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Óscar de la Borbolla

29/06/2015 - 12:02 am

El problema de la obviedad

La conducta que más me desquicia de una persona es que no vea lo obvio, que, por ejemplo, esté lloviendo a cantaros y diga que está seco. Pero si ahí está la lluvia, le señalo, y que me pregunte: ¿Dónde? Esto es algo que francamente no resisto y, supongo, que a todos nos pasa lo […]

La conducta que más me desquicia de una persona es que no vea lo obvio, que, por ejemplo, esté lloviendo a cantaros y diga que está seco. Pero si ahí está la lluvia, le señalo, y que me pregunte: ¿Dónde? Esto es algo que francamente no resisto y, supongo, que a todos nos pasa lo mismo. Lo blanco es blanco y lo negro es negro, me digo con absoluto convencimiento: es obvio. Cuando por desgracia topo con alguien así, le huyo y si es posible no vuelvo a dirigirle la palabra. No me gustan los necios, es obvio.

El problema es que a lo largo de mi vida me he topado con demasiados necios que, a su vez, me han calificado de necio a mí. Y me ha ocurrido con las cuestiones más diversas: concursos de belleza en los que mi favorita era otra, también en temas de religión y no se diga en literatura y en política. Lo que ha sido obvio para mí no lo ha sido para el otro. Lo obvio, por lo visto, no es obvio universalmente. Si lo fuera no habría ni desavenencias ni guerras.

La sola existencia del conflicto es el indicio de que lo obvio tiene problemas. Y aunque entiendo que en muchas ocasiones los opositores comparten el mismo punto de vista y solo por intereses contrarios o, sencillamente, por un prurito de contradecir hacen que las posturas se enconen, me alarma que, en la mayoría de los casos, hay quienes se enfrentan porque sus evidencias discrepan, lo que es obvio para unos no lo es para otros: hace falta, entonces, preguntarnos: ¿cuál es el problema de lo obvio?

El primer problema es que lo obvio sea obvio para quien así lo ve. Pues esta certeza determina que quienes no la comparten resulten, por lo menos, antipáticos y, en ocasiones extremas, enemigos acérrimos. El principal problema de la obviedad es que representa una cárcel para quien comulga con ella. “Es obvio -dicen unos- que el aborto en ciertas circunstancias es una mera interrupción del embarazo.” “Es obvio -dicen otros- que en cualquier circunstancia es un crimen.” “Es obvio que la orientación sexual de cada quien -dicen unos- es asunto de cada quien.” “Es obvio -dicen otros- que exclusivamente la heterosexualidad es correcta.” Es obvio que la fidelidad es posible y es obvio que es imposible…

Y otro problema de que algo nos parezca obvio es que uno ni quiere ni puede argumentar a propósito de lo obvio. Es tan claro para uno que no fácilmente se está dispuesto a condescender con el otro para explicarle lo que, según uno, está sobradamente claro. Y no se puede explicar porque lo obvio es el fundamento, la evidencia sobre la que se asientan todas las razones que uno podría dar. Y los fundamentos, los axiomas no se explican: son lo evidente por antonomasia.

Uno no puede ni quiere explicar lo obvio porque es tan claro para uno que queda deslumbrado por su evidencia y de ahí que uno, ciega y ferozmente, lo proclame, lo defienda y aspire a imponerlo a los demás. Nada nos vuelve más fanáticos que lo obvio, nada nos hace más peligrosos que nuestras obviedades. Y, además, siendo lo obvio nuestra certeza axiomática no podemos sino razonar a partir de ella, es decir, “racionalizamos” sostenidos en ella y, por supuesto, siempre encontramos muy buenas razones para acabar de convencernos que lo obvio es obvio…

El problema más grave de lo obvio no es tan obvio y consiste en que lo que tenemos por obvio es la bandera por la que damos nuestra vida. Lo obvio es tan claro que no nos deja opción. Por todo esto -y como confesión paradójica- termino esta reflexión diciendo: me parece obvio que por el bien de todos deberíamos dudar de aquello que consideramos obvio.

Tw @oscardelaborbol

Fb www.facebook.com/oscardelaborbolla

Óscar de la Borbolla
Escritor y filósofo, es originario de la Ciudad de México, aunque, como dijo el poeta Fargue: ha soñado tanto, ha soñado tanto que ya no es de aquí. Entre sus libros destacan: Las vocales malditas, Filosofía para inconformes, La libertad de ser distinto, El futuro no será de nadie, La rebeldía de pensar, Instrucciones para destruir la realidad, La vida de un muerto, Asalto al infierno, Nada es para tanto y Todo está permitido. Ha sido profesor de Ontología en la FES Acatlán por décadas y, eventualmente, se le puede ver en programas culturales de televisión en los que arma divertidas polémicas. Su frase emblemática es: "Los locos no somos lo morboso, solo somos lo no ortodoxo... Los locos somos otro cosmos."
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