Los recursos de Ramón en la conversación misma parecían infinitos: aforismos, historias, apodos explicados o silencios significativos, albures o referencias a clásicos, música, mucha música.  Foto: Twitter.

Con el tiempo se irá apreciando más la importancia excepcional del editor Ramón Córdoba en la literatura mexicana de las últimas décadas. Por lo pronto se nos fue pero de mil maneras, ya lo verán, regresará para contarnos todo lo que hizo.

Moriré así, tal cual, me dijo un día, cuando comentábamos su novela Ardores que matan (de ganas).  Pero resucitaré para morir de nuevo, porque de eso se trata, de tener ganas y morir con ellas. Y luego, Ramón ponía sobre la mesa la enorme carcajada acostumbrada. Brindábamos por eso, con ganas, y seguíamos riendo.

Todas las conversaciones con Ramón estaban ritmadas por la ironía. No el humor que se burla de algo o de alguien sino la ironía que afirma de manera implícita mucho más de lo que dice. Algunas veces incluso lo contrario. La ironía ayuda a pensar, y establece una complicidad noble con quien escucha. No la complicidad de quien destruye a un tercero sino la de quien construye una reflexión con su interlocutor. Cada conversación con él era una gozada en la que ardía la inteligencia. Ramón estaba lleno de sabiduría que brotaba siempre de manera inusitada.

En sus Ardores que matan acumula lecturas y experiencias siempre pertinentes en el hilo de su relato. Incluso llega a insinuarse un tono de tragedia detrás de la risa que no alcanza para iluminar a ese grupo de depredadores sexuales destinados a un fracaso profundo. En palabras de López Velarde, se dicen: “Y pensar que hemos extraviado la senda milagrosa”.

Los recursos de Ramón en la conversación misma parecían infinitos: aforismos, historias, apodos explicados o silencios significativos, albures o referencias a clásicos, música, mucha música. Pero detrás de cada expresión había una idea muy rumiada.  Cada una de sus reflexiones daba la impresión de alguien que había vivido mil años.

—“Pero no mil años sólo míos, también los de mil otras personas, -me aclaraba-, habitan las novelas que he leído y sobre todo las que se mueven en las novelas de todos ustedes, que las han puesto en mis manos”.

—Y a las que, con mucha frecuencia, le dije, les has dado respiración artificial.

—“He hecho por ellas todo lo que he podido. A algunas he tenido que matarlas. No quedaba de otra.”

Ramón era un editor extraordinario porque entraba en cada manuscrito como quien se lanza en una aventura. No se asumía en el papel del editor que es un juez sino el de un editor que es antes que nada un explorador apasionado. Lo suyo no era enmendar la plana sino descubrir con su autora o autor un tesoro que muchas veces se ocultaba en la mina oscura del manuscrito. Era capaz de sacar a la luz vetas que apenas se insinuaban o sugería dejar de lado excavaciones que francamente no conducían a nada. Ramón, con sus dedos especialmente largos, lápiz en mano, iluminaba parajes, desbrozaba caminos selváticos como si su lápiz fuera un machete y, como la idea de la navegación lo encandilaba, izaba las velas de las páginas llenándolas de viento favorable. El aire de su inmenso espíritu sonriente y generoso.

Claro que después de más de veinticinco años conocía como pocas personas mis libros, incluso los que no había editado él. Lo guiaba la misma curiosidad gozosa: comprender esa rareza, ayudarla a existir en mis términos, antes que nada. Como si cada autor y sobre todo el conjunto de sus obras fuera una lengua distinta que crecía en él mientras le iba dando forma. La mejor forma posible.

Descifraba inmediatamente los ecos de un libro en otros y las transformaciones radicales que van tomando forma con los años y de pronto saltan apoderándose de una página, de una escena o de todo un libro. Cada autor era especial y nunca caía en la facilidad universitaria o periodística de opinar que tal o cual era “la mejor o el mejor”, de su generación, del país, del continente, de la lengua.

—”Esas son manías de poco calado, puertos donde a final de cuentas se encalla. Casi todo lo que es distinto se le escapa y lo importante es encontrar en cada quien su manera de elevarse.”

Trabajar con él cada manuscrito era un gran privilegio y, al mismo tiempo, una nueva trama de complicidades. Como además de ser él mi editor y yo su autor compartíamos el oficio de la edición, yo me daba cuenta de sus pequeñas grandes proezas, con mis libros y con muchos otros. Su enorme modestia era una forma de sabiduría: en un tiempo en el que los buenos editores al ascender son convertidos dentro de los consorcios en algo así como agentes de cuenta publicitaria, administradores de resultados cuantificables, Ramón supo no anhelar ese avance corporativo que lo transformaría, no necesariamente para bien. Su ambición era más grande, más profunda.

—”Tengo mucho cuidado de no caerme para arriba. Algunas veces ascender en una compañía es lo contrario de lo que parece. A mí lo que me va es editar, hacer esta talacha. Y es lo que me sale bien. De otras cosas, quién sabe como me salgan.”

A la menor provocación, sobre las ambiciones del mundo, Ramón sacaba esa cita de Pessoa que dice uno de los personajes en Ardores que Matan: “No soy nada, nunca seré nada y no puedo querer ser nada. Aparte de eso, llevo en mí todos los sueños del mundo.” Y así era Ramón, para moldear nuestros sueños y convertirlos en libros, en entes vivos que luego andan sueltos, él se llenaba de sueños hasta que, por exceso, brotaban de su cuerpo convertidos en palabras fabulosas.

También animó círculos de lectura. Con frecuencia invitaba a sus autores a ser descubiertos por esos círculos y no pocas veces surgían nuevas amistades. Impartía talleres. Uno de sus temas era cómo acercarse por primera vez a una casa editorial y no morir en el intento. Me contaba divertido que en una librería donde impartió uno de esos cursos le pidieron que explicara para la radio, de manera muy sintética, de qué se iba a tratar. Ramón lo hizo con rock, poniendo una rola de AC/DC que se llama “Autopista al infierno”, porque es lo que se van a encontrar en principio todos los escritores que se inician. Y terminaba con otra de Led Zeppelin que se llama, “Escalera al cielo”, porque es la que muy poca gente que quiera escribir logrará vivir. En todo caso, aclaraba Ramón, la ambición máxima a la cual debe conducir esa escalera es lograr una obra literaria única. Lo demás, el éxito de otro tipo, es banal. Ayuda, pero no puede ser el fin de nuestra aventura.

En Ardores que matan, su narrador confiesa: “He conocido el hambre, la ingratitud, la malicia. También las he practicado. He recogido trozos de mi corazón mientras me pisotean las manos y he pisoteado manos que intentaban recoger trozos de corazones malheridos. He acariciado la negra espalda del ave negra de la muerte…” Y así se nos fue Ramón de repente, como si tuviera prisa por concluir este otro capítulo del libro donde él era protagonista, y nos dejara esperando ansiosos y más deseditados lo que viene al doblar la esquina, al pasar la página.