas veces interrogaste al médico que te atendió si en ese momento se sentía bien. ¿Alguna vez te cuestionaste si la mujer que te entrega los medicamentos en el hospital sufre por algo?

Particularmente, en México, parece que los problemas sociales se acentúan y crecen cada vez más; los mexicanos persiguen la lógica individualista que se opone a la naturaleza humana, a esos acuerdos que han creado las personas para vivir en común. Gracias a esta situación el desarrollo social de nuestro país se estancó hace mucho tiempo y de aquí se derivan los fenómenos existentes en el sector salud: la falta de medicamentos, la escasez de materiales en las zonas rurales, el insuficiente número de médicos especialistas para cada padecimiento, la sobrepoblación en determinados hospitales y la mala atención a los pacientes.

Para la dignidad humana, la salud y el bienestar constituyen un pilar fundamental. Para reconocer otros rostros es imprescindible mirar donde se pugna por la vida, donde se utiliza la razón, donde se requiere el sentimiento para tener esperanza y donde se encara a la muerte; es decir, los hospitales.

¿Qué es lo peor que puede pasar si una niña se traga una pila? ¿Qué implica que los embarazos no sean planeados? ¿Si un doctor ama destripar órganos y sentir la sangre? ¿Quién es más inocente, la niña de 13 años que está embarazada por tener relaciones sexuales con su novio, o la doctora que no cuenta con el equipo para salvar vidas?

¿Quién es más valiente, esa mujer que lucha contra el cáncer aun sin el apoyo de su familia o el joven con VIH que mantiene su enfermedad en secreto, pero ayuda a otros a salir adelante? ¿Quién sabe más sobre hospitales, aquel que está internado en este momento, o tú que lees este libro?

Sofía González y David Dávila Ciudad Universitaria, octubre de 2018

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EL LIMBO

Abril Espinosa e Iván Lara

La muerte es la oportunidad última de percibir por ti mismo la verdad completa que subyace a la existencia.

ELISABETH KÜBLER-ROSS

Soy una persona casi de la tercera edad, tengo 58 años y vivo en Guadalajara, hace tres años pasó algo inexplicable.

Padezco apnea del sueño, quiere decir que siempre me quedo dormida y por momentos no respiro. Es una enfermedad silenciosa y molesta. Por este motivo el cuerpo y el cerebro no descansan; mucha gente la padece, pero no se atiende. Lo mío es crónico y ya se complicó demasiado.

Para tratar de atender el mal fui a ver un médico en una clínica particular, aquí en mi ciudad. Ese “doctorcito” me recetó unas pastillas que “eran buenísimas” para mi padecimiento. El tratamiento solamente consistía en tomar dos pastillas cada 12 horas por tres días, y luego una diaria. Ese mismo día comencé: tomé las pastillas y me fui a dormir.

No supe nada de mí, no oí, no sentí nada de nada por un lapso de casi 36 horas. Por fin desperté, estuve rígida y con mucho frío. Recuerdo que al reaccionar oía unos ruiditos, como murmullos y llantos ahogados. Sentí los párpados muy duros y los ojos arenosos. Cuando por fin logré abrirlos, no vi nada, todo era oscuridad, frío y los sonidos raros.

“¿Me morí? ¿Esto es la muerte? ¿Mi familia me llora?”, fue lo primero que pensé, pero no, ¡yo sentí mi cuerpo vivo! Respiraba, escuchaba y tenía sed. Lo siguiente que aluciné fue: “¡Me enterraron viva! iDios!”. Y comencé a moverme y a tocarme; estaba desnuda, acostada en algo muy duro y frío, cubierta con una sábana.

No grité ni lloré, aunque estuve aterrada. Y atenta a mis sensaciones y a lo que oía. Los murmullos y llantos seguían. Me descubrí, logré sentarme. Tardé un momento en reaccionar completamente, o en asimilar lo que vi y así darme cuenta en dónde estaba: en la morgue, sí, en la morgue, viva, y cada vez más asustada.

La voz no me salía, no supe si por la angustia, el miedo, o todavía por el medicamento. Aún sentada ahí en la plancha, escuché llantos y gente que hablaba; busqué con la mirada a mi alrededor. Para donde mirara, había más planchas, unas solas y otras con cuerpos cubiertos. En ese momento, ya temblaba sin parar, la impresión era demasiada. Oí el tic-tac de un reloj y con la vista lo busqué, eran las 3:25 hrs.

Intenté pararme y lo logré. La idea era salir de ahí. No fue fácil bajar de la plancha, era muy alta y yo muy vieja, pero lo logré. Vi la puerta, estaba muy lejos de mí, tenía que atravesar casi todo el lugar, entre muertos. Mi lengua seguía dura y la boca seca. Traté de gritar pero la voz no salía. Empecé a avanzar despacio, por la edad y el miedo, tuve que ir sosteniéndome, lo único para hacerlo era de las planchas, y lo hice. No saben el miedo que se siente rozar con tus manos cuerpos sin vida.

Cuando pasé al lado de un cadáver, me di cuenta que de ahí salía el llanto que escuché. Lo primero que hice fue intentar descubrir el cuerpo, y lo hice. Quise ver quién lloraba: era una joven mujer muerta. No se movía, no había reacción en ella, pero ¡yo la oí llorar! A ella y a otros que ya no me atreví a ver. Salí lo más rápido que mis piernas lo permitieron; busqué gente y me atendieron al verme.

Todo esto no es mi imaginación, como lo dijeron los médicos cuando se los conté, yo oí los llantos y los murmullos desde antes de saber dónde estaba. Los muertos, ahí en la morgue, lloran su propia muerte, se resisten a ir, hablan: “¿Por qué? ¿por qué?”. Otros dicen: “¡No! ¡No!”. Ellos aún no se quieren ir.

Los escuché y pude salir para contarlo. Claro, la clínica, donde me dieron el medicamento, me indemnizó para atención médica y para callarme su ineptitud. A mi familia también se lo conté, aunque algunos me creen y otros no; y me contestan: “Fue el miedo”. Pero estoy segura lo que oí y viví.

Y pensar que algún día, cada vez más cercano, volveré de nuevo a estar ahí, entre ellos, quizá, también llorando.