En la escuela, para no ir más lejos, algunos profesores suelen calificar la capacidad que tienen sus alumnos para estar de acuerdo con ellos. Foto: Cuartoscuro

Siempre he sido un defensor de la lectura cuando es sincera. Me refiero a una acción que trasciende las ideas del fomento y su importancia. Hablo de cuando un lector cualquiera se enfrenta a una obra escrita. Si la lee sin intenciones particulares, entonces se vuelve un acto tan válido y valioso como el de un profesional. Lo explico más allá de las posibles abstracciones.

Un lector común lee una obra que algún crítico literario considera menor. El primero se entusiasma mucho, pues le gusta la trama, el dibujo de los personajes, las emociones que le provoca. El segundo es lapidario con el bestseller, encuentra todos sus defectos y los señala. Un día se encuentran y platican sobre la obra en cuestión. El crítico esgrime argumentos contundentes y termina deslegitimando la lectura del entusiasta. Esto se puede repetir en muchos ámbitos. En la escuela, para no ir más lejos, algunos profesores suelen calificar la capacidad que tienen sus alumnos para estar de acuerdo con ellos. Preguntan el tema de una novela esperando que la respuesta sea la misma que anotaron en sus hojas de respuestas.

Insisto: si no hubo una intención en la lectura más que llevarla a cabo por el placer que le significa al lector, entonces no hay por qué menospreciar la del entusiasta sobre la del crítico. De hecho, existe la posibilidad de que el primero la haya disfrutado más que el segundo. Eso, por sí mismo, habla de la nobleza de la lectura y valida la ligereza con la que (el crítico acusa) la llevó a cabo nuestro entusiasta.

Lo anterior no quiere decir, por supuesto, que la lectura especializada o profesional no sea también válida. Sería insensato de mi parte sostener algo así. Algunas precisiones al respecto. He escuchado a varios profesionales de la lectura lamentar ya no ser ingenuos frente a un texto. Leer con el entusiasmo de los niños es algo que se nos escapa ya a muchos. Son este tipo de lecturas las que llevan a otros placeres que no son, necesariamente, los del entusiasmo directo. Bajo el primer argumento, tampoco hay forma de descalificar este tipo de lecturas. Si acaso, lo que no es tan agradable es que algunos lectores descalifiquen a otros por su tipo de lectura. Es como el crítico que señala los defectos del autor y no de la obra.

Ahora bien, de pronto pasan cosas que hacen que me retracte un poco. Sólo un poco. Nuestra modernidad tecnologizada en exceso permite que, frente a cualquier texto o simple comentario, lleguen andanadas de críticas, de agresiones y de insultos que son producto de la lectura. Hagan el experimento: escriban un texto cualquiera y súbanlo a las redes sociales. Será difícil conseguir el nivel de inocuidad necesario para evitar cualquier ataque. Sobre todo para aquéllos que cuentan con muchos seguidores. Basta con que escriban algo para exponerse a la más cruel de las críticas, la que parte del texto y deriva a la persona.

De ahí el sólo un poco. Me parece que muchas de esas lecturas no son legítimas. No en los parámetros que yo mismo establecí. Tienen una clara intencionalidad: la de encontrar el defecto, el error o algo que permita el ataque. Además (me salto ahora las discusiones en torno a la interpretación), hay muchas que son deficientes: algunas personas leen lo que se les antoja y no lo que dice.

Supongo que la virulencia anónima es producto de nuestros tiempos. Yo he sido lector ingenuo y he disfrutado de cátedras de expertos. También he sido un lector más preparado y he disfrutado de pláticas con lectores novatos. Me parece que ése es un valor de la lectura que no debemos dejar que se nos escape: el del diálogo propiciado en el que nuestros desacuerdos no nos obliguen a agredirnos. En una de ésas, hasta aprendemos a leer mejor.